Tú decides

2737 Palabras
🩷 Ese día no vi a Patricio. Tampoco vi a Eros. Ni siquiera escuché su voz en el pasillo ni el sonido de sus pasos cruzando el departamento. Nada. Como si el lugar entero hubiera decidido borrarse… o borrarme a mí. Silencio. Un silencio limpio. Ordenado. Perfecto. Demasiado perfecto. Porque no dejaba espacio ni para distraerme. Ni para engañarme. Solo para pensar. Y pensar significaba recordar algo muy simple. Nadie sabía que yo estaba ahí. Nadie. Ni vecinos. Ni conocidos. Ni alguien que pudiera tocar esa puerta por error. Solo Eros. Andrew. Amanda. Y Miranda. Y ninguno de ellos… iba a venir a buscarme. Por qué yo no pertenecía a su mundo. Al principio pensé que solo sería un par de horas. Después dejé de pensar. Porque el tiempo, en ese lugar, no funcionaba como afuera. No avanzaba… se estiraba. Se deformaba. Se volvía espeso. Las paredes blancas, el silencio constante, las ventanas ahora se veían demasiado altas para ver la calle… todo estaba diseñado para lo mismo. Aislar. Encerrar. Hacerte olvidar que existía algo más. Me senté en el sofá. Luego me levanté. Caminé por el departamento sin un destino claro, tocando cosas sin verlas realmente. Abrí el refrigerador por inercia, como si mi cuerpo todavía respondiera a una rutina que ya no existía. Lo cerré enseguida. No tenía hambre. O eso me dije. Porque aceptar que tenía hambre implicaba aceptar que llevaba demasiado tiempo ahí… sin que nadie lo notara. Sin que a nadie le importara. No fue hasta mucho después —no sabía cuánto— que mi estómago empezó a doler. Un dolor lento. Hueco. Persistente. Como si mi propio cuerpo estuviera intentando recordarme que existía… cuando todo lo demás parecía haberlo olvidado. Apoyé una mano en el abdomen mientras respiraba hondo. Me acerqué a la ventana del salón, intentando distraerme mirando el cielo gris de Washington. Plano. Sin profundidad. Igual que todo dentro de mí. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? ¿Horas? ¿Todo el día? ¿Dos días…? La idea me atravesó de golpe. Un escalofrío me recorrió la espalda. Había perdido la noción del tiempo por completo cuando escuché el sonido. El seguro giró con un clic metálico. Mi corazón reaccionó antes que yo. Se apretó. Se aceleró. Se ilusionó. Odié eso. Odié que una parte de mí todavía reaccionara así. Me giré de inmediato. La puerta se abrió. Y allí estaba Andrew. Durante un segundo no dije nada. Mi mente estaba demasiado ocupada intentando entender qué estaba pasando… y otra parte, más silenciosa, preguntándose por qué no era Eros. Pero no estaba solo. Patricio estaba a su lado. —¡Vicky! La mochila azul cayó al suelo antes de que pudiera decir una palabra. Patricio corrió hacia mí. Sentí el impacto de su pequeño cuerpo contra el mío cuando lo abracé con fuerza, casi con desesperación. Demasiada fuerza. Como si fuera a desaparecer. —Mi amor… —susurré, hundiendo el rostro en su cabello. Mis manos recorrieron su espalda, su cabeza, sus mejillas, comprobando… una y otra vez. Que estaba bien. Que no tenía marcas. Que no me lo habían quitado. —Te extrañé —dijo él con su vocecita. Tragué saliva. —Yo también te extrañé, mi patito. Mucho más de lo que debía. Mucho más de lo que un niño como él podía entender. Lo aparté un poco para mirarlo mejor. —¿Estás bien? ¿Te hicieron algo? —¿Quién? —preguntó confundido. —Eros… —mi voz falló apenas— ¿lo viste? —No, no lo vimos. Un alivio inmediato. Y luego… una punzada. Porque eso significaba que él no lo había necesitado. —Estoy bien. Estuve con Andrew, fuimos al zoológico y luego jugamos videojuegos —dijo confundido—. Andrew me trajo para recoger mis cuadernos. Pero no hice mi tarea —miró al piso—. ¿Estás molesta, hermanita? Lo abracé