➽➽➽ BIANCA ➽➽➽
Abrí los ojos lentamente, sintiendo el cosquilleo en mis mejillas y el calor que aún ardía en mi rostro. Me incorporé en la cama, desorientada por un momento, hasta que la realidad golpeó mi mente como un camión a toda velocidad.
Había llamado a Mr. Romano.
Charlotte me había quitado el teléfono.
Mr. Romano había dicho que si no fuera mi profesor...
Me desmayé.
Me cubrí la cara con ambas manos, sintiendo la vergüenza recorrerme como una ola de fuego.
—Voy a matarte, Charlotte... —murmuré entre dientes, sin fuerzas para gritarle.
Charlotte, por supuesto, estaba en su propio mundo, riéndose mientras revisaba su teléfono.
—No puedo creer que te hayas desmayado —dijo, negando con la cabeza—. Amiga, de verdad, estás jodida.
—¡No estoy jodida!
—Claro, sigue repitiéndotelo —dijo con burla, imitando mi tono.
—¡Charlotte!
—Oh, relájate. No fue tan grave.
—¡Me desmayé!
—Sí, y yo tuve que fingir que estabas bien para que tus papás no sospecharan nada.
Mi corazón se detuvo.
—¿Mis papás?
Charlotte me miró con una sonrisa burlona.
—Sí, bajaron hace rato para decirte que la cena está lista.
Mi rostro se descompuso por completo.
Mis padres.
La cena.
Me levanté de la cama de golpe y corrí al armario, sacando algo más formal para ponerme.
—¡Dios, Charlotte, por qué no me despertaste antes!
—Porque estabas demasiado ocupada soñando con Mr. Romano haciéndote suya de todas las maneras posibles —dijo con malicia.
Me congelé con una blusa en la mano y le lancé una mirada de puro horror.
Charlotte se echó a reír.
—¡Solo digo la verdad!
—¡Cállate!
—Vamos, Bianca, admítelo...
—¡No voy a admitir nada!
Charlotte suspiró con dramatismo y se levantó de la cama.
—Bueno, ve a cenar con tus adorables padres. No quiero que te castiguen por llegar tarde.
Rodé los ojos y me apresuré a cambiarme. Me miré en el espejo, asegurándome de que mi ropa fuera lo suficientemente apropiada para evitar comentarios desagradables.
Mis padres siempre tenían algo que criticar.
Bajé las escaleras con el corazón latiéndome en el pecho, tratando de prepararme mentalmente para lo que vendría.
Cuando llegué al comedor, mis padres ya estaban sentados en la mesa, con la servidumbre sirviendo los platos con precisión.
Mi madre, Claudia Lombardi, estaba impecablemente vestida, con su cabello rubio recogido en un moño elegante y su expresión severa. Mi padre, Alessandro Lombardi, tenía el rostro serio, con la mirada fija en su copa de vino.
—Llegas tarde —dijo mi madre sin siquiera mirarme.
—Lo siento —murmuré, sentándome en mi lugar.
Mi padre soltó un resoplido.
—Si fueras una verdadera Lombardi, no tendrías que disculparte por llegar tarde porque no lo harías en primer lugar.
Apreté la mandíbula, bajando la mirada al plato.
—Sí, papá.
—Espero que al menos hayas hecho algo productivo en tu habitación —agregó mi madre, cortando su carne con precisión quirúrgica—. No me digas que estabas perdiendo el tiempo en trivialidades.
—No, estaba estudiando para un examen de literatura —respondí con voz neutra.
Mi madre levantó una ceja con desinterés.
—Literatura... qué inútil.
Apreté los cubiertos con fuerza, pero no respondí.
—Si hubieras elegido administración o economía, como se espera de alguien en nuestra familia, no tendrías que preocuparte por exámenes inútiles —dijo mi padre con desdén.
—Estoy estudiando lo que me gusta —murmuré, aunque sabía que la respuesta no les agradaría.
Mi madre soltó una risa sin humor.
—Lo que te gusta. Como si eso importara.
Sentí mi estómago revolverse. Siempre era lo mismo.
Nunca era suficiente.
Nunca sería suficiente.
—Y tu apariencia —continuó mi padre, mirándome de arriba abajo con desaprobación—. Sigues vistiéndote como si fueras una huérfana sin modales.
Tragué saliva y me forcé a mantener la compostura.
—No veo nada malo en mi ropa.
—Eso es porque no tienes criterio —dijo mi madre con frialdad.
El silencio en la mesa era opresivo. Solo se escuchaban los cubiertos chocando contra la porcelana.
—¿Y tu prometido? —preguntó de repente mi padre.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué?
—El hijo de los Moretti —respondió con calma—. Su familia nos ha preguntado por ti.
Mi piel se erizó.
—Papá... yo no—
—No quiero excusas, Bianca —me interrumpió con firmeza—. Es un hombre de negocios, respetable y con el apellido adecuado.
—Pero yo no quiero casarme con él.
Mi madre dejó su copa en la mesa con un clic seco.
—No nos importa lo que quieras.
Sus palabras me golpearon como una bofetada.
No debería sorprenderme.
Siempre había sido así.
Siempre sería así.
Respiré hondo, sintiendo mis manos temblar ligeramente debajo de la mesa.
—Voy a terminar mi carrera antes de considerar el matrimonio —dije con voz firme.
Mi padre me miró con desagrado.
—Eso lo decidiremos nosotros.
No respondí.
Sabía que no valía la pena discutir.
