Real

1252 Palabras
💛 El trayecto hasta mi departamento fue corto. Demasiado corto. No pensé. O tal vez sí… pero no quise hacerlo. El beso se repetía en mi cabeza una y otra vez. No por lo que significaba… Sino por lo que había provocado. Victoria. Su mirada. Su desesperación. Tanto en el beso como en sus acciones. “Es una despedida, Andrew.” Apreté el volante. Eso era. Una despedida. Y aun así… había cruzado una línea. Una que prometí no cruzar. Pero eso ahora no importaba. Para mañana Victoria estaría lejos y Eros nunca se enteraría. Todo estaría igual que como está ahora. Cuando llegué, no recordaba ni cómo. Manejé en automático. Subí, abrí la puerta. Y ahí estaba. Miranda. Esperándome. Bajo la luz de la luna que se filtraba por el ventanal. Las luces aún estaban apagadas. Las encendí. Quería verla a los ojos. —Llegaste rápido —dijo. Asentí, dejando las llaves sobre la mesa. —¿Qué pasó? Ella no respondió. Me observó. Demasiado. Hizo esa mueca al lado que siempre hacía cuando estaba dudando. Tragué saliva. Por un momento sentí miedo. ¿Acaso ella… sabía? Negué. No había forma. Pero por alguna razón me sentí como un hombre infiel siento atrapado. —Es tu cumpleaños —dijo, acercándose. Sus manos se deslizaron por su abrigo… y lo dejó caer antes de llegar a mí. Debajo, casi no había nada. Una lencería transparente color blanco. Tampoco había necesidad de que se cubriera demasiado. La conocía. Cada curva. Cada lunar. Cada reacción en sus ojos. En su piel. Y ahora veía conflicto. Aunque tratara de ocultarlo con su cuerpo. —He venido a celebrar contigo. Exhalé lento. Sus brazos rodearon mi cuello. —Feliz cumpleaños, Andrew —susurró contra mis labios. Quise apartarla. Pero al mismo tiempo no. Sus labios fueron más rápidos que mi voluntad. Y me besó. Al inicio lento. Profundo. Familiar. Seguro. Mis manos la sostuvieron por la cintura. La acerqué más a mí por puro reflejo. Por costumbre. Por qué esto habíamos sido durante años. Apoyo mutuo pero también pasión. Sexo. El beso se profundizó. Encajábamos. Siempre lo habíamos hecho. Desde el primer momento en que vi sus ojos supe que iba a amarla pero no era el momento. Siete años no desaparecen. Siete años se quedan. En la piel. En la memoria. En el cuerpo. En mi corazón. Pero entonces su recuerdo volvió. Victoria. No como mujer. No como tentación. Sino como reflejo. Yo tampoco era libre. Y lo peor… Era que estaba empezando a convertirme en alguien que no quería ser. Alguien que besa a una mujer… Después de haber besado a otra. Su nombre apareció en mi mente. Eros. Si no me detenía acabaríamos en la cama. Y mañana me sentiría peor de lo que me siento ahora. Me detuve. De golpe. Me separé de ella. —Andrew… —su voz cambió— ¿qué sucede? Pasé una mano por mi cabello. Me dolía decirlo. Porque esto… significaba no tener más de estos momentos. —Cuando me llamaste…Estaba con alguien más. Silencio. —Hace veinte minutos… estuve con otra mujer. Miranda no se movió. —Lo sé —dijo—. Tu ropa huele a ella. Se acercó un poco más. —Pero eso no tiene nada de malo. No cambia nada… ¿o sí? A diario ves mujeres y… La miré. Y esta vez… No podía mentirle. —Nos besamos. El aire se tensó. —Y si no hubieras llamado… probablemente no me habría detenido. Cerré los ojos un segundo. Eso sí dolía. Decirlo. Aceptar en qué me estaba convirtiendo. Miranda retrocedió apenas. —¿Qué estás diciendo? Respiré hondo. Estaba