1. Raptada

1431 Palabras
Reino de Aspen, día presente. Leila ― Qué maravilla de hija que les ha dado la vida. Es hermosísima, seguro se casará con un príncipe muy apuesto. La tía Alondra decía a mis padres mientras los tres salían de mi habitación conversando amenamente. Al fin tenía un respiro a solas. No había tenido ni un momento de descanso desde hacía semanas. Cuanto más crecía, ser una princesa no estaba siendo una dicha. Era todo, menos eso. Me vi frente al espejo. Mi rostro pálido combinaba con el color vino de mi vestido. La tiara dorada que llevaba puesta me daba cierto dolor en el estómago, solo me recordaba mi futuro. ― Leila, aquí estás. Una mujer joven rubia y elegante entró sin pedir permiso. Aunque, ella no lo necesitaba, era de la familia. ― ¡Mi prima favorita! ― En realidad soy la única prima que tienes. ― Tú siempre arruinando el momento, yo solo quiero mostrarte mi cariño después de tanto tiempo sin vernos. Olivia me abrazó fuertemente. Vaya que si le gustaba mostrarse su empalagosa. Olivia era la mujer más hermosa que mis ojos habían visto, sin mentir, era una escultura andante. Rubia guapa, perfeccionista, alegre y agradable ante todos. ― Todo el mundo está esperando a la heredera. Olivia se separó lentamente mientras arreglaba un mechón rebelde de mi cabello. ― Ya te he dicho que no me gusta que me llamen de esa forma. ― Pero es lo que eres, no puedes negarlo ni cambiarlo. ― Me cuesta aceptarlo, estar todo el tiempo ahogada en responsabilidades, que normas para esto, reglas para lo otro, es tan sofocante. Un suspiro intentando relajarme abandono mis labios. Ella intentó tranquilizarme. ― Calma prima mía que hoy solo es el inicio de tu vida adulta, ya tendrás tiempo de aprender en el camino. Mientras concéntrate en la fiesta. Hay unos príncipes atractivos allá abajo, quizá uno de ellos te fleche esta noche. Negué riendo. Olivia no tenía reparo tampoco discreción. Ella hacía ver fácil ser una princesa heredera. A pesar de ser adoptada, era considerada princesa legítima de Austin y al ser hija única, también era heredera al trono de su reino. Era cuatro años mayor y según decía, no se casaría hasta que llegara un hombre digno a su vida, yo opinaba igual, así que el matrimonio no me preocupaba. ― Es hora de su entrada princesa. La encargada del protocolo apareció asomando su cabeza por la puerta que mi prima había dejado abierta. ― Gracias Roset. Ella sonrió y salió de nuevo. Era una mujer siempre en movimiento y ocupada con las obligaciones asignadas en el palacio. ― Bien, vamos. Arreglé mi vestido que debía estar impecable. Olivia me ayudó con lo pomposo que era y salimos de la habitación, ella emocionada de las expresiones de los invitados y yo nerviosa de ser el centro de atención, ese día más que nunca sería el objetivo de mis detractores como heredera. Al asomarme a las escaleras principales del interior de palacio por la cual tendría que hacer mi “entrada triunfal”. Vi a la multitud en vestidos y trajes elegantes. Todos expectantes a mi llegada. En el pasamano de los escalones había flores, todas en tonos rosas que decoraban y hacían una combinación perfecta con el vino de mi vestido. Olivia me vio orgullosa. ― Es tu momento. Ella sonrió condescendientemente. ― Con ustedes la princesa Leila de Aspen. Anunció Roset. Mis padres y familia me esperaban al pie de la escalera. Sonrientes y emocionados para verme brillar. Olivia se quedó arriba en su lugar y yo empecé a caminar. No sonreí como los presentes esperaban que lo hiciese, tampoco saludé con mi mano libre como ellos deseaban. Estaba nerviosa y ese nerviosismo me había bloqueado. Solo quería que todo acabase pronto. Mi padre desde su lugar al lado de mi madre me dedicó una mirada y sonrisa tan serena y apacible que mi nerviosismo fue olvidado, jamás podría negarle una sonrisa a mi progenitor. Lo amaba tanto, era el mejor padre de todos. La sonrisa era para él y el mundo creyó que era para ellos. En ese instante se inició una ola de aplausos. Me aplaudían a mí. Al llegar al final de la escalera, fue