Pasadas unas horas, Ginebra despertó con los ojos tranquilos y el cuerpo relajado. Hacía tiempo que no dormía así. Sin interrupciones, ni sobresaltos. Se sentó en la cama, estiró los brazos con una sonrisa y se sintió, descansada y contenta. El olor a café recién hecho la llevó directo al salón. Y allí, en medio de la alfombra, sentada con una pierna cruzada sobre la otra, estaba Lucía, afinando una guitarra eléctrica color vino. Vestía un pantalón de mezclilla rasgado y una camiseta con la cara de David Bowie. —Voy a salir de nuevo —anunció Ginebra, ajustándose la coleta. Lucía levantó la mirada sin dejar de girar la clavija de la cuerda. —Espera —le dijo—. ¿Vas a seguir saliendo sin contarme nada? Si vas a desaparecer otra vez, al menos siéntate y explícame qué diablos pasa conti

