--- Bajé del auto sintiendo un nudo en la garganta. Sabía que estaba a su merced, pero esta vez no había cadenas, solo el peso de la despedida. Dentro de la habitación, él me ofreció algo. —Toma, nena, para el dolor. —Gracias. Recibí las pastillas y el vaso de agua, realmente agradecida. Mi cabeza iba a estallar. Caminé por la habitación con pasos erráticos y me detuve frente a la ventana. El reflejo del vidrio me devolvió una imagen desconocida de mí misma. Apenas reconocía a la mujer que era ahora. —Casi muero cuando te vi con el cabello así —su voz era un susurro cargado de pesar—. Veía las imágenes y no podía creerlo... Verte huir de esta manera no era algo que esperaba nunca. No le respondí de inmediato. —Tú me obligaste, Esteban. Yo no quería… pero… —Déjame terminar —me inter