por terminar siete años de historia. De intentarlo. De volver. De no soltarnos del todo nunca. Dolía. Y aun así… —Esto —dije, señalándonos— no está bien. Mi voz fue más baja. Más honesta. —No quiero seguir haciendo esto. Tragué saliva. —No quiero seguir estando contigo solo esperando el día que te cases con alguien más —dije por primera vez en voz alta. Y dolía. Aún después del beso con Victoria dolía. Porque sí la amaba. Pero tenía que amarme más a mí. Y precisamente por eso… No podía seguir así. —Es mejor que dejemos de vernos. El silencio fue inmediato. Pesado. Y dentro de mí… Algo se rompió. Pero al mismo tiempo… Algo se soltó. —¿Acaso piensas que vas a estar con Victoria después de esto? Fruncí el ceño. —¿Cómo sabes que fue ella? —preguntó ella rio. Colocando su mano en su pecho. Empezó a caminar en círculos. —Respóndeme —No. Directo. Claro. —Esto no tiene nada que ver con ella. La miré fijamente. —Tiene que ver conmigo. Una pausa. —Y con lo que no quiero seguir siendo. Miranda giró, recogió su abrigo, se lo colocó. Demasiado tranquila. —Ahora dime ¿Cómo lo sabes… Eros? —Ella negó —¿Quieres saber cómo lo supe? Asentí. —Llamaste a mi abuela. Le pediste que te ayudara. A mi me dijiste que dejarías de hacerlo. Dijiste que ibas a ser libre. Sus ojos brillaron. —Nunca vas a ser libre. Siempre vas a ser un maldito peón de esta familia. Pero eso nunca fue por mí… —Todo este tiempo me quedé por ti… no podía darte la vida que querías. ¿Qué planeabas que hiciéramos? ¿Correr de Amanda? —No. Nadie puede huir de Amanda —añadió. Metió las manos en su abrigo hasta que encontró su celular. La vi teclear. Seguro estaba hablando con su chofer. No respondí. Porque tenía razón. Ella se acercó. Lento. Demasiado cerca. —Nadie escapa de los Cross —susurró. Y entonces sentí el pinchazo. —¿Qué…? Arranqué la aguja de mi cuello. Vacía. —Miranda… —Tenía que convencerte —dijo—. Pero no ibas a elegirnos. Mi visión empezó a fallar. ¿Elegirnos? —Así que elegí por ti —dijo temblando. Intenté acercarme. Pero mis piernas fallaban. —Miranda… no hagas esto… Ella me miró. Y ahí sí…Había dolor. Real. —Tú ya me dejaste, Andrew. Su voz se quebró apenas. —No vas a estar conmigo. Pero tampoco con ella… Su celular sonó. —Sí… ya está hecho. Miró hacia la puerta. —La puerta está abierta. Los sentí. Pasos. Manos sujetándome. Pesadas. —Miranda… No se acercó. No me tocó. —Lo siento —susurró—. Pero no iba a perderte así. El mundo se inclinó. Las voces se volvieron lejanas. Pero aún podía verla. Miranda. De pie frente a mí. En el umbral de la entrada. —Lo siento, Andrew —susurró. Algo en su voz me hizo ruido. No era solo dolor. Era… resignación. Como si ya hubiera aceptado algo mucho antes de que yo llegara. —Pero esto… tenía que pasar. Fruncí el ceño, intentando enfocarla. —¿Qué… hiciste…? Mi voz salió arrastrada. Pesada. Ella no respondió de inmediato. Solo me miró. Y por un segundo… Por un maldito segundo… Pareció que iba a romperse. Pero no lo hizo. No lo haría. Miranda Cross no se rompía por nadie que no fuese ella misma. Mi visión se oscureció. Las luces se apagaron una a una. Pero antes de perder completamente la conciencia… Escuché su voz una vez más. Más baja. Más fría. —Ella ya los está esperando. Asegúrense que todo quedó como ella lo ordenó. Real. No quiero fallas —ordenó. Real. ¿Real… qué?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR