La puerta de la habitación de las chicas se abrió de golpe.
—¡Arriba, holgazanas!
Las luces encendidas de pronto hicieron que Saskia y Sienna se cubrieran los rostros con las cobijas, gimiendo al unísono.
—¡Tiziano! ¡Estás loco! ¡Son las tres de la madrugada!
Pero él ya había tirado de sus pies, arrastrándolas hasta el suelo con un solo movimiento. El chillido fue épico.
—¡Maldito salvaje, hijo de Rambo! —gritó Sienna, frotándose el codo—. ¡Voy a llamar a papá y decirle que el hijo favorito nos golpea mientras dormimos!
—¡Zeus, muérdele las nalgas! ¡Haz algo! ¡Es un animal sin alma! —añadió Saskia, aún medio dormida, mientras Zeus solo bostezaba en la entrada como buen cómplice.
Tiziano soltó una pequeña risa, pero se sentó al borde de la cama con los codos en las rodillas… y entonces el dolor salió a flote.
El que había estado aguantando con garras de hierro hasta ese momento.
El General Fiorenzo, el héroe de guerra, el hombre que nunca se quebraba… se dobló. Su pecho subía y bajaba como si el aire le doliera.
Y las lágrimas brotaron sin permiso. Sin pausa. Sin tregua.
—¿Por qué no me lo dijeron…? —murmuró, su voz completamente rota—. ¿Por qué no me dijeron que Amelie se va a casar?
Saskia, pálida, gateó hasta él y se arrodilló frente a su hermano mayor. Sin decir una palabra, le sostuvo el rostro entre las manos y comenzó a secarle las lágrimas con sus mangas.
Sienna se acercó también, en silencio, sentándose a su lado.
—Tizi… pensábamos que la habías olvidado —susurró Sienna con culpa—. Pasaron tantos años… y nunca hablabas de ella.
Él negó con la cabeza, temblando. Sacó del bolsillo interior de su chaqueta la vieja cartera de cuero que había llevado consigo a tres guerras. La abrió, con los dedos aún mojados por el llanto, y sacó una pequeña foto desgastada.
Era Amelie. De niña. En el porche de casa. Sonriendo con una flor en el cabello.
—Jamás la olvidé —dijo con voz áspera—. Jamás. Esta foto ha estado conmigo en cada batalla. En cada maldito agujero en el desierto. En cada noche que pensaba que no volvería. Más que nadie, ustedes dos saben cuánto la amaba… cuánto la amo todavía.
Las mellizas se miraron, devastadas.
—Eres un idiota por no habérselo dicho antes —murmuró Saskia, apoyando su frente en la de él.
—Y nosotros por callarlo… —agregó Sienna, abrazándolo por la espalda—. Pero aún no se ha casado, Tizi. No todo está perdido.
Tiziano cerró los ojos. No respondió.
Porque en ese momento, solo le importaba una cosa: que cada lágrima derramada, cada herida abierta, cada noche sin sueño, tendría nombre.
Y ese nombre era Amelie.
—No vale la pena —murmuró Tiziano, aún con la mirada clavada en la pequeña foto entre sus dedos—. Ella ha sido clara… Me dijo que se va a casar. Que no vuelva a besarla. Que no vuelva a decirle lo que siento.Y lo dijo con esa voz suya, tranquila, como si no supiera que me acababa de volar el alma.
Saskia se apartó un poco, mordiéndose el labio. Sienna le apretó el brazo en señal de apoyo.
—Tizi… —intentó Saskia con dulzura—. Hay otras mujeres. Mujeres increíbles que darían lo que fuera por una sola noche contigo.
—Por favor, no empieces con eso —rezongó él, hundiendo el rostro entre las manos.
—Solo digo que… —intervino Sienna, tratando de sonar práctica—. Estás joven, tienes 35, el cuerpo de un dios y el misterio de un hombre que ha visto el infierno. No puedes condenarte a vivir solo por una mujer que decidió tomar otro camino.
—Eso no es tan fácil, Sienna. No estamos hablando de una aventura. Estamos hablando de ella.
—¡Lo sabemos! —interrumpió Saskia con firmeza—. Lo sabemos mejor que nadie. ¡Pero también sabemos cuánto tiempo has pasado sufriendo solo por tenerla lejos! ¿Y ahora que está cerca vas a quedarte lamiéndote las heridas mientras ella se casa con otro?
—No es una decisión —replicó Tiziano con amargura—. Es un hecho. No puedo hacer nada sin parecer patético o desesperado. El General Fiorenzo no ruega amor.Y aún así, lo haría por ella —añadió con un nudo en la garganta.
Las hermanas guardaron silencio unos segundos.
Luego Saskia se levantó, le palmeó el hombro con cariño y forzó una sonrisa.
—Basta por esta noche. Lo mejor será que descansemos. Mañana será otro día. Uno sin lágrimas… y con tal vez una pequeña sorpresa.