con fuerza, negando con la cabeza. Las lágrimas empezaban a caer por mi rostro sin que pudiera detenerlas. —No, claro que no… nunca podría molestarme contigo, mi pequeño papito. Porque tú eres lo único que tengo. Porque tú eres lo único que no me han quitado. Patricio sonrió feliz. Durante unos minutos me olvidé de todo. Del departamento. De Eros. De la sensación constante de estar atrapada. Solo existía él. Solo ese pequeño espacio donde todavía podía respirar. Cuando me giré, encontré a Andrew mirándome. Demasiado tranquilo. Como si nada de esto fuera extraño. Como si yo no estuviera rota frente a él. —Bueno —dijo finalmente—. Tenemos que irnos. Parpadeé. —¿Qué? Patricio hizo un pequeño puchero. —Pero acabo de llegar… Andrew se acercó y recogió la mochila del suelo. Y algo dentro de mí… explotó. Mi mano se levantó sola. La bofetada resonó en todo el departamento. —Victoria, ¿qué haces? —preguntó Patricio interponiéndose entre nosotros. —Ve a tu habitación —grité desesperada. —Pero… —Ve a tu habitación —repetí, más bajo pero más firme—. Cierra la puerta. No quiero que escuches. Él dudó… pero obedeció. Cuando la puerta se cerró, lo miré. —¿Tú lo sabías? —Victoria… —¿Por qué no me lo dijiste? Ese día… te burlaste de mí. —Yo no lo sabía. Te lo juro. Yo… cuando Eros me dijo sobre casarse nunca pensé que sería con alguien más. Ni siquiera sabía que ella estaba en esto. ¿Has hablado con Eros? ¿Qué te ha dicho? Solté una risa vacía. —¿Qué me ha dicho? —repetí—. No lo sé… quizá me ha dicho que tengo que quedarme aquí encerrada. Que tengo que vivir como su amante. Que tengo que portarme bien… para ver a mi propio hermano. Las palabras me quemaban la boca. —Victoria… Yo no sé qué está pasando con él —dijo Andrew acercándose. Negué con la cabeza. No quería a nadie cerca de mí. —Ese día le pregunté… —¿Qué día? —interrumpí. —El día de la conferencia. Hace dos días no sé nada de él. Dos días. El mundo se detuvo. Dos días encerrada. Sin darme cuenta. Sin que nadie lo notara. Sin que a nadie le importara. —Le pregunté qué estaba haciendo, pero ni siquiera se molestó en contestarme. Tomó sus cosas y se fue. Imagino que vino aquí. Claro. Porque yo estaba aquí. Disponible. Encerrada. Esperando. La amante en todas sus letras. —¿Cómo es que tienes a Patricio? —pregunté. —Se lo dejó a Miranda. La niñera llamó y lo fuimos a recoger. Mi cuerpo se tensó. —¿Miranda le hizo algo a mi hermano? —No. Solo no sabía qué hacer con él y lo llevó a mi casa. Sé que Miranda es… complicada, pero no le haría daño. Cerré los ojos. Respiré. —Miranda es una perra. No me importa. En este momento nada me importa. Lo miré. —Andrew… si es verdad que no sabías… necesito que me ayudes a irme de aquí. —Victoria, déjame hablar con Eros. Debe tener una explicación lógica. Sé que te quiere. Sé que te ama… Lo miré. —Nunca me lo ha dicho. Silencio. —Pero no es necesario —respondió. Lo es. Lo es cuando te encierra. Lo es cuando te rompe. Lo es cuando te convierte en algo que tú no elegiste ser. —Es necesario cuando me trata de esta forma —susurré—. Él quería obligarme. Él casi me vio… Me cubrí la boca. No podía decirlo. No podía aceptar lo que había pasado. —Victoria... Déjame a mi solucionar las cosas. Te prometo… —No me hagas promesas que no podrás cumplir —lo interrumpí—. Ni siquiera yo sé qué está pasando. Pero en este momento no me importa. Necesito salir de aquí con Patricio. Porque quedarme… era desaparecer. —Déjame llevar a Patricio al colegio primero. Te prometo que volveré por ti. Hablaré con Eros. Los tres. Esto… quizá es solamente para ganar las elecciones. —Se casó con ella. Tendrán un hijo. No me importa si esto es por política. Me humilló. Me destrozó. Tuvo la oportunidad de decírmelo… creí que nos contábamos todo. —Victoria, entiendo que estés herida. —No lo entiendes —negué—. Nunca lo entenderás. Yo nunca he tenido más de lo necesario. Siempre he vivido de lo prestado. De lo regalado. Incluso mi ropa. Siempre todo simple… todo usado. Desde que Eros llegó a mi vida creí tener algo. Tragué saliva. —Creí que teníamos algo. Mi voz se quebró. —Pero fui una tonta. Nunca pregunté. Siempre esperé. Que formalizara. Pero qué más daba… vivíamos juntos. Le dio su apellido a mi hermano para que no me apartaran de su lado. Lo miré. —¿Qué más necesitaba? Lo tenía a mi lado, eso bastaba para sentirme segura. Silencio. —Ahora me doy cuenta que sí necesitaba algo más. Necesitaba ser su pareja. La oficial. Mi voz bajó. —No solo la que calienta su cama. —Victoria…tú no eres eso. —Lo soy, solo soy su pecado. La palabra se quedó flotando entre nosotros. Pesada. Real. —Él te quiere… —¿Tú qué sabes? —Lo suficiente. Lo arreglaré. Volveré por ti. Te quedarás conmigo hasta que todo esto se solucione. —Eros no dejará que me quede contigo. No quiero perder a Patricio —Él negó con la cabeza. —Entonces lo haremos a la fuerza hasta que entre en razón. Se que algo pasó, Victoria. Eros… déjame hablar con él. Lo miré. Quise creerle. Aunque una parte de mí ya sabía… que Eros nunca perdía el control. —Prométeme que volverás. —Lo prometo. Las promesas… siempre sonaban más bonitas antes de romperse. Entré a la habitación. Patricio estaba en la cama viendo un video. Todo parecía tan normal. Tan ajeno. —Ya debes ir a la escuela. —Quería quedarme contigo. ¿Debes ir a trabajar? Asentí. —Más tarde nos veremos. —Mentí. —Y estudia. No seas bruto como yo. —Tú no eres bruta. Eres la mujer más inteligente del mundo. Algún día serás presidenta… y Eros será el primer damo. Sonreí. Porque dolía. Porque era absurdo. Porque en su mundo… yo era fuerte. Y en el mío… no era nada. Tomé su mochila, se la puse en la espalda y salimos de la habitación. —Si algo le pasa… te juro que te mataré —susurré entre dientes. —Victoria, ¿cuándo te he fallado? No respondí. Sabía que podía confiar en él. Pero también confié en Eros. ¿Cuánto me había equivocado? Caminaron hacia la puerta. Antes de salir, Andrew se detuvo. Me miró. —Volveré por ti. Asentí. Porque necesitaba creer en algo. Aunque fuera mentira. La puerta se cerró. Y el silencio volvió a llenar el departamento. Pero esta vez era distinto. Porque ahora sabía qué día era. Lunes. Y mañana…las elecciones. El resto del día pasó lento. Intenté leer. Intenté dormir. Intenté no pensar. Pero todo volvía al mismo lugar. Eros. Siempre Eros. Desde hace siete años, Eros. Cuando la puerta volvió a abrirse ya estaba oscureciendo. Entró cargando varias bolsas. Muchas. Demasiadas. Como si pudiera compensarlo todo con comida. Como si eso arreglara algo. —¿Planeas alimentar a un ejército? —dije. —¿Estás contenta? Fruncí el ceño. —¿Con qué? —Viste a Patricio hoy. Claro que lo sabía. Siempre lo sabía todo. Siempre un paso adelante. Asentí. —Sí. Se acercó. Me tomó del rostro. Y me besó. Lento. Tranquilo. Como si nada hubiera cambiado. Pero todo había cambiado dentro de mi. No respondí. No podía. No quería. Su agarre se volvió más firme. Más posesivo. Como si intentara recordarme cuál era mi lugar. Antes me habría derretido. Ahora… solo quería apartarlo. —Si te portas bien… todo irá mejorando. Ahí estaba. La condición. Siempre había una. Ahora lo decía con claridad. Porque sabía que no tenía escapatoria. Asentí. —Está bien. Porque decir que no… no era una opción. Esa noche se acostó junto a mí. Igual que siempre. Su brazo rodeó mi cintura. No me moví. No dije nada. Aguanté. Porque ya no lloraría por él. No en voz alta. No donde pudiera