Reece la miró a los ojos , a la boca. No podía saber tan bien como parecía. No podía estar pensando en descubrirlo . De pronto, tal vez porque le hubiera leído el pensamiento, Shannon dejó de sonreír...¿Le estaba ofreciendo los labios?
Se oyó un portazo en la cocina y Reece tomó conciencia de dónde estaban: en medio de un jardín, rodeados de vecinos. Shannon le dedicó una sonrisa fugaz, insegura, hizo un comentario en voz baja y se retiró hacia la cocina. Reece se giró, la vio alejarse...
¿Qué demonios acababa de pasar? Nada. Eso había pasado. Absolutamente nada. Y no habría pasado nada aunque no los hubiesen interrumpido. Seguro. Nada de nada.
¡Pero no!, ¿ a quién pretendía engañar? Si no hubiesen estado delante de todo Serenity Falls, lo más probable sería que en esos momentos le estuviese sacando las amígdalas con la lengua. Y tener la certeza de que ella no se habría opuesto no aliviaba la súbita presión que sentía en los vaqueros. Reece cambió de postura y echó a andar hacia una sombra. Tenía cuarenta años y estaba haciendo gala de autocontrol de un quinceañero. Pero todavía, pues tampoco a los quince recordaba que le hubiese dado por tener erecciones en público.
No había ido allí a iniciar una relación, se recordó.Lo último que quería era complicarse la vida.Bastante tenía con vender la casa de su abuelo y pensar en su futuro. Las vecinas bonitas y pelirrojas de piernas interminables no formaban parte de sus planes.
El pudding solo habría podido saber peor si de veras le hubiesen añadido gelatina de uvas. Reece consiguió tragarse el trocito que se había metido en la boca y apartó el resto a un lado del plato, escondiéndolo debajo de una hoja de lechuga. La tal Vangie sería la mujer más sensible del mundo, pero no tenía papilas gustativas.
La comida era tan variada como los invitados Tofu y pavo. Cuscús y ensalada de judías. Perlas y vaqueros. Profesores jubilados y neohippies. Era la lista de invitados perfecta para una pesadilla o una película de los Hermanos Marx. En cualquier momento podía suceder un desastre, desde tirar una salsa de moras sobre un vestido blanco a envenenarse con...¿qué era aquello marrón con trocitos naranja? Reece lo escondió debajo de la lechuga, junto al pudding.
-La receta secreta de Darva Torkelson- dijo alguien y Reece levantó la cabeza con expresión contrita-. El secreto consiste en que nadie sabe qué son las cosas naranjas. Y yo todavía no he descubierto a nadie que haya osado probarlas para averiguarlo. Prefiero un Kit Kat- añadió el hombre, un tipo fornido y pelirrojo, de brillantes ojos azules.
-¿Frank? ¿Frank McKinnon?- preguntó Reece y el hombre sonrió y le estrechó la mano.
-¿Cómo te va?
-Bien, muy bien. ¿Has venido con Rich?
-Reece miro hacia la mesa del bufé en busca de otro pelirrojo. Rich McKinnon había sido su mejor amigo cuando vivía en Serenitty Falls. Juntos habían jugado al fútbol, al rescate, habían compartido la ilusión de las primeras citas con chicas. Habían mantenido el contacto durante un tiempo después de que él se marchara de la ciudad: tarjetas de navidad, llamadas telefónicas que habían ido espaciándose cada vez más.
-Ahora vive en Montaña. Es un vaquero de los de verdad- contestó Frank-. Tiene un rancho con caballos, vacas, cerdos, gallinas, cabras y todo eso.
-Así que un rancho- Reece sonrió-¿Y qué fue de su proyecto de convertirse en un fotógrafo mundialmente conocido?
-Se enteró de que veces hacía falta pasarse varios días para conseguir una foto de un caribú canadiense, y que luego podías encontrarte con un oso y que te comiera el carrete.
-Y ya no le hacía gracia.¿Qué tal tus padres?
Ruth y Daryl McKinnon lo habían tratado como si fuese uno más de la familia. Vivían en una casa vieja que siempre estaba cubierta de polvo por una secesión inacabable de obras de remodelación. Había perros, gatos, pajaritos y niños por todas partes. Tantos que había tardado varios meses hasta descubrir que solo tres de ellos eran sus hijos. Y nunca había llegado a determinar qué animales les pertenecían.
-Papá se jubiló hace tres años y se compró una auto caravana. Se pasan casi todo el año en la carretera de viaje en viaje. Kate se casó y tiene dos hijos. Está viviendo en Boston. Y Rich se casó con una mujer con tres hijos y luego tuvieron otros dos, así que mamá y papá dividen el tiempo entre todos los nietos. Siempre vuelven un par de meses por primavera. Mamá se pone al día de los cotilleos, papá se asegura de que no te le arruino la ferretería y se vuelven a marchar.
-¿Conseguisteis terminar de arreglar la casa alguna vez?
Frank soltó una risotada.
-Ni hablar. Cuando se fueron, todavía quedaban por terminar dos de los tres cuartos de baño y uno de los salones estaba a medio empapelar.
-Y tres años más tarde, todavía hay un baño sin azulejos y, aunque el salón está empapelado, falta la mitad del suelo- se oyó decir a una voz de mujer.
-¿Qué le voy a hacer? Es genético- Frank esbozó una suave sonrisa al tiempo que se giraba para rodear por la cintura a la mujer que acababa de unirse. Era bajita, rubia, de grandes ojos marrones y expresión risueña. Reece tuvo la Sensación de que si se fijaba bien, le veía unas alitas en la espalda. Pero su mirada era muy humana y familiar. Extrañamente curiosa. Al principio, cuando alguien lo miraba así, sentía la necesidad de comprobar si llevaba la bragueta subida o mirarse en un espejo por si le había salido un tercer ojo en la frente; había terminado comprendiendo que era él; su mera presencia suscitaba interés.
Pero, a diferencia del anciano de las cervezas en el supermercado o de la mujer con carde trucha en la gasolinera, Kelly McKinnon no lo miraba como si fuese un ternero de dos cabezas en una subasta. La curiosidad estaba ahí, pero nada más que la normal en una mujer que se encuentra a alguien que conocía a su marido desde pequeño.
Kelly comentó que debía de haber encontrado la ciudad muy cambiada desde que se había marchado y Reece le dio la razón y añadió que veinte años eran muchos y no sabía adónde iría cuando se fuese otra vez.
-Quizá decidas quedarte-comentó ella.
-No lo creo- contestó Reece. Una respuesta que dejaba espacio a la duda, lo que le hizo fruncir el ceño-. Solo he venido a poner a punto la casa de mi abuelo para poder venderla. Luego me iré.
-¿A algún lugar en concreto?-preguntó Frank.
-Ya te digo que no. Todavía no lo sé.
-Pero sabes que te vas- repuso Frank- A la aventura. Carretera y manta con tu camión,¿no?
Reece murmuró algo mientras masticaba un canapé de salmón y cambió de conversación.
-Así que estás en la ferretería...
Frank accedió a desviar el tema y, durante los siguientes minutos, charlaron sobre tornillos, pasaron a las viviendas que estaban construyendo en la parte Oeste de la ciudad y recordaron a compañeros de clase. Reece se sorprendió de la cantidad de nombres que recordaba y se sorprendió todavía más al descubrir que sentía cierta nostalgia al recordar algunas anécdotas de aquella época. Aunque no se había ido de Serenity Falls con el corazón partido, tal vez su vida allí no hubiese sido todo tan horrible al fin y al cabo.
-Yo lo que digo es que es una herejía relacionar el día de Acción de Gracias con una bacanal como esta- terció de pronto la mujer que le había abierto la puerta a Reece. Se detuvo junto a Kelly mientras las capas de maquillaje le temblaban de indignación.
-Hola, Mavis- la saludó Frank. Reece advirtió un brillo burlón en los ojos de su amigo-. Feliz Día de Acción de Gracias.
-¿Feliz?,¿feliz?- repitió acalorada la mujer-. ¿Qué tiene de feliz un día en el que se sacrifica a millones de pavos para hacer una Fiesta? Muere y destrucción: eso es lo que estáis celebrando.
-No es eso- intervino Kelly en un tono conciliador después de reprochar con la mirada a su marido por haber provocado a Mavis-. No estamos celebrando la muerte de los pavos. La gente necesita comer, y ya sabes que no todo el mundo es vege...
-Tú-interrumpió Mavis al ver que Reece se llevaba un pedazo de pavo a la boca-.
¿Sabes lo que estas comiendo?
-Eh...,sí- Reece miró a su amigo, pero este giró la cabeza para contener la risa-. Un poco de pavo. Estupendo, por cierto.
-¿Eres consciente de que ese pavo era un ser vivo que respiraba y tenía sueños y esperanzas?
-¿Tenía sueños y esperanzas?- le preguntó Reece al trozo de pavo que se había servido.
-Un pavo con un futuro por delante- prosiguió inexorable Mavis.
-Podría haber triunfado, desalmado-murmuró Frank, y Reece no pudo evitar soltar una risotada.
Mavis los fulminó con la mirada.
-No les hagas caso- dijo Kelly con una mezcla de diversión y reparo por la falta de respeto-. No lo entienden- añadió, y acompañó a Mavis lejos de la mesa con platos de pavo.
-Ahora resulta que no entiendo. Y lo dice la mujer que me ha servido el pavo- comentó Frank una vez a solas con Reece.
-¿Cuáles crees que serán los sueños de un pavo?- preguntó este en tono solemne.
-No sé, que no se celebre el Día de Acción de Gracias- contestó y los dos se echaron a reír.
Luego se quedaron un rato comiendo en silencio. Reece paseó la vista por los invitados y volvió a pensar que formaban una mezcla extraña. De pronto vio a Shannon y se dio cuenta de que había estado buscándola con la mirada.
Estaba junto a un joven delgaducho de nuez prominente y poco pelo. Justo entonces se acercó a Shannon la persona de mallas negras y género indefinido o sea gays.¡Pensé por un momento que era su pareja!
-Desde luego, le gusta mezclar gente distinta-Reece apenas advirtió que había hablado en alto.
-¿A Shannon?- contestó Frank tras seguir su mirada-. En realidad no hace listas de invitados. Lo de Shannon es más bien como ir recogiendo cachorrillos perdidos. Si alguien no tiene adónde ir, ella le abre las puertas.
¿Cachorritos perdidos? ¿Eso pensaba de él?, ¿que estaba perdido y no tenía adónde ir? La idea le escoció, sobre todo porque en parte era verdad. No podía decidirse que hubieses recibido un aluvión de invitaciones para cenar. Pero eso no significaba que estuviese solo. Tenía sus opciones.
Podía ir a casa de su ex mujer siempre que quisiera. Aunque no hubiesen pasado juntos el Día de Acción de Gracias desde hacía diez años, daba igual. Caroline y él se llevaban mejor cuando había unos miles de kilómetros entre ellos. Pero la cuestión no era si quería ir, sino que podía haber ido si así lo hubiera decidido. Podría haber vuelto a Virginia., haber disfrutado del paisaje y dar unas patadas al balón con su hijo. No veía a Kyle desde principios del verano. Casi seis meses. Demasiado tiempo.
Y tampoco le habría importado lo más mínimo quedarse en casa, freírse un filete ,, con unas patatas fritas acompañado de una deliciosa ensalada y cenar tan tranquilo mientras veía cualquier cosa en el viejo televisor de su abuelo.
Frank había pasado de ponerlo al día sobre sus conocidos comunes a darle un par de detalles sobre el resto de los invitados. La persona de las mallas negras era una mujer, al menos a juzgar por el nombre, pues aunque en los tiempos que corrían ya no se podía fiar. Becky no parecía un nombre muy normal para un chico. Aunque tampoco parecía apropiado para alguien con aquella pinta. Tal vez, pensó irritado Reece, fuera otro de los cachorritos extraviados de Shannon
Seguía enrabietado cuando Frank le presentó a un hombre con alopecía que no estaba a la altura del joven deportista que afirmaba haber sido cuando iba al instituto y se llevaba a todas las chicas de calle. Y continuaba igual cuando vio a Shannon charlando con una ancianita de ojos azules y sonrisa tierna, y tampoco se había calmado cuando la miró reírse con un grupo de niños que estaban jugando al fondo del jardín.
>, pensó mientras se giraba hacia Mavis y un hombre corpulento que parecía dispuesto a defender a capa y espada el trozo de pavo que acababa de servirse.
>, se repitió luego al tiempo que ayudaba a retirar los platos de la mesa. De acuerdo, tal vez algunos de los invitados fuesen almas penas, pero él no. Si había ido a su casa no había sido porque se hubiese sentido solo, sino por un instituto más básico.