—¿Qué planeas ahora? —frunció el ceño Tiziano, adivinando algo en el tono de su hermana.
—Nada peligroso, lo juro —rió Sienna—. Solo… digamos que conocemos a algunas chicas que te siguen desde hace años, Tizi. Una cita, una noche de tragos, una salida al viejo lago… No estaría mal que recordaras que hay otras formas de sentir.
—No necesito más mujeres —gruñó él, poniéndose de pie.
—¡No! —exclamó Saskia con una sonrisa maliciosa—, Necesitas dejar de vivir como una lápida con uniforme.
—Hermano, si tu virginidad tuviera valor en la bolsa, ya serías millonario. ¡Ve y follate a alguien antes de que te beatifiquen! —dijo Sienna.
Zeus ladró suavemente desde la puerta como si apoyara el comentario.
Tiziano negó con la cabeza y soltó una pequeña risa.
—Están locas… ambas.
—Sí, pero te amamos, grandulón —respondieron al unísono.
Él se giró para salir de la habitación, pero antes de cerrar la puerta, murmuró:
—Gracias por ayudar a sentirme mejor esta noche.
Y se fue, dejando a sus hermanas tramando algo que seguro implicaría risas, alguna trampa… y tal vez, una chispa de esperanza.
Al día siguiente muy temprano, ambas empezaron con la tarea:
—Tiziano necesita una novia. Y no una cualquiera —dijo Saskia, sentada en la cama con la laptop abierta frente a ella.
—Correcto, necesita una con alma de guerrera, que lo aguante con ese carácter de perro rabioso que tiene —añadió Sienna, revisando perfiles en una aplicación de citas.
—¿Y si no quiere? —preguntó Saskia.
—Lo va a querer cuando vea lo que le estamos consiguiendo. Mira esta, es instructora de krav magá, tiene piernas que podrían partir cocos y dice que le encantan los hombres con cicatrices.
—Perfecta. ¿Y esta otra? Exmarine, divorciada, sin hijos. Y vive a solo tres horas, terapeuta. ¡Está mujer tiene carácter! Podríamos hacer una emboscada romántica.
Sienna rió. —Mi hermano no se preocupó porque pensó que iba a follar con la vecina —dijo con sarcasmo—, pero ella se le adelantó. ¡Qué mala onda de Amelie! ¿Tú crees que en algún momento le dio esperanzas?
—Obvio —respondió Saskia—. Ella jugó con él. Recuerda las miradas, abrazos, risitas tontas. Él no es tonto. La leyó. Y ella lo dejó ardiendo. Pero bueno… si no fue ella, será otra.
En ese momento, Zeus entró en la habitación con su andar tranquilo, y tras él, Tiziano, con el ceño fruncido.
—¿Qué hacen? —preguntó, desconfiado.
—¡Nada! —dijeron las dos al unísono, ocultando el portátil y el móvil.
—Siento el olor a trampa desde el pasillo.
Saskia suspiró. —Mira, hermano… tú necesitas distracción.
—No necesito distracción. Necesito un trago fuerte y un cigarro.
—No. Necesitas una mujer que te ponga a temblar, pero de otra forma.
—Y no nos digas que no te hace falta —añadió Sienna, traviesa—. Estás desesperado por follar, y lo sabes.
Tiziano frunció más el ceño, pero su mandíbula se tensó.
—No estoy desesperado —murmuró, incómodo.
—¡Entonces por qué estabas mirando ayer tarde por la ventana a la viuda del coronel Ramírez como si fuera un oasis en el desierto! —acusó Saskia, divertida.
Tiziano bufó, se pasó una mano por la nuca y se dejó caer en el sofá.
—Estoy… desubicado.
—Pues vamos a reubicarte —dijo Sienna mientras tomaba su teléfono—. Estás oficialmente inscrito en tres aplicaciones de citas. Tinder, Bumble y una para soldados retirados llamada “Corazones Blindados”.
—¿Qué demonios hicieron?
—Tranquilo, no hemos mandado fotos de tus cicatrices, tampoco hemos dicho que tienes balas en el cuerpo —respondió Saskia, guiñando un ojo—. Solo usamos una donde estás con Zeus y otra donde llevas uniforme. Las chicas aman un uniforme.
—Esto es una locura…
—No, hermano —dijo Sienna, dándole un beso en la mejilla—. Locura fue quedarte años suspirando por Amelie como un monje en penitencia.
—Y si hay otra desesperada allá afuera, como tú, pues… ¿qué puede salir mal?
Zeus ladró. Tiziano lo miró.
—¿Tú también estás en contra mía?
Saskia se acercó con una sonrisa enorme.
—Vamos a ayudarte a conseguir una mujer que no se case con otro. Que te saque la locura a besos, y te deje sin aire por otras razones.
Tiziano no respondió. Solo se cubrió el rostro con las manos, mientras sus hermanas planeaban su venganza romántica contra el mundo… y contra Amelie.
—¡Listo! —gritó Sienna, con una sonrisa de pura maldad.
—¿Qué hiciste? —preguntó Saskia, acercándose con el ceño fruncido.
—Puse el perfil como debía estar. Real. Sin filtros. Si quieren conocer a Tiziano, que lo conozcan completo.
—¿Y qué pusiste exactamente? —Saskia entrecerró los ojos, sospechando.
Sienna leyó en voz alta:
—Militar de permiso, 1.89 de puro músculo, piernas gruesas, espalda como una muralla. Nivel de intensidad s****l: salvaje. Muy apasionado. Experiencia en posiciones estratégicas. No apto para mujeres débiles de corazón. m*****o de tamaño intimidante, sólo para valientes.
—¡Sienna! —Saskia explotó— ¡¿Por qué carajos le pusiste eso?!
—¡Es la verdad! Eso es lo que atrae a las ninfomanas ¿No?
—¡Eres terrible hermana! Y no se pone ese tipo de cosas en una app de citas. ¡Le van a llegar puras locas!
—¡Exacto! —rió Sienna—. ¿Y qué mejor remedio para sacarle a Amelie de la cabeza que una loca bien fogosa?
Saskia se cubrió el rostro, conteniendo la risa.
—Nos va a matar.
—No lo sabrá. A menos que revise su teléfono…
En ese momento, se abrió la puerta del pasillo.
Tiziano apareció con una toalla en la cintura, aún húmedo, y la mirada sospechosa.
—¿Qué traman?
—Nada —dijeron las dos al instante, sonriendo demasiado.
Él cruzó los brazos. El músculo de sus bíceps sobresalía con descaro.
—Mentira. Siento la maldad en el aire.
Saskia soltó una carcajada. Sienna intentó cambiar de tema.
—¿Cómo estuvo la ducha?
—Tranquila… hasta que mi celular empezó a sonar como alarma de guerra. “Tienes un match. Otro match. Otro más. Mensaje nuevo. Me gusta. Match. Match.”
Saskia rompió en risa.
—¿Qué hicieron?
Tiziano agarró el teléfono y leyó en voz alta:
—"Me encantaría probar ese tamaño intimidante".
—"¿Sexo salvaje? Te desafío".
—"¿Militar en retiro? Yo también soy intensa".
—"¿Podrías inmovilizarme con tus piernas gruesas?
—"¿Cuándo entrenamos juntos, General?¿Tienes permiso para usar tu arma…?""
Levantó la mirada llena de fuego, terror y muerte.
—¿Quién escribió eso?
Sienna levantó la mano con orgullo.
—Yo, apenas son unos pequeños detallitos. ¿Te gustó?
—¡Estás loca! —Pero luego revisó el perfil y lo entendió—. ¡¿Qué significa m*****o de tamaño intimidante?!
—¡La verdad! No es mi culpa que la genética Fiorenzo haya trabajado bien.
Saskia se estaba atragantando de la risa en una esquina.
Tiziano se pasó una mano por la cara.
—¡Soy un maldito General! ¡Decorado! ¡Héroe de guerra! ¡No un modelo de porno táctico!
—Exageras —dijo Saskia—. Todas esas mujeres están interesadas en ti. Mira esta… psicóloga s****l. Veintiocho años. Dice que puede ayudarte a liberar tus traumas… con masajes intensivos.
—Sáquenme de esa porquería.
—¡No! —gritaron ambas.
—No hasta que tengas al menos una cita —insistió Sienna—. ¿O vas a seguir llorando por Amelie como un adolescente con el corazón roto?
—No estoy llorando —gruñó él.
—Mentira —dijo Saskia—. Anoche lloraste como bebé. Hasta Zeus se fue contigo con cara de compasión.
Tiziano apretó la mandíbula.
—Una cita. Una. Y luego eliminan esa bazofia de perfil.
—Trato hecho, pero deben concretar algo, de lo contrario debes tener otra cita —sonrió Sienna.
—Pero escoge tú, por favor —suplicó Saskia—. Porque si te dejamos otra vez en manos de Sienna, terminarás en cama con una acróbata tailandesa que hace yoga con fuego.
Tiziano volvió al cuarto refunfuñando, mientras su celular no dejaba de sonar. Zeus, fiel, caminaba tras él. Y al fondo, las carcajadas de sus hermanas retumbaban en la casa.
Tiziano se sentó al borde de la cama, mirando la pantalla del celular. Sus ojos se detuvieron en el perfil de una mujer rubia. Sonreía en una cafetería, con un libro entre las manos. Tenía los ojos almendrados, la sonrisa serena y… ese aire. Ese maldito aire parecido a Amelie.
No era Amelie. Pero lo suficiente como para motivarlo a apretar el botón de “Aceptar”.