🩷POV Victoria Cameron
—Victoria…, despierta —susurró la voz de Eros a lo lejos.
Mi cabeza se sentía pesada y mis ojos, al abrirse ligeramente, se toparon con la luz de afuera. La claridad atravesaba las cortinas blancas de la habitación y me obligó a entrecerrarlos.
Todo estaba silencioso.
Demasiado silencioso.
Parpadeé varias veces intentando enfocar. Mi mente se movía lenta, espesa, como si cada recuerdo estuviera enterrado bajo capas de algodón.
—Eso es… —murmuró Eros con suavidad—. Despacio.
Giré la cabeza.
Ahí estaba.
Sentado a mi lado en la cama, inclinado hacia mí. Su camisa blanca estaba abierta en el cuello y su cabello oscuro ligeramente desordenado. Tenía esa expresión tranquila que siempre usaba cuando quería que el mundo pareciera seguro.
Su mano subió hasta mi mejilla.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿Qué… que me pasó? —pregunté, todavía aturdida.
Eros sonrió con ternura.
—Te golpeaste la cabeza. Jeff te alcanzó antes de que cayeras al suelo. El médico dijo que necesitabas descansar. Has estado bajo mucho estrés, felizmente la campaña ya está por acabar.
Su pulgar acarició mi piel. Ese gesto tan familiar. Tan íntimo.
—En el cierre de campaña, tu…
Me incorporé lentamente.
—La… conferencia…
Eros suspiró apenas, como si hablara con una niña que todavía no entiende algo simple.
—Es mañana —sonrió —Todo está listo. Has hecho un gran trabajo. No tienes que ir conmigo, yo me encargaré de todo. Te quedarás aquí, y descansarás.
—Olivia.. tú y ella están…
—Victoria, sabes que entre Olivia y yo no hay nada. Es solo la hija de Esequiel. Es una figura importante del partido, pero a mí no me interesa. Ella estará en el cierre de prensa representando a su padre. No me importa.
Fruncí el ceño.
—¿El cierre de campaña es mañana?
—Así es —fruncí el ceño —¿Pasa algo Victoria? —preguntó con una leve mueca.
Su seguridad era absoluta. Siempre lo era. Negué con la cabeza. Me sentía tan confundida que no sabía qué creer.
—Descansa hoy —continuó—. Ha sido una semana muy larga —dijo dejando un beso en mi frente.
Por un momento algo dentro de mí quiso creer que todo había sido un mal sueño. Quizá mis celos habían imaginado algo que no era.
Pero todo se sintió tan real. La rueda de prensa. Los periodistas. Olivia… Eros…Andrew
Un escalofrío me recorrió.
Deje que se fuera de la habitación. Me acomodé en la cama. Pero había algo fuera de lugar. Algo que mi mente aún no lograba nombrar. Sentía esa presión en el pecho.
Miré alrededor de la habitación.
Entonces lo vi. Me levanté de la cama de golpe.
Sobre una silla, perfectamente doblado, estaba el traje azul oscuro que Eros llevaba en la conferencia.
Mi estómago se encogió.
Ese traje era nuevo. Yo misma lo había escogido para ese día. Lo tomé en mis manos. Tu traje olía a su colonia, estaba usado. También olía al perfume de ella. Vainilla. Yo odiaba la vainilla.
La imagen apareció en mi mente como un relámpago.
El escenario. Los flashes. Olivia. La mano sobre su vientre. “Mi esposa tiene cuatro meses.”
Mi respiración se aceleró. Mi cuerpo estaba envuelto en una bata. Caminé hacia el armario con pasos torpes y lo abrí. Mi vestido estaba ahí. El mismo que llevaba anoche.
Arrugado. Con una mancha oscura en el hombro. La toque. La mancha era sangre, estaba seca.
Recordé el golpe.
Toqué mi cabeza. Aún dolía.
No imaginé nada. Eso sí pasó.
Abrí la puerta.
Lo encontré en la sala del departamento.
