Tiziano estaba en la sala, recostado en el sillón con los hojeando un libro sin realmente leerlo. Ginebra entró sin hacer ruido. Llevaba el cabello suelto, algo que no solía hacer, y su ropa no tenía ni una sola arruga. Su expresión era distinta: más firme, más contenida. —Tiziano. —dijo con voz neutra. Él alzó la vista y sonrió con ese tono cínico que usaba cuando quería molestarla. —¿Vienes a hacerme terapia o a juzgarme por no ducharme hoy tampoco? —Ya no soy tu terapeuta —soltó sin rodeos. Él frunció el ceño, sorprendido. —¿Perdón? —Lo que oíste. A partir de hoy soy una amiga más. Así que si vas a hablarme con cinismo… prepárate. También puedo ser muy cínica. —Lo miró directo a los ojos—. Aunque, si te lo ganas, también puedo ser muy adorable. Tiziano entrecerró los ojos. Le

