Capítulo 6

1861 Palabras
El aire en la habitación era denso, casi no se podía respirar. Sentía como si el tiempo se hubiera detenido. Mi cuerpo sufría hasta con el movimiento más mínimo, pero el verdadero dolor estaba en mi pecho, donde la desesperanza y el abandono habían echado raíces. Había perdido la cuenta de los días, semanas e incluso meses desde que había sido encerrada en esa casa, en la que se suponía sería mi lugar seguro. Cada rincón de esas paredes parecía gritarme cada dos segundos que nunca sería capaz de salir de aquí con vida, que Adrik siempre ganaría. Siempre. —Señora, no hay tiempo. Necesito que me deje ayudarla... Sé que no es fácil, pero tiene que hacerlo. Él no está, y esta es nuestra oportunidad, quizás la última que pueda tener antes de que le suceda algo peor. —susurró, zarandeándome. Su voz era apenas un murmullo. Ella estaba igual de aterrada que yo. Probablemente gracias a mi deplorable aspecto. La miré, incrédula. Ya no me quedaba ni una sola chispa de esperanza. ¿Escapar? ¿Qué si después soy traicionada? Adrik me matará cuando se entere. Moverá cielo y tierra por encontrarme. ¿Con quién podría ir? Estoy sola. No podía irme así como así. La idea era tan absurda como peligrosa. Ni siquiera estaba preocupada por mí, sino por la mujer frente a mí. Ella no sabía lo peligroso que era Adrik. No tenía ni idea de los alcances que podría tener cuando estaba furioso. Él tenía ojos en todas partes, guardias que vigilaban cada entrada y salida de la casa. Pero la mujer no parecía dudar. Ella parecía dispuesta a cualquier cosa con tal de ayudarme. ¿Por qué? ¿Acaso estaba reflejando su pasado en mí? —No puedo... —mi voz salió rota, soltando un largo suspiro. No quería ilusionarme. Había aprendido desde hace tiempo a no tener esperanzas, así dolía menos—. Si me encuentra... —Si no lo intentamos ahora, nunca podrá salir de aquí e incluso podría morir, señora. Yo la ayudaré, pero tiene que confiar en mí y decirme cómo podemos salir de aquí. Sé que usted lo sabe. Sus palabras eran un ancla en medio de mi tormenta. Con ella, por muy extraño que pareciera, veía una luz al final de este oscuro y perpetuo túnel. No pude evitar dudar; el miedo me tenía paralizada, pero había algo en su mirada que me hizo asentir. No tenía fuerzas para luchar, pero tampoco podía seguir viviendo así. Ella tenía razón. Si me quedaba un poco más, saldría de aquí en una bolsa para c*******s y, seguramente, Adrik haría de mi recuerdo una auténtica película. Quiero ser libre, me lo merezco. La mujer, cuyo nombre aún no conocía, sonrió y me ayudó a levantarme; sin embargo, mi cuerpo protestó de inmediato. Cada paso era un recordatorio de las fuertes heridas que llevaba en todo mi cuerpo, pero ella me sostenía con firmeza, usando toda su fuerza para mantenerme de pie. Con lentitud, continuamos caminando fuera de la habitación y, en lo que fueron los minutos más largos y tortuosos de mi vida, bajamos las escaleras. Mi rostro estaba contraído y lloraba en silencio, producto del enorme dolor que sentía, pero con cada paso que daba, me sentía cada vez más cerca de la libertad. Sin embargo, aún me sentía temerosa de que fuéramos descubiertas en cualquier momento. Fui guiada hacia la puerta trasera de la casa, donde sabía que no había guardias; ella me lo había dicho, aunque seguía pareciéndome extraño que no hubiera nadie allí. El pasillo estaba en un silencio sepulcral y cada crujido del suelo bajo nuestros pies me hacía contener la respiración. Sentía que en cualquier momento nos escucharían. Maldición. —Despacio, señorita. No haga ruido; ellos están cerca, puedo oírlos. —me susurró, mientras avanzábamos y yo asentía, intentando contener mis quejidos de dolor. Sentía que en cualquier momento me desmayaría. Por fin llegamos a la cocina y, desde allí, pudimos ver la puerta trasera. Mi corazón latía con fuerza, como si quisiera escapar corriendo mucho antes que yo. Él tampoco soportaba un segundo más en esta cárcel, pero entonces escuchamos pasos y yo me paralicé. Mi salvadora me empujó con un poco de fuerza detrás de una alacena, y ambas nos quedamos inmóviles mientras ella me hacía un gesto para que guardara todo el silencio que fuera posible. Los pasos se detuvieron y pude escuchar las voces de los guardias. Mierda. —No hay nada... ¿Estás seguro de que escuchaste algo? De seguro es esa mujer limpiando; la señora apenas y puede moverse por su propia cuenta. —comentó uno y mi corazón latió con un poco más de fuerza. Pude sentir la mano de mi compañera apretando un poco la mía en un intento por infundirme valentía. —Tienes razón, creo que fue mi imaginación. ¿Volvemos a la puerta principal? —Eres un idiota. Vamos a nuestros puestos o el señor Gavrilov se enojará si nos ve por aquí. Esta es la zona de Maxim y, aunque no vino a trabajar hoy, no deberíamos estar aquí. Está prohibido. —Conozco las reglas, imbécil. No es necesario que me lo recuerdes. —Gruñó el otro y entonces se marcharon. La mujer me miró, llevándose un dedo a los labios, solo por si acaso. Mi respiración era superficial; cada segundo parecía eterno, sentía que estaba caminando en cámara lenta. Los pasos de aquellos gorilas se alejaron por completo y entonces ella me tomó del brazo. —Ahora —dijo, con una determinación que jamás había visto en mi vida, por lo que solo pude asentir