—Victoria —dijo Eros con calma—. No hagas movimientos bruscos.
No fue un sueño.
Sentí que el aire desaparecía del departamento.
Su brazo rodeándola.
Su voz diciendo “mi esposa”.
Mi cuerpo empezó a temblar.
—Victoria —dijo Eros detrás de mí con voz tranquila.
No respondí.
La luz de la mañana entraba por los ventanales del penthouse. Todo estaba impecable, ordenado, perfecto.
Demasiado perfecto.
¿Patricio?
¿Dónde estaba mi patito?
Escuché sus pasos acercarse detrás de mí.
Me di la vuelta.
—¿Dónde está Patricio? —pregunté alterada.
—En la escuela.
—Es sábado —respondí.
—Victoria, es jueves —respondió seguro.
El mundo se inclinó.
—No.
—Victoria ¿Qué te pasa?… llamaré al doctor nuevamente.
Negué con la cabeza. Entonces lo miré. De verdad lo miré.
Su traje estaba impecable. Su cabello perfectamente peinado. Su expresión tranquila, como si nada en el mundo estuviera fuera de lugar.
Como si no acabara de destruir mi vida.
—No, Eros —dije con la voz temblorosa—. No intentes engañarme. Ya sé lo que pasó.
Mis manos empezaron a cerrarse.
—Estás casado…
Las palabras sabían a hierro.
—Te casaste con Olivia.
Silencio.
Eros me observó unos segundos. Sin sorpresa. Sin nervios. Como si la pregunta fuera irrelevante.
—Sí —respondió finalmente.
El golpe fue físico. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Desde cuándo?
—Hace unos meses.
El mundo empezó a girar.
—¿Y pensabas decírmelo cuándo?
Su expresión cambió apenas. Ya no era la suavidad de hace unos minutos. Ahora era… paciencia.
La misma paciencia que usaba cuando alguien en una reunión hacía una pregunta estúpida y él tenía que explicarlo todo otra vez.
—Victoria —dijo con calma—. No tienes derecho a reclamarme nada. No olvides nuestro acuerdo.
Me quedé inmóvil.
—¿Perdón?
—No tenemos una relación.
El silencio se volvió espeso.
—¿Qué?
—Nunca la tuvimos —continuó con frialdad—. Trabajabas para mí. Vivimos juntos, sí. Pero…
Sentí que algo dentro de mi pecho se rompía.
—¿Vivimos juntos? —mi voz tembló—. Siete años, Eros.
Di un paso hacia él.
—Siete años. Vivimos, dormimos, hacemos el amor. Hacemos todo juntos…
—Siete años desde que yo te di trabajo —replicó con calma—. Siete años que te he apoyado cuando nadie quiso hacerlo. Cuando tu madre murió y ustedes—
—¡No la menciones!
El grito salió antes de que pudiera detenerlo. La mandíbula de Eros se tensó apenas.
—Eso no es una relación. Follamos, si. Pero no hay sentimientos.
Cada palabra cayó como hielo. Sentí que la rabia me subía por la garganta.
—¡Eres un hijo de puta!
Ni siquiera parpadeó. Como si el insulto no significara nada.
—Entonces explícame algo —dije con la voz quebrada—. ¿Por qué sigo aquí?
Silencio.
—Si te ibas a casar con ella… si te casaste con ella… ¿por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no terminaste lo nuestro?
Eros dio un paso hacia mí. Yo retrocedí. Hasta que sentí la pared detrás de mi espalda.
—Simple —dijo.
Se acercó más.
—Porque eres mía —dijo tan cerca de mi rostro que su respiración golpeó mi piel.
—No soy tuya —declaré. —No soy de nadie.
—Victoria…
Su voz bajó. Más fría.
—Esto no tiene que ser difícil.
Se acercó lo suficiente para que pudiera sentir el calor de su cuerpo. Su mano subió hasta mi rostro. Tomó mi mentón con firmeza.
—Me casé con ella, sí.
Su pulgar rozó lentamente mi labio.
—Pero todo seguirá como hasta ahora.
Fruncí el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Nada va a cambiar.
Sus ojos no se movían de los míos.
—Ella vivirá en la Casa Blanca conmigo cuando gane las elecciones.
Su voz descendió.
—Pero yo siempre estaré para ti.
Sentí náuseas.
—Tú eres mi mujer —susurró—. Lo seguirás siendo. Te deseo. Mi matrimonio no cambia nada.
Lo empujé.
—¿Planeas que me quede contigo después de lo que me hiciste?
Asintió.
—Estás demente.
—Victoria… —dijo con frialdad—. No te estoy preguntando.
Se inclinó un poco más.
—Estoy diciendo lo que haremos.
—Entonces dime algo.
Las lágrimas ardían en mis ojos.
—¿Por qué no te casaste conmigo?
Silencio.
—Si tanto quieres seguir conmigo… ¿por qué no me elegiste a mí?
—No lo entenderías —dijo en voz baja.
—Entonces explícamelo. —Respiré con dificultad. —Si estás a punto de ganar es gracias a mí. A la imagen que yo construí de ti. La imagen del hombre que yo creí que eras.
Eros soltó una risa breve. Baja. Casi condescendiente.
—¿Quieres saber?
Asentí.
—Pues te lo diré.
Me miró con absoluta serenidad.
—No eres adecuada.
Las palabras me atravesaron.
—¿Adecuada?
—Eres huérfana —enumeró con tranquilidad—. Terminaste la universidad con becas. No continuaste. No hiciste posgrado.
Sentí que el aire quemaba.
—No tienes apellido. No tienes conexiones.
Hizo una pausa.
—Eres mi empleada.
Cada frase era un golpe.
—Además —añadió— eres demasiado joven.
Las lágrimas comenzaron a arder en mis ojos.
—Olivia tiene educación de élite. Su padre es director del partido. Su familia consiguió los auspiciadores la campaña.
Me miró con absoluta calma.
—Es una esposa adecuada para un presidente.
Las lágrimas finalmente cayeron.
—Si piensas todo eso de mí… —susurré— entonces ¿qué haces aquí?
Silencio.
—¿Por qué no estás celebrando con tu esposa?
Eros caminó hacia la barra.
Tomó una botella de champán.
La abrió con un sonido seco.
—Porque quiero celebrar contigo.
Me quedé mirándolo como si estuviera loco.
El sonido del champán sirviéndose fue obscenamente normal. Como si estuviéramos celebrando una promoción. Como si no acabara de decirme que todo lo que hemos vivido es una mentira.
Eros levantó una de las copas y caminó hacia mí.
La sostuvo frente a mi rostro.
—Toma.
No la tomé.
Sus ojos me observaron unos segundos. Luego dio un sorbo él mismo, sin dejar de mirarme.
—Eres una diosa en la cama —dijo mientras comenzaba a caminar lentamente a mi alrededor.
Sentí su presencia detrás de mí.
—Nadie me gusta como tú. Nadie es como tú.
Su voz descendió a un susurro cuando pasó a mi lado.
—Eres más joven que ella.
Su aliento rozó mi oído. Su mano recorrió mi brazo.
—Mucho más hermosa que ella.
Me aparté.
—Estás enfermo.
Eros dio otro sorbo a su copa.
—No —respondió tranquilo—. Estoy siendo honesto.
Me miró como si estuviera explicando algo evidente.
—Te hice. Te moldeé exactamente como quiero. Sabes lo que me gusta. Lo que me excita. Estoy completamente duro por ti ahora.
La rabia subió por mi pecho.
—Nunca volveré a estar contigo —dije con firmeza—. Me iré lejos.
Respiré hondo.
—Con Patricio.
Por primera vez algo cambió en sus ojos. Algo oscuro. Algo frío.
—No puedes.
—Claro que puedo. Puedo hacer lo que yo quiera.
—No.