mi padre, el rey Vicent quien me recibió con un abrazo y luego fue mi madre. ― Eres la hija más hermosa. ― Gracias padre. ― Estamos orgullosos de ti. Mi madre acarició mi rostro. ― Disfruta de tu celebración. Dijo dándome otro abrazo. ― Recuerda estrechar lazos de amistad con los demás reinos, ellos esperan conocerte. Mi padre aconsejó con amabilidad y sin presionarme. Al celebrar mis dieciocho años debía empezar a tomar parte en la vida pública del reino y también iniciarme en la toma de decisiones fundamentales para el pueblo. Él sabía que a veces yo era testaruda y no era algo que intentase cambiar. Mi adorada madre siempre destacaba que lo había heredado de él. Quizás tenía razón, éramos como dos gotas de agua. Me encantaba verles siempre cómplices y enamorados, como ese día lo estaban. ― Oh si, Marco, el hijo del rey Dante y la reina Zobzini quiere conocerte. ― Un amigo más, es buena noticia. Lo dije con un entusiasmo cargado de ironía. ― Quizás él no te quiera solo como amiga. ― Pero si no lo conozco, madre, ¿Que más le puedo ofrecer en un primer momento? ― Antes debe pasar por mi evaluación, cariño. No olviden eso. Mi padre le recordó a mi madre quien me veía con mucha atención. Hasta que alguien nos interrumpió. Era un hombre joven y apuesto que atraía la atención de las doncellas cercanas y ellas no se preocupaban por siquiera disimularlo. ― Sus majestades. El reverenció a mis padres y luego me vio. Sus dos ojos color miel, sus labios rojos delgados y una sonrisa atractiva llamaron mi atención e hicieron que me quedase observándolo inmutada. ― Ella es mi hija Leila y Leila él es el príncipe Marco de Escandia. Señaló mi padre y Marco tomó mi mano para depositar un beso cálido y gentil. Su mirada penetrante me hizo escapar una inesperada sonrisa. Nunca antes me había sentido de esa manera, como un hormigueo en mi estómago. ¿De qué se trataba aquello? Separé mi mano tan rápido que ni yo misma me percaté que me vi grosera. Mis padres me vieron cuestionando mi repentina acción. Marco solo me dedico una mirada de que me comprendía y que todo estaba bien. No era momento para conversar con él, no después de arrojar su mano con tanta fuerza. Sin embargo, no era del todo mi culpa, nunca había tratado con chicos, ya que siempre estaba vigilada y si compartía con alguien, debía pasar por cierto aprobación protocolaria de palacio. ― Yo… lo siento. Me disculpé procesando mis emociones y tragando fuerte. Al parecer conocer a Marco sí hizo un efecto en mí. Atravesé la multitud de asistentes, ellos al percatarse de que era yo, se apartaban por si solos, no intentaban incomodarme, pero yo ya estaba incómoda. Vi a Olivia conversar tranquilamente con uno de los invitados, ella también me vio pero luego regresó su atención a su acompañante. Y yo seguí mi camino. Salí por un pasillo que conducía a una salida trasera de palacio. Siempre iba ahí para pensar y tomar aire fresco proveniente de las montañas. Al salir, los guardas me saludaron y se organizaron para resguardarme. En cualquier momento Roset me buscaría para que brindase mi discurso de bienvenida y agradecimiento ante los invitados. Sin embargo nada fue como yo esperaba: monótono y predecible, sino lo contrario. Uno a uno los soldados en guardia empezaron a caer al suelo. Cuando los vi en el suelo intenté correr pero fue imposible, alguien que emergió de la oscuridad me sujetó con fuerza en los brazos y luego de mi cintura y me atrajo hacia él. Era un hombre alto, fuerte y con dos ojos azules en medio de la oscuridad, brillaban como la primera vez que los vi. Quedamos frente a frente y vi su rostro por completo, sus pecas se mantenía en sus mejillas, pero había algo diferente… donde hubo inocencia ahora había ira… Porque era él, tenía que ser él. Sus ojos como dos llamas de un fuego azul, fue lo último que vi, porque tapó mi nariz con un trapo que contenía una esencia que me puso a dormir. “Padre” Fue lo único que pude decir en mi mente antes de cerrar mis ojos por completo
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