y seguirla mientras me sacaba de casa por primera vez en mucho tiempo. No puedo creer que me esté pasando esto. Abrimos la puerta trasera con cuidado, tratando de no hacer ruido y mirando a todas partes solo para estar seguras de que no había nadie vigilándonos. Fue en ese momento que el aire fresco golpeó mi rostro. Dios... Era la primera vez en mucho tiempo que sentía algo parecido a la libertad; aunque solo hubiera abierto la puerta, me sentía libre. La mujer me guió hacia el jardín trasero, donde la maleza era lo suficientemente alta como para ocultarnos, ya que Adrik no permitía que nadie limpiara este lugar. Al fin y al cabo, no tenía permitido salir al jardín. Nos movimos rápido, aunque cada paso me costaba un esfuerzo titánico; apenas podía soportar el dolor. Solo un poco más, Cassia. Tú puedes. Cuando finalmente cruzamos la cerca trasera, me detuve un momento, mirando hacia la casa. La que se suponía sería mi lugar seguro y lleno de felicidad. Al final, no fue nada de eso. Mi prisión. Mi infierno. Y ahora, mi pasado. Creo que esa descripción era lo mejor que había pasado por mi mente. Mi pasado. Ahora era oficial. ¡Soy libre! —No se detenga, señora. Aún no estamos a salvo. Tenemos que avanzar un poco más. —me recordó mi compañera, trayéndome de nuevo a la realidad, tirando de mi brazo. Asentí, dejando que me guiara hacia adelante, cada vez más lejos de mi cárcel de oro. El miedo seguía ahí, demasiado grande para poder ser controlado, pero por primera vez en mucho tiempo, también había una chispa de esperanza. Una muy pequeña. A pesar de las complicaciones, seguimos caminando en busca de algún taxi que nos llevara aún más lejos, casi tambaleándonos en el sendero irregular que nos alejaba de la casa. Mis piernas amenazaban con ceder en cualquier momento, mi costado me dolía más que cualquier otra cosa, pero la mano firme de mi compañera me sostenía. Era capaz de escuchar mi propia respiración, agitada y entrecortada, mezclándose con los ruidos distantes de la ciudad. ¿Cuánto más podré soportar antes de ceder a la oscuridad? —Solo un poco más, señora. Pronto estaremos a salvo. Solo un poco más. —me susurró ella, aunque su voz también denotaba el nerviosismo que compartíamos. Ahora que estábamos fuera, todo se sentía tan real. Y eso nos asustaba. Adrik me va a matar. Finalmente, llegamos a una calle más transitada y ambas respiramos más tranquilas. Aquí no podrían hacernos nada. El bullicio lejano se sentía como un tenue destello de normalidad, haciéndonos sonreír. La mujer levantó la mano, agitándola para detener un taxi que se acercaba. Mi corazón latía con fuerza; cada segundo parecía una eternidad. El auto frenó junto a nosotras y el conductor bajó la ventanilla. —¿A dónde las llevo? —preguntó, sin sospechar que estaba participando en una fuga. O mejor dicho, en mí rescate. —Solo conduzca hasta que nosotras le digamos. —respondió ella rápidamente, mientras abría la puerta trasera y esperaba a que yo entrara en el taxi. Libertad... Ya casi te tengo... Ya casi... Y entonces, justo cuando me disponía a entrar, una voz familiar desgarró el ambiente. Oh, no. No él. —¡Cassia! Mi cuerpo se congeló y comenzó a temblar sin control. Esa voz, fría y autoritaria, era inconfundible; la conocía demasiado bien. Giré lentamente la cabeza y casi me desmayé al verlo. Ahí estaba Adrik. Su figura imponente emergía de su auto estacionado a unos metros del taxi en el que pretendíamos huir, con los ojos encendidos por la furia, con esa aura negra que envolvía su alrededor. En un instante, cerró con fuerza la puerta de su vehículo y comenzó a caminar hacia nosotras. No. No de nuevo. —¡¿Qué mierda crees que estás haciendo?! ¡Regresa aquí ahora mismo! ¡Cassia! —gritó, su tono retumbando como una amenaza—. ¡Te vas a arrepentir, perra inmunda! Una terrible y peligrosa amenaza. Sin embargo, mi compañera no perdió ni un segundo. Sin pedirme permiso, me empujó hacia el asiento trasero del taxi con fuerza, entró y cerró la puerta apenas lo hizo. Todo en una velocidad de tiempo récord. —¡Conduzca ahora! ¡Por favor, rápido! —exclamó al conductor con ojos oscuros y nublados, mientras que yo permanecía hundida en el asiento trasero, intentando mantenerme cuerda. El hombre, confundido por la urgencia, no hizo preguntas, por fortuna. Avanzó a toda velocidad mientras Adrik comenzaba a correr tras nosotros, en un estúpido intento por detenernos. A través de la ventana trasera, pude ver cómo intentaba alcanzarnos, gritando palabrotas que se perdían en la distancia a medida que el taxi se alejaba. Mi corazón martillaba en mi pecho como si fuera a estallar. Solo era cuestión de tiempo para que comenzara a seguirnos con su auto. Apreté los puños con fuerza sobre mi regazo, mirando fijamente hacia adelante. La pelirroja se giró a verme para asegurarse de que estaba bien. —Lo logramos, señora. Lo logramos. Ahora es libre. Libre... ¿De verdad soy libre? No respondí, incapaz de procesar lo que acababa de ocurrir. Las luces de la ciudad pasaban rápidamente a nuestro alrededor, pero dentro de mí, las cadenas que me habían mantenido atada durante tanto tiempo comenzaban a romperse, una a la vez. Solo esperaba que esta libertad no fuera el inicio del mayor castigo que recibiría por parte de Adrik Gavrilov.
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