Camino por el jardín, descalza y disfrutando de la brisa que mece mi vestido blanco, ligero y largo. El atardecer se posa sobre mi piel, cierro los ojos y me dejo rodear por ese espacio que es solo mío, hasta que los fuertes brazos de mi esposo me rodean. -¿Cómo está la mujer más bella del mundo? -Ahora, bien – me dejo llevar por esa sensación deliciosa que estar entre los brazos de mi hombre -. -Nada de contracciones, supongo. -Nada de nada, todavía faltan dos semanas, James. -Pero ya quiero conocerla – se para frente a mí y veo sus ojos llenos de brillo y vida, la misma que me inyectó a mí -. Y como si nuestra hija oyera su lamento, una fuerte contracción me ataca, haciendo que mi cuerpo se arquee por el dolor. -¡Elizabeth! -No empieces con tus exageraciones, James… respira y con
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