verlo. Todo me lo guardaría aquí, muy dentro de mi. En medio de la noche su teléfono sonó. —¿Sí? La voz de una mujer se escuchó al otro lado. —¿Ahora? Se sentó. —Voy para allá. Quería mostrarme indiferente pero las palabras salieron de mi boca sin previo aviso. Ni el rencor iba a poder borrar los siete años de ser un equipo. —¿Qué pasó? —pregunté. —Están llevando a Olivia al hospital. Olivia. Su esposa. La futura primera dama. La mujer perfecta para Eros. Sentí los celos. Y me odié por eso. Por qué a golpes si era necesario tenía que arrancarlo de mi. Porque no tenía derecho. Porque yo era… nadie. —¿Volverás? —No lo sé. El bebé… Claro. El bebé. ¿Por qué tenía que seguir preguntando? ¿Por qué tenía que seguir? Sin decir más. Se fue. Y el silencio volvió. No se si fue un par de minutos. O un par de horas. Mis ojos ardían. Pero mi corazón estaba aferrado a que él vendría por mí. Pero al mismo tiempo sabía que su aprecio por mí no pesaba lo mismo que su amistad con Eros. No él no lo va a traicionar. Seguía acostada mirando el techo cuando escuché el sonido. La puerta. Me incorporé de inmediato. Pensé que Eros había vuelto. Pero cuando la puerta se abrió… No era Eros. Era Andrew. Entró rápido. Cerró la puerta detrás de él. —¿Tienes tus cosas? —¿Puedes sacarme de aquí? —pregunté —Sí. Pero no tenemos mucho tiempo. Cuando Eros… Entonces lo entendí todo. Olivia. El hospital. El momento perfecto. —¿No está mal, verdad? —Él asintió. Entonces lo entendí. —¿Olivia no está mal?. —Digamos que no está tan mal. Mi mente empezó a moverse antes de que pudiera detenerla. Olivia “casualmente” necesita ir al médico. Andrew aparece justo después. Demasiado… perfecto. Sentí cómo algo dentro de mí se acomodaba. No en paz. En comprensión. —¿Quién…? —murmuré, aunque en el fondo ya temía la respuesta. Andrew dudó apenas un segundo. Solo uno. —Amanda. El nombre cayó pesado. Frío. Un escalofrío me recorrió la espalda. Amanda. La madre de Eros. La mujer que nunca fingió aceptarme. La que me miraba como si yo fuera un error que alguien olvidó corregir. La que siempre dejó claro, sin necesidad de palabras suaves, que yo no pertenecía a ese mundo. Cerré los ojos un instante. Y todo encajó. Claro que sí. —Ella nos está ayudando —continuó Andrew. Solté una pequeña risa. Baja. Vacía. Esa no era ayuda. Nunca lo fue. —¿Por qué? —pregunté, aunque ya no había duda en mi voz. Ya lo sabía. Lo había sabido desde el momento en que dijo su nombre. Una risa más clara escapó de mis labios. Amarga. Cansada. —Porque se cumplió su deseo… —murmuré—. No me quiere cerca de él. Y no era nada nuevo. Nunca lo había querido. Nunca había hecho el intento. Amanda no estaba ayudándome por compasión. Ni por justicia. Ni siquiera por Patricio. Me estaba quitando del camino. Como siempre quiso hacerlo. Como siempre supo que terminaría haciendo. Porque yo no era una persona para ella. Era un problema. Un obstáculo. Un error incómodo que debía desaparecer antes de que Eros se convirtiera en presidente. Siete años. Siete años aguantando sus miradas, sus comentarios disfrazados, sus silencios llenos de desprecio. Siete años justificándolo todo… por amor. Por ese amor que ahora se sentía tan pequeño. Tan insuficiente. Tan… inexistente. Tomé mi ropa y la lancé dentro de la maleta con más fuerza de la necesaria. Entonces me di cuenta de algo. Cada cosa que yo tengo Mis manos temblaban. Mi corazón latía rápido. No de nervios. De algo más feo. De entender demasiado tarde. Sentía la mirada de Andrew sobre mí. Evaluando. Esperando. —Tú decides —dijo finalmente—. Puedes quedarte… y darle la contra a la madre de Eros. Hizo una pausa. —O puedes irte conmigo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR