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1439 Palabras
El Pecado Que Aguarda En Silencio París, 1846. Quinta noche de la delegación inglesa. La suite donde se alojaban los miembros de la Cámara de los Lores estaba en completo silencio. Más allá de las cortinas, París brillaba como una joya ambigua: elegante, peligrosa, seductora. Rowan dejó los papeles sobre el escritorio, donde los acuerdos de comercio y los protocolos diplomáticos se amontonaban como recordatorios de su nueva vida. Una vida construida con esfuerzo… y mentira. Se aflojó el nudo de la corbata, cruzó la habitación y se miró en el espejo del tocador. Su reflejo era impecable, como siempre: cabello peinado, expresión medida, elegancia en cada pliegue de su chaqueta. Pero tras los ojos... algo oscuro palpitaba. Algo antiguo. Algo que no se había extinguido, solo dormido. Madelaine. Sacó la nota de su bolsillo interior, aquella escrita con la caligrafía firme y sensual que ya conocía. Una dirección discreta, apenas un susurro de invitación. - Una noche. - murmuró para sí - Solo una. El joven salió sin anunciarse, como un amante furtivo. La ciudad lo envolvió con sus aromas a perfume, vino y piedra mojada. Sus pasos resonaban sobre los adoquines mientras cruzaba calles estrechas hasta llegar al edificio discreto en el distrito de Saint-Germain. Tocó la puerta una vez. Luego otra. Se abrió lentamente. Y ahí estaba ella. Madelaine. Vestía un camisón de satén color marfil, traslúcido bajo la luz de las velas. Su cabello oscuro caía desordenado sobre los hombros. No necesitaba más. La sensualidad de esa mujer no requería ornamento. - Has venido. - susurró ella y su sonrisa tenía la forma exacta del pasado. Rowan no respondió. La tomó del rostro, delineó con los dedos la curva de su mejilla, el labio inferior. Madelaine se apoyó contra el marco de la puerta, entreabriéndola más, dándole paso. Rowan cruzó el umbral sin volver la vista atrás. Cerró la puerta con la misma firmeza con la que solía cerrar los contratos en Londres. Pero esta no era una transacción. Era una caída. Madelaine lo condujo sin palabras hacia la habitación interior. La chimenea crepitaba suavemente y el vino ya estaba servido. - ¿Cómo está la dulce esposa? - preguntó, aunque no con celos, sino con esa ironía elegante que dominaba tan bien. Rowan se quitó la chaqueta y dejó que el silencio respondiera. Madelaine rio bajo. - Pensé que el deber te habría domado. - El deber me mantiene en pie. - contestó él, acercándose por detrás, hundiendo el rostro en su cuello - pero no me quita el hambre. La mujer gimió muy suavemente cuando él la rodeó por la cintura, cuando sus labios encontraron el pulso acelerado en la base de su garganta. El camisón cayó sin resistencia cuando la mano de Rowan se deslizó por el cordón. Su piel era tibia, viva, pecaminosa. Nada en ella tenía la pureza fría de Isabella, ni su dulzura, ni su entrega comedida. Madelaine era fuego sin fronteras. La mujer lo condujo hacia el diván, con una risa contenida. - Sabía que no podrías resistirte. - susurró, trepando sobre él. Y Rowan, por primera vez en semanas, se sintió libre. No juzgado. No vigilado. No contenido por expectativas ni deberes. Solo deseo. El resto de la noche se deshizo entre cuerpos entrelazados, jadeos ahogados y palabras olvidadas. Cuando cayó dormido, Madelaine lo observó con esa mezcla peligrosa de ternura y triunfo que solo una amante olvidada puede permitirse. Y mientras dormía, Rowan soñó con la piel de Isabella... pero también con su mirada herida. Porque la traición no siempre se consuma con violencia. A veces, basta con no regresar a tiempo. Las Cenizas Del Placer El perfume a vainilla y sándalo seguía en el aire cuando Rowan abrió los ojos. La luz de la mañana se filtraba tímidamente entre las cortinas gruesas de la habitación, pintando sombras doradas sobre el cuerpo desnudo de Madelaine, aún envuelta en las sábanas. Ella no dormía. Lo observaba. Como si llevara horas haciéndolo. - Buenos días, milord. - susurró con una sonrisa apenas curvada. Rowan tardó en responder. Sus pensamientos parecían atascados en una niebla espesa. No era culpa del vino ni del deseo. Era culpa. Se sentó lentamente en la cama, pasando una mano por su rostro. El reloj de bolsillo sobre la cómoda marcaba las ocho y veinte. Demasiado temprano para una reunión oficial. Pero demasiado tarde para fingir que lo de anoche no había sucedido. Madelaine se incorporó con languidez, dejando que la sábana resbalara por su torso sin pudor alguno. No tenía que seducirlo; ya lo había hecho. Lo tenía. Lo conocía. - Estás más silencioso que antes. - Apoyó el mentón en su rodilla doblada, con expresión curiosa - ¿Remordimientos… o miedo a volver a necesitarme? Rowan entrecerró los ojos, incómodo. No por su cuerpo, sino por sus palabras. - No empecemos. - ¿Empezar qué, amor? - preguntó ella con falsa inocencia - ¿A hablar con sinceridad? ¿A recordar lo que tú y yo éramos antes de que te pusieras ese disfraz de esposo fiel? El joven se levantó, caminando desnudo hasta la silla donde colgaba su ropa. La camisa estaba arrugada, la chaqueta tenía olor a su perfume. Todo en esa habitación parecía haberlo marcado con una tinta invisible que no podría limpiar. Madelaine se puso de pie tras él, acercándose en silencio. Le rodeó el torso con los brazos, apoyando su mejilla en su espalda. - Isabella nunca entendería este lado tuyo, Rowan. - Su voz era suave, íntima, como una promesa envuelta en terciopelo - Ella cree en el amor. Tú… tú crees en el poder. En el control. En las sombras. Rowan se giró para mirarla, sujetándola por los brazos con una firmeza contenida. - No hables de ella. Madelaine arqueó una ceja. No con miedo, sino con diversión. - Entonces no pienses en ella cuando me toques. Es lo justo, ¿no? Rowan la soltó. Dio un paso atrás, el rostro tenso, sin palabras. - No puedes vivir con un pie en cada mundo, Rowan. - continuó ella, envolviéndose en la sábana con gracia - El palacio o el abismo. El deber o el deseo. La virtud o yo. El conde la observó en silencio. - No es tan simple. - respondió finalmente - Nada lo es. Madelaine asintió, pero en sus ojos brilló algo más oscuro. Más íntimo. Quizá no era solo una amante del pasado. Quizá en su manera retorcida, también lo amaba. O al menos, lo entendía. - Volverás a ella. – dijo - Porque es lo correcto. Porque es lo que espera tu abuela. Porque tu apellido debe ser salvado por alguien que no tenga mis cicatrices. Rowan se tensó. - ¿Y si te equivocas? - Entonces dime que no te irás esta mañana. - replicó ella, con la voz más suave - Dímelo sin mentir. Silencio. El reloj marcó las ocho treinta y cinco. Rowan suspiró. Se acercó y la besó. No con pasión, ni con ternura. Sino con despedida. - No me hagas esto más difícil. - murmuró. - No te lo estoy haciendo difícil, amor. - susurró ella contra sus labios - Solo te recuerdo quién eres cuando no finges. El conde se vistió en silencio. Ella no lo detuvo. Cuando Rowan cerró la puerta tras de sí, el pasillo le pareció más frío. Como si hubiera dejado un pedazo de sí en esa cama, en ese cuerpo, en esa condena. Mientras bajaba las escaleras, sacó del bolsillo interior una carta que había llegado la noche anterior, pero que no había tenido tiempo - ni deseo - de abrir. La caligrafía era de Isabella. La rompió sin detenerse, leyéndola mientras avanzaba entre los pasillos silenciosos del hotel. Sus palabras eran dulces, llenas de esperanza. Le hablaban del jardín en Ashcombe, de una nueva melodía que estaba practicando, del perro que Lady Honoria había traído de Yorkshire para “alegrar la casa durante su ausencia”. “Me haces falta, Rowan. Tu ausencia pesa más cada día. Quiero que sepas que estoy haciendo lo posible para que Ashcombe vuelva a ser nuestro hogar, no solo una casa de familia. Pensar en ti me ayuda a seguir.” Pensar en ti. Rowan cerró la carta lentamente. El eco de la voz de Madelaine aún latía en su mente. “Ella cree en el amor. Tú… tú crees en las sombras.” Y aunque caminaba hacia la luz de la entrada principal, el corazón del conde de Ashcombe no estaba en ninguna de esas cartas. Ni en Ashcombe. Ni en París. Estaba dividido. Perdido. Y ya comenzaba a sangrar.
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