Paulo se había quedado dormido mientras veía una película en su televisión. Había sido una mañana muy difícil y aún su cabeza dolía. Estuvo pensando en quién podría ser la persona que estaba diciéndole a Alexander todo lo que ellos habían hecho. Le preocupaba más de lo que debía por el hecho de que las personas que se habían quedado trabajando con él, eran personas a las que él les tenía mucha confianza. Y no podía creer que alguno de ellos pudiese estar en su contra. Había mejorado notablemente su trato a ellos, aunque antes no los tratara mal. Solo era algo más exigente y menos agradecido. — Dios santo… —susurró y tocó su cabeza, sintiéndola palpitar. El dolor era impresionante y sabía que pensando lo haría peor, pero no podía dejar de hacerlo. Simplemente era inconcebible. La pu

