El silencio que nos envuelve y nos acompaña esta vez no duele, no pesa. Es un silencio que no se siente como una condena, sino como un leve alivio. Me estoy muriendo, compré algo de tiempo con el tratamiento y a pesar de saber que ese tiempo en cualquier momento se me acabará, yo me siento en este instante un poco aliviado. Me siento como si me hubiera quitado una enorme carga de los hombros. Aun me falta hablar con mi madre, darle la cara a mi hermana, enfrentar todo lo que yo mismo ocasioné con mis actos por el miedo a confesar esta verdad. Pero por ahora, me siento flotar en una especia de tranquilidad. No es paz. Es solo un leve respiro, es saber que no decepcioné a mi papá. Y no es que no me interesen las reacciones de dos de las mujeres más importantes de mi vida, pero la de

