POV Sadie McPherson La transición de Cancún a la hacienda se sintió como un despertar lento, una descompresión necesaria después de la intensidad purificadora del Caribe. Los días junto al mar, donde la urgencia de nuestro deseo había lavado capas de miedo, habían dejado una nueva firmeza en mí. La paz de Alastair era mi único punto de referencia, el norte magnético que impedía que mi mente, un lienzo aún lleno de huecos y misterios, se disociara por completo. Aunque el recuerdo de mi tragedia era un abismo sellado—un túnel tapiado que mi inconsciente se negaba a recorrer—, la alegría y la certeza de ese viaje habían cimentado algo inquebrantable entre nosotros. Éramos, finalmente, una entidad funcional. Regresar significaba la culminación de un sueño que había nacido de mi dolor: la ina

