Tiziano llevaba dos días sin dirigirle la palabra. Se cruzaban en los pasillos, en las cenas, en las cubiertas. Y nada. Ni una palabra. Ni una mirada. Ginebra tampoco forzaba el acercamiento. Si él quería seguir con su silencio infantil, bien. Dos podían jugar el mismo juego. Pero la verdad... le dolía. La hería más de lo que quería admitir. Y él, encerrado en su camarote, solo alimentaba su malhumor. Se revolvía en pensamientos inútiles, hirientes, obsesivos. Hasta que una mañana, apenas amaneció, tomó una decisión. —Voy a bajarme en la próxima escala —masculló para sí mientras guardaba la ropa en la maleta—. No tengo por qué quedarme en este maldito crucero. La maleta no cerraba bien. No le importó. Empujó con rabia. Cerró el candado. Se quedó mirando el equipaje un segundo. Lue