Su voz cambió por completo. Ya no era tranquila. Era dura.
—Firmaste un contrato.
Fruncí el ceño.
—Ese contrato era por un año.
—No hablo de ese contrato.
El miedo comenzó a subir por mi garganta como una sombra.
—Firmaste otro.
Mi corazón empezó a golpear con fuerza.
—¿De qué estás hablando?
Eros caminó hacia el escritorio del salón. Abrió un cajón con absoluta calma. Sacó un documento. Lo sostuvo entre sus dedos un segundo antes de entregármelo.
—Léelo.
Lo miré sin entender.
—Te dije que estaremos juntos para toda la vida.
Mis manos empezaron a temblar cuando tomé el documento.
Lo abrí.
Las letras se movían frente a mis ojos.
Contrato de confidencialidad. Compensación financiera. Compromiso exclusivo. Duración…
Mis manos se congelaron.
—No… —susurré— esto no es verdad. Yo no firme algo así.
Levanté la vista.
—Esto no tiene fecha de caducidad.
—Exacto.
—Esto dice que…
Las palabras no querían salir. Mi voz se rompió.
—Que debo permanecer a tu disposición.
—Correcto.
Eros cruzó los brazos.
—Cuando yo quiera.
Sus ojos bajaron lentamente por mi cuerpo.
—Como yo quiera.
El aire desapareció de mis pulmones.
—Serás mi amante —dijo con absoluta tranquilidad— hasta que yo lo decida.
Hizo una pausa.
—Por ahora me apetece que sea para siempre.
—No.
—Sí.
—No voy a hacerlo.
—Firmaste. ¿O dirás que no es tu firma?
Miré el documento otra vez. Las palabras parecían clavarse en mis ojos. Entonces vi la cláusula final.
—Aquí dice que puedo rescindirlo si pago todo lo que te debo.
Eros apoyó la cadera contra la mesa.
—Correcto.
Lo miré con desesperación.
—¿Cuánto?
Eros sostuvo mi mirada unos segundos.
Luego habló.
—Son más de tres millones.
—¿Qué?
—La hipoteca de tu casa.
Empezó a enumerar con calma.
—El tratamiento de tu madre. Fui el benefactor de tu beca. Tu departamento. El colegio de Patricio. Nuestros viajes. Tus gastos. Ropa. Tu auto.
Hizo un pequeño gesto alrededor del penthouse.
—Es todo, Victoria.
Sus ojos volvieron a mí.
—Todo lo que ves es mío.
Una pausa.
—Hasta tu cuerpo.
Sentí que el estómago se me hundía.
—Te lo pagaré —dije con la voz quebrada—. Solo necesito un tiempo.
Eros sonrió apenas. Una sonrisa pequeña. Cruel.
—¿De verdad crees que puedes pagarme todo lo que he gastado en ti?
Se acercó un paso.
—Victoria… no tienes dinero para vivir un mes sin mí.
Su voz se volvió más baja.
—Tú y Patricio no son nada sin mí.
Cada palabra era un cuchillo. Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.
—La mensualidad de su colegio es más de lo que ganas en un mes.
Mi cuerpo temblaba.
—Acepta y acostumbrate. Nunca podrás irte.
Silencio. El departamento parecía demasiado grande. Demasiado vacío.
—Acepta que estarás a mi lado para siempre.
—Nunca —dije corriendo hacia la puerta. Pero este no se abrió.
—No puedes encerrarme aquí —susurré.
Eros me sostuvo la mirada. Su expresión ya no tenía ternura. Ni paciencia. Solo control. Frío. Calculado.
—Sabes que puedo hacer lo que quiera.—dijo en voz baja. —Por ahora te dejaré descansar. Tienes razón, debo ir a celebrar con mi esposa.
Tomó su saco del respaldo de la silla. Se lo colocó con absoluta calma.
Luego caminó hacia la puerta.
—No te irás de aquí hasta que yo lo diga. No intentes nada Victoria. No te olvides que tengo a Patricio.