Lydia miraba a su padre, en un gesto entre rabia y dolor. George no podía verla, no quería, se sofocaba —¿Por qué? —Lyd… —Mi abuela está muerta, Pedro está muerto… —ella rompió a llorar, George también lloraba, intentaba recuperar la cordura—. ¡Voy a morir también! —exclamó con angustia —¡No! Escúchame, no dejaré que nadie te lastime. —¡Cállate, esto es tu culpa! —gritó con furia, dejando al padre sin palabras, era lo que su mente le dictaba, pero escucharlo de su única hija era partirle el alma —Por favor, estrellita. —¿Por qué lo hiciste? —George tuvo que preguntar ¿Qué? de nuevo, no porque no hubiese escuchado sino porque lo sorprendía—. ¿Por qué engañaste a mi madre, porque te metiste con esa chica? George negó, no quería hablar. La mirada de Lydia lo hacia sentirse sucio, asq

