III

4641 Palabras
Marinette Cuando el carruaje se detuvo, una oleada de personas se acercó a nosotros para recibirnos. Mi padre se bajó primero y me tendió la mano para ayudarme a bajar. Dos guardias se acercaron a nosotros y se situaron uno a cada lado para escoltarnos a la entrada del palacio. Papá me extendió el brazo para que me agarrase a él y así entrar juntos a los grandes jardines reales. El barullo de la gente me atolondró levemente, a parte que tenía un nudo en el estómago que no me dejaba respirar bien, no sabía si se debía por la presión del corpiño sobre mi cintura o por la presión de todo lo que se venía encima. Nos paramos en numerosas ocasiones para hablar con personas que no había visto en mi vida pero por su apariencia elegante y refinaba saltaba a la vista que se trataban de integrantes de la élite. Papá los recibía a todos con una gran sonrisa y los saludaba cordialmente a pesar de que muchos de ellos se paraban únicamente para fisgonear y analizar mi apariencia y mi comportamiento. Mantener una expresión amigable delante de todos ellos era una de las cosas más complicadas de mi vida. Se notaba a kilómetros que aquellas personas eran puras apariencias y rebosaban falsedad por todos lados. Así, y tras lograr escapar de una gran barrera de chismosos pudimos poner pie en los jardines donde al parecer era donde se estaba desarrollando la mayor parte de la fiesta. Había dos grandes mesas alargadas que se situaban paralelas en la parte central y los invitados las iban recorriendo probando cada uno de los platos que estas ofrecían. Por otra parte, estaban los más animados, que bailaban junto a una fuente rebosante de agua al ritmo de la música de la banda que se encontraba refugiada en una pequeña cúpula junto a la entrada del castillo. Sin duda, toda una gran celebración. Aquello estaba rebosante de personas que muy pronto estarían expectantes al recibir la gran noticia del rey. Mis ojos se quedaron plasmado en la inmensas del lugar y pronto un sentimiento de pánico se apoderó de mí: toda esa gente iba a estar observando. Iba a quedar completamente expuesta, ante sus críticas y reproches. —Marinette—la voz de mi padre me sacó de mi ensoñación.—Marinette, ¿Hija me estás escuchando? Pestañeé varias veces para aclarar mi mente y lo miré. —Esto... Sí, sí, te escucho. Yo... lo siento estaba un poco abochornada por toda la gente—me escusé. —Tienes las manos heladas—dijo envolviendo mi mano con la suya.—¿Estás bien? —Solo un poco colapsada, pero eso es todo.—aclaré desplazando mi mirada al hombre que teníamos enfrente. —Bien, Marinette este es el Señor Sancoeur, un gran boticario y empresario—explicó papá con un tono de voz suave y amable, nada que ver con el que había utilizado conmigo anteriormente. —Encantada de conocerlo, Señor—hice una pequeña reverencia y me incliné levemente en señal de respeto. —Igualmente—el hombre me devolvió el gesto con una encantadora sonrisa.—Siempre es un placer conocer muchachas tan hermosas como usted. —La pequeña Marinette ya es toda una mujer—papá me estrechó entre uno de sus brazos en un gesto cariñoso que me dejó sorprendida. —Ya lo veo, es igual a su madre—dijo el hombre sin despegar sus ojos de mí. Su mirada era tan intensa que había comenzado a incomodarme, incluso cuando hablaba mi padre, él seguía mirándome a mí. «¿Qué pasa? ¿Me habré pintado mal los labios?» Intenté desviar la mirada de él, clavándola en el suelo mientras que papá no hacía otra cosa que sacar conversión donde no la había. —La mujer más hermosa de toda la fiesta llega y mis hombres ni siquiera me avisan—dijo una voz que me heló la sangre. —Majestad, no se ofenda. Pensábamos recibirlo ahora mismo.—se disculpó Tom cortesmente, le hizo una ligera reverencia y le dio la espada al boticario para dirigirse especialmente a Jouvet. —No se moleste, Tom. Solo estaba aquí de paso, acabamos de llegar de una dura partida de caza y no quiero que la señorita se espante con mi aspecto tan poco adecuado—aseguró Jouvet mirándome con una sonrisa.—Sin embargo no quería entrar al castillo sin antes saludar. Así que si me disculpáis, me retiro para cambiar mis ropajes—me tomó la mano como acostumbraba a hacer y la besó—contaré los minutos para encontrarme nuevamente con usted. Recuerde que un baile es para nosotros. Lo vi alejarse rodeado de tres guardias que lo escoltaban hasta la entrada del castillo. Suspiré aliviada de no tener que lidiar con él tan temprano y me dirigí a mi padre. —Papá—lo llamé para captar su atención, ya que al parecer había vuelto a retomar la conversación con aquel hombre tan mirón.—Voy a dar una vuelta por las mesas, tanta presión me ha dado hambre. Mi padre recorrió la zona de los comedores con la mirada, asegurándose de que todo por allí estaba en orden. —Está bien. Pero no te alejes demasiado—advirtió. Asentí levemente con la cabeza y agarré la falda de mi vestido para caminar con mayor soltura. La verdad era que no tenía ni una pizca de hambre, pero la necesidad de alejarme de ese sitio y gozar de un poco de libertad me estaba matando. Me sentía como una muñeca de exhibición, cada hombre o mujer que se acercaba a hablar con mi padre era para devorarme con los ojos, para sacar la más mínima debilidad que pudiese haber en mí. Recorrí las grandes mesas mirando todo tipo de platos sin duda con una pinta deliciosa que provocaba hambre al más saciado de la fiesta. —¿Le sirvo una copa de vino, señorita?—preguntó un camarero con una bandera repleta de copas llenas de líquido escarlata. —Eh... no, prefiero simplemente una copa de agua—dije tomando una pequeña jarra de agua de la mesa. El hombre me miró un tanto indignado por rechazar su ofrecimiento y me dio la espalda para seguir sirviendo al resto de invitados. Cogí con delicadeza un dado de una fruta que parecía muy sabrosa y me la llevé a la boza sin apenas molestarme en coger un tenedor. —Ese hombre debe venir de otro mundo—escuche decir a una voz chillona que se acercaba por mi derecha. —Tiene que ser extranjero, nunca lo había visto por la ciudad antes—dijo otra de ellas.—¿Creéis que hablará francés? —No tengo ni idea, pero la táctica corporal siempre funciona. Escuchad, pasamos delante de él y fingimos torcernos un tobillo. Me giré levemente para ver a las tres cacatúas que caminaban alrededor de la mesa mientras miraban a un punto exacto enfrente de ellas. Esbocé una mueca de malestar ante la bajeza de su plan. Era vergonzoso que una mujer se arrastrase tanto por un hombre, era inmaduro e infantil. —Pero... ¿no será muy sospechoso que las tres nos caigamos a la vez?—inquirió una llevándose la mano al mentón. —Tienes razón, quizás podría descubrirnos—admitió la otra.—Quizás debamos echarlo a suertes, quien gane será la dama en apuros que se caiga delante de él. Justo al decir estas palabras, se giraron hacia mí percatándose de que las había estado mirando todo este tiempo. —¡Oh! ¿No eres tú Marinette Dupain -Cheng? ¿La hija del banquero más reconocido de la ciudad?—preguntaron las tres a la vez mientras me rodeaban. —Esto... sí...sí soy yo...—dije un tanto anonadada por la repentina reacción que habían tenido al verme. —Estábamos deseando encontrarnos contigo—dijeron emocionadas mientras que con sus ojos iban recorriendo cada parte de mi cuerpo, desde mi vestido hasta los pendientes, zapatos y collares—. ¡Dios mío! Y ese vestido...¡¡Es una maravilla!! ¿Dónde lo has comprado? —Pues... sinceramente no lo sé...—admití sonriendo con falsedad.—Mi padre fue quien lo encargó. —Vaya... bueno, si ha sido Tom Dupain quien lo ha comprado debe de ser un material muy fino...—una de ellas extendió su mano y tanteó la tela de la falda. Hice una mueca de disgusto por las confianzas que se estaban tomando y me aparté con un poco de brusquedad. —Tranquila...—dijo y noté el disgusto en su voz ante el desprecio que le acaba de hacer.—Solo estaba analizando la tela. —Pues yo creo que lo que menos importa de un vestido es el material, no es necesario que la tela sea cara para que quede bien en una mujer—espeté. —Tienes razón, pero... siempre me gusta saber que clase de vestido llevan las mujeres con las que me rodeo, sobre todo para saber como puedo conseguir una igual o mejor—dio media vuelta luciendo su atuendo con orgullo.—Por ejemplo este, conseguí el vestido más hermoso y digno para la ocasión, el terciopelo es el material más costoso en el mercado, sobre todo si viene de occidente. Las miré con un atisbo de insolencia. —¡Uy! ¡pero que descaro el nuestro! Ni siquiera nos hemos presentado—dijo recolocándose los perfecto rulos que le caían por los hombros. —Yo soy Catalina, hija del juez quintana, ella es Gracia mi prima e hija de dueño de la embotelladora de París y por último: Belinda viuda del viejo Boulian, uno de los hombres más poderosos de la ciudad. «Y a mí qué me importa como os llaméis» Pensé. —Encantada de conoceros a las tres, había oído hablar de vuestros padres y esposo, pero jamás había tenido la oportunidad de conocer a sus hijas—dije respetuosamente. —Lo sé querida...—Catalina se acercó a mí y posó una mano sobre mi hombro—Has vivido tanto tiempo encerrada y aislada de la sociedad que es obvio que no hayas tenido la oportunidad de tratar con ninguna de las tres. —Bueno...—tanteé la tela del mantén blanco distraidamente.—Eso es algo que la vida puso en mi camino, pero también me ha hecho salir adelante y superarlo—las miré con una sonrisa triste, deseando que no continuasen tratando ese tema.—Perdón por ser tan escueta es solo que... no me gusta hablar de este tema. —¡Pero querida! ¡Contando las cosas es como la gente se desahoga!—exclamó mirando a sus dos amigas.—Seguro que cuando digas todo lo que tienes ahí dentro te sentirás mucho mejor. —No...—negué varias veces con la cabeza—de verdad que no hará que me sienta mejor. —Querida, puedes confiar en nosotras, somos la viva imagen de la comprensión, sabremos entenderte.—me tomó de la mano y me miró directamente a los ojos. —Mirad... agradezco mucho vuestras intenciones... pero de verdad que prefiero estar sola...—dije zafándome de su agarre. —¡Pero que son esos modales, Marinette!—dijo escandalizada.—Nosotras solo queremos ayudarte, solo queremos comprenderte.—se apartó el cabello de su rostro y me dedicó una pequeña sonrisa.—Nadie sabe por lo que has pasado, querida mía. Pero nosotras te admiramos, creemos que lo que tú viviste allí es una aventura de cuentos de hadas—hizo un gesto de amplitud con los brazos y después volvió a dirigirse a mí.—Dinos una cosa. Las tres se acercaron aún más a mí con sus expresiones hambrientas por recibir información. —¿Cómo es ese hombre en la cama?—preguntó Catalina y me percaté de que se frotaba las manos ansiosa.—Chat Noir será un bandido, pero nadie puede negar que es tremendamente atractivo. —Sí... Las tres lo creemos.—admitió Belinda mientras se mordía el labio inferior.—Una noche con un hombre tan agresivo debe de ser toda una fantasía... «Por Dios, estas tres están locas» —Si pensáis que Chat Noir me tocó, estáis muy equivocadas—aseguré fulminándolas con la mirada. Me aparté de ellas intentando abrirme paso entre su prisión humana, sin embargo Catalina volvió a agarrarme del brazo para retenerme. —Marinette no sientas vergüenza y no te molestes en mentirnos, nosotras sabemos la verdad al igual que todo el mundo aquí. La única diferencia es que nosotras no lo vemos mal, sino... más como un deseo con el que toda mujer sueña—aseguró.—Todos los hombres de la élite son tan aburridos... Pero... con un criminal como él debe de ser todo tan diferente.