La luz del amanecer del 25 de diciembre llega a través de las ventanas de la mansión Vane, filtrándose por el cristal empañado. El viento ha amainado; solo queda el pesado silencio de la nieve y el vacío.
—Debo ir a revisar las cuentas —dice Richard, demostrando que por encima de todo, está su fortuna —si este hombre es un estafador, pudo haber transferido nuestros fondos.
Se dirige a su despacho. Eleanor lo sigue hasta la biblioteca, revisando si Julián ha destrozado algo más de valor.
El hombre enciende la computadora de escritorio, el sistema arranca lentamente, tamborilear la mesa con la punta de los dedos mientras espera y nota algo extraño en la esquina de su escritorio. No es un objeto, sino una tarjeta de memoria USB negra sin marca, clavada con un imperdible en el cuero de la alfombrilla del ratón, la mira con desconfianza porque sabe que no es suya.
—¿Qué es eso?— pregunta su esposa, acercándose.
—No lo sé, ese criminal a debió dejar ahí— responde; entonces, con el estómago encogido, inserta la memoria en el puerto.
El sistema operativo la reconoce de inmediato y solo tiene un archivo. Se llama: "lucia_vane_memorial_fund.zip".
—No des más vueltas, termina de abrirlo —ordena la mujer, impaciente.
Richard hace doble clic, con el temor de que el archivo sea un virus, pero no es así, es algo mucho peor, es una base de datos cifrada y viene con una nota de texto simple.
“Para Richard Vane: Mi precio no es dinero, mi precio es la verdad. Este es el libro mayor de las cuentas secretas de la empresa Vane, dónde se encuentran los sobornos, los desvíos, la evasión de impuestos. La misma verdad que Lucía documentó y que usted usó para amenazarla. No lo publicaré, usted lo hará, porque al abrirlo lo configuró para enviarse automáticamente a todos los medios de comunicación y a la Oficina de Impuestos Internos si no se accede a este archivo con la clave correcta cada veinticuatro horas.
Su vida vuelve a la normalidad, Richard. Pero ahora, la única manera de mantener el silencio es convertirse en mi esclavo y cada día, a medianoche, usted iniciará sesión, y me enviará una prueba de vida, o la información se libera. El código de acceso de hoy es: "El camino que no tomé".
Richard se queda helado, su rostro se vuelve ceniciento, mira el archivo, luego a Eleanor.
—No cortó los cables.— susurra el hombre, ahora comprende la situación y está lo golpea como un bloque de hielo —Él es un limpiador, un especialista que accedió a mi sistema.
Eleanor lee el mensaje por encima del hombro de su marido y la furia se transforma en un horror absoluto. El suicidio de Lucía era la pérdida de una hija a la que no le dieron mucha importancia; pero, esto es la pérdida de todo.
—¿El camino que no tomé? —Eleanor repite el verso de Frost con una voz hueca.
—No nos ha dejado libres— dice él, levantándose, en tanto su cuerpo tiembla incontrolablemente —nos ha atado a él y a la memoria de Lucía.
Eleanor piensa en la Clavelina Americana que está en el invernadero como un recuerdo de la desesperación de su hija que ahora, la desesperación es la suya.
—Julián no se fue por la tormenta, se fue porque ya había completado su trabajo y el chantaje digital es su regalo de Nochebuena— susurra Eleanor.
Por su parte, Richard se sienta lentamente frente a la computadora. Ellos pensaron haber sobrevivido a esa noche, que nadie se enteraría de sus culpas y conservarían el lujo, pero eso acaba de terminar...
Sofía lee las partes sobre el control de Julián, las veces que le impedía ver a sus amigos. Él lee las que hablan sobre el miedo a la soledad, el deseo de autolesionarse para "sentirse real". La verdad de Lucía es un monstruo de dos cabezas.
La Casa de Invitados está en silencio, la tormenta ha pasado, dejando el paisaje de un blanco prístino y una temperatura bajo cero.
Sofía despierta y abre los ojos lentamente, está bajo una manta de lana, acurrucada junto al fuego; Julián, está dormido a su lado con la cabeza apoyada en su hombro y el diario está cerrado, en el suelo.
Ella se toma su tiempo para mirar su rostro dormido, la dureza ha desaparecido, revelando al hombre joven y agotado que una vez fue el novio de su hermana. En este momento de vulnerabilidad, ella se da cuenta de la profundidad de su conexión, él la entendió y aceptó su oscuridad, ahora, sus destinos están entrelazados por una verdad que únicamente ellos conocen.
Sin despegar la mirada del hombre, toma la decisión de que no se tratara de una aventura, sino de supervivencia mutua. Sabe que él es su única ancla a la realidad fuera de la mentira de los Vane.
—Feliz Navidad —murmura despertándose, con la voz ronca y ella corresponde con una sonrisa real, llena de una resolución sombría.
—Tenemos que irnos antes de que papá repare las comunicaciones— comenta y Julián se sienta.
—No podemos. El vehículo no pasará ese muro de hielo, por lo que estaremos aquí al menos tres o cuatro días más, o tendremos que ir a pie.
—Entonces, nos queda una última cosa por hacer —dice Sofía, devolviendo la intensidad a la conversación.
—¿Qué?— inquiere juntando sus cejas.
—El dinero de mi familia está congelado, pero yo tengo una cuenta que él nunca tocó. Necesitamos comida, ropa y una nueva identidad.
Ella se arrastra hacia Julián, tomándole la mano.
—Ya somos cómplices; ahora, seamos socios, planeemos nuestro escape y nuestra vida. No como un fugitivo y una víctima, si no como dos personas que están hartas de las mentiras.
Él aprieta su mano, prometiendo sin palabras un futuro juntos.
—Socios, Sofía...