Comí en silencio, sintiendo cada bocado como una piedra en mi garganta.
Cuando finalmente la cena terminó, me levanté de la mesa con rapidez, haciendo una leve reverencia.
—Con permiso.
Mi madre ni siquiera me miró.
—Apresúrate a dormir. No queremos verte perder el tiempo hasta tarde.
—Sí, madre.
Subí las escaleras sintiendo un peso en el pecho, como si cada paso me recordara lo poco que significaba mi voz en esta casa.
Entré a mi habitación y cerré la puerta con seguro, soltando un suspiro largo y tembloroso.
No quería llorar.
No iba a llorar.
—Te volvieron a insultar, ¿cierto? —escuché la voz de Charlotte desde la cama.
No me sorprendió verla ahí, acostada boca abajo mientras revisaba su teléfono como si estuviera en su propia casa. Era lo bueno de Charlotte, nunca se iba cuando más la necesitaba.
Me dejé caer junto a ella y exhalé con cansancio.
—Lo mismo de siempre. Siguen con la idea de que sea la hija perfecta, que me vista como una verdadera Lombardi, que me comporte como si no tuviera derecho a respirar sin su aprobación —dije, frotándome las sienes.
Charlotte bufó y dejó su teléfono a un lado.
—Dios, odio a tus padres.
Solté una risa baja y sin humor.
—No eres la única.
—¿Qué dijeron esta vez?
Apreté los labios y desvié la mirada hacia el techo, recordando la conversación en la mesa.
—Que mi carrera es inútil, que mi ropa no es adecuada, que me comporto como una huérfana sin modales... y que debo casarme con el hijo de los Moretti —murmuré con amargura.
Charlotte se enderezó de golpe, mirándome con el ceño fruncido.
—¡¿Siguen con esa estúpida idea?!
—Sí...
—¡Pero si ni siquiera te gusta ese tipo!
—Eso a ellos no les importa.
Charlotte se dejó caer dramáticamente en la cama, cubriéndose la cara con una almohada.
—¡Voy a cometer un crimen, Bianca! ¡Te lo juro!
Solté una risa cansada y la miré de reojo.
—Lo sé.
—¿Y qué les dijiste?
—Que primero voy a terminar mi carrera.
Charlotte se incorporó y me miró con una ceja levantada.
—¿Y ellos qué dijeron?
—Que eso lo deciden ellos.
Charlotte soltó un gruñido frustrado y agarró la almohada como si quisiera ahogar a alguien con ella.
—Qué asco de gente.
—Lo sé.
Se quedó en silencio por unos segundos antes de suspirar y dejar caer la almohada sobre su regazo.
—Ok, cambiemos de tema antes de que me den ganas de ir a incendiar su empresa.
Solté una risa más genuina y asentí.
—Sí, por favor.
Charlotte me miró con una sonrisa maliciosa.
—Dime... ¿pensaste en Mr. Romano durante la cena?
Mi cuerpo se tensó de inmediato.
—¡No!
Charlotte arqueó una ceja.
—Mentirosa.
—¡No estoy mintiendo!
Charlotte se inclinó más cerca con una sonrisa divertida.
—Lo pensaste, ¿verdad?
—¡Charlotte, ya basta!
—¡Oh, Dios! ¡Lo hiciste!
Me tapé la cara con las manos, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas.
—¡No fue a propósito!
—¡Pero lo hiciste!
—¡Es tu culpa!
Charlotte se echó a reír y se dejó caer en la cama.
—Dios, te juro que esto es mejor que una telenovela.
Apreté la mandíbula y le lancé un cojín.
—¡Cállate!
Ella solo rió más fuerte.
—¿Sabes qué deberíamos hacer?
—¿Qué?
Charlotte sonrió con picardía.
—Acechar su perfil otra vez.
Mis ojos se abrieron de par en par.
—¡NO!
—¡Sí!
—¡Charlotte, no!
Pero antes de que pudiera detenerla, ya estaba agarrando mi teléfono y desbloqueándolo con rapidez.
—¡Charlotte, maldita sea, dame eso!
—¡Muy tarde, ya estoy en su perfil!
Salté sobre ella intentando quitarle el teléfono, pero Charlotte rodó sobre la cama, alejándolo de mi alcance.
—¡Devuélvemelo!
—¡No hasta que termine de admirar a tu futuro marido!
—¡No es mi futuro marido!
—¡Aún!
Luchamos por el teléfono durante unos segundos hasta que Charlotte soltó un jadeo dramático.
—¡Dios, Bianca, mira esto!
Me congelé.
—¿Qué?
Ella giró la pantalla hacia mí y casi me da un infarto.
Era una foto de Mr. Romano. No en la universidad. No con su traje formal.
Era una foto en blanco y n***o, en lo que parecía ser un restaurante elegante. Llevaba una camisa negra desabotonada en el cuello, con las mangas remangadas hasta los antebrazos. Tenía una copa de vino en la mano y su mirada era intensa, casi como si estuviera analizándote a través de la pantalla.
Tragué saliva con dificultad.
—Oh, Dios...
Charlotte me miró con una sonrisa maliciosa.
—Te imaginas apretándote contra una mesa y diciéndote que te portes bien...
Me tapé la cara con las manos, sintiendo que mi cuerpo entero ardía.
—¡Dios, para ya!
Charlotte se echó a reír y dejó el teléfono en mi pecho.
—Eres un caso perdido, Bianca.
Respiré hondo y me cubrí la cara con el teléfono, tratando de recuperar la compostura.
Definitivamente, estaba jodida.