—se relió un fino tirabuzón en el dedo. Negué con la cabeza mientras las fulminaba con la mirada una por una. Definitivamente la élite daba asco. —Mirad no tengo por qué deciros nada y no merece la pena gastar mi tiempo en alguien como vosotras—dije una vez había visto mi paciencia quebrar. —¡Tranquila, querida! ¿Es qué acaso te has puesto celosa de que hablemos de tu hombre?—inquirió Catalina con una sonrisa pícara.—No lo estés, cariño, porque para alguien como él, una mujer...no debe suponer nada... Solo debió ser un juego que lo entretuvo por unos días. Sentí como la cólera comenzaba a subir por todo mi cuerpo. Esas tres estaba sacando de mí lo peor y temía no poder controlarme si seguía abriendo la boca. ¿Cómo podían tener tan poca sangre? ¿Cómo eran capaces de tratar un tema así con tan poca delicadeza? ¿Cómo se atrevían a hablar así de Adrien si ni siquiera lo conocen. Catalina soltó un suspiro enamoradizo. —A mí me encantaría que Chat Noir me raptase y llevase con él—dijo.—Ahora que se ha cansado de ti quizás intente algo nuevo con otra. Esas palabras terminaron de colmar el vaso de mi paciencia. No podía soportarlo más, no podía contenerme. Sin pensármelo dos veces, agarré con mi mano un trozo de pastel que había sobre un fino plato y sin miramiento alguno lo estrellé contra su cara. Las dos amigas soltaron un pequeño gritito y se llevaron ambas manos a la boca mientras miraban sorprendidas a Catalina. Los ojos de esta estaba muy abiertos, al igual que su boca, por su cara caían restos de pastel, crema y galleta que le chorreaban por su "lujoso vestido de terciopelo" Muchos de los allí presentes miraron la escena con asombro, aún sin poder creer lo que acaban de ver. —¡Qué desagradecida eres, Marinette!—me gritó mientras apartaba asqueada los restos de pastel—¡Yo que vine hasta aquí para ofrecerte mi amistad...! —¡Yo no necesito amigas, ni mucho menos si son tan impertinentes como vosotras!—sin decir una palabra más me alejé de ellas a paso decidido, bajo las miradas de todos. Esta gente no tenía ni idea de nada, nadie sabía que había ocurrido en Miraculous y por ello no tenían derecho a inventar calumnias. Estaba furiosa, y lo único que quería era salir de allí y encerrarme en mi cuarto, aislada de todo y de todos. Ese no era mi lugar, ese no era el sitio donde debía pasar el resto de mi vida. —¡¡Mi madre tenía razón!!—la escuché gritar a mis espaldas—¡¡Tú eres una malcriada!! ¡¡Una pesada que no se merece como marido a un hombre como su majestad, el rey Don Jouvet!! Cerré los ojos con fuerza, evitando así que mis ojos se cristalizaran o más bien con la esperanza de que si me sumergía en la oscuridad su horrible voz desapareciese de una vez por todas junto con los comentarios del resto de invitados. Quería irme de allí, quería volver a casa... De repente, mi cuerpo chocó con el de otra persona cuyo torso estaba tan duro que me hizo revotar levemente. La copa de agua que tenía entre mis manos se tabaleó levemente y tuve que sujetarla con fuerza para que no se vertiese sobre mi vestido. «Genial ¿Y ahora quien demonios se ha chocado conmigo? —¡Oye, mira por donde...!—mis palabras se detuvieron cuando levanté la mirada. Mis ojos se abrieron como platos y la copa que tenía entre mis manos se escurrió de mis dedos y cayó al suelo haciéndose añicos. Mis piernas comenzaron a flaquear y mi corazón dejó de latir durante unas décimas de segundo. Esos ojos... Esas esmeraldas brillantes estaban ahí delante de mí, observándome fijamente. Todo mi cuerpo se quedó paralizado ante tal imagen, ni siquiera era capaz de parpadear, era como si mi consciencia se hubiese escapado de mi cerebro y me retuviera en ese lugar. No, no, no. Aquello era imposible, tenía que ser una alucinación. Él no podía estar allí, era una completa locura. Estaba soñando, debía estar haciéndolo. Aquello era una pesadilla de la que muy pronto despertaría. —Discúlpeme señorita—su voz me produjo un escalofrío que heló cada parte de mi cuerpo.—¿Está bien? Tanto tiempo sin verlo... tanto tiempo sin tener noticias de él y allí estaba, parado delante de mí, con esa forma de mirar que hipnotizaba a cualquiera y esa expresión tan varonil de su rostro. —Marinette—la voz de mi padre me sacó por completo de mi ensoñación. Sin embargo, mis ojos aún seguían fijos en él. No podía. dejar de mirar al hombre del que irremediablemente me había enamorado. Sentí como mi padre me agarraba del brazo bruscamente y me atraía hacia él, alejándome de Adrien y por tanto rompiendo la conexión de nuestras miradas. —Vámonos—papá miró con cierto atisbo de desconfianza a Adrien y me arrastró de allí a paso ligero.—¿Qué se supones que estás haciendo?—preguntó una vez nos había alejado lo suficiente de todos.—¿Te das cuenta del alboroto que has formado? ¿Cómo se te ocurre tirarle ese pastel a la hija de juez? Todas aquellas preguntas no eran más que una voz de fondo que se escuchaba difusa. Mi atención estaba enfocada en él. Adrien estaba allí. No tenía ni idea de qué estaba haciendo, pero iba vestido como todo un hombre del clase alta y se pavoneaba por la fiesta como si aquel siempre hubiese sido su lugar. —¡Marinette! ¿Me estás prestando atención?—insistió con un tono de voz que reflejaba advertencia. —S-Sí...—titubeé sin saber muy bien que responder.—Y-Yo...lo siento mucho, no volverá a ocurrir. —Si no fuera porque el rey aún no ha hecho la anunciación, te llevaría a casa—advirtió.—Después del numerito que has montado, ¿cómo piensas mirarlos a la cara? —No soy yo la que debo avergonzarme, papá—aseguré con decisión.—Es mujer se estaba metiendo donde no la llamaban. Yo solo le he dejado las cosas claras. —Como sea, una señorita de tu clase no debe nunca dejar de lado las composturas—gruñó.—Te has comparado como una mujerzuela de la peor calaña. —Si hacerme valer mis derechos, significa ser una mujer de baja clase entonces no entiendo que hago en esta fiesta—aseguré sosteniendo su mirada. —Escúchame bien, Marinette. No me hagas enfadar en un lugar como este, porque sino te aseguro que todos estos idiotas hablarán de algo más que lo sucedido con ese dichoso pastel—me amenazó, cogiéndome nuevamente del brazo.—Ahora, voy a llevarte con el rey, la gente necesita una nueva imagen que borre la estupidez que acabas de hacer. Caminamos a paso ligero hacia la mesa principal, allá donde Jouvet estaba con una copa de vino en mano, rodeado de personajes sin duda respetables. Al parecer, ya se había cambiado de ropa y los bordados de oro puro me provocaban ceguera. Todos los allí presentes no paraban de reír a carcajada suelta, con frases que no tenían ningún sentido o tonterías que no conseguía pillar. —¡Tom! ¡Ven aquí, amigo mío y tómate con nosotros una copa de vino!—exclamó Jouvet con una ensanchada sonrisa.—Te ofrecería otra a ti también Marinette, pero no está bien visto que una mujer tome alcohol. Papá no rechazó el ofrecimiento y enseguida cogió una copa mientras yo solo tenía ganas de arrancarle la cabeza a ese estúpido en leotardos. —¡Brindemos!—Jouvet levantó su copa.—¡Por la reina más hermosa que ha tenido París en la historia!—sus ojos se plasmaron en mí y sin esperar siquiera a que las copas chocasen, se bebió todo el contenido de un solo trago. —¡Y por la boda que está por celebrarse!—animó mi padre, haciéndole una señal al sirviente para que acercase nuevamente la botella. —¡Y por Tom Dupain!—Añadió Jouvet.—Por haber traído a este mundo a un ángel tan maravilloso. Los fulminé a ambos con la mirada y negué con la cabeza sin poder creer lo que estaba viendo. Aquel comportamiento dejaba mucho que desear, especialmente tratándose de un rey. Preferí ignorar aquella escena tan lamentable e inconscientemente busqué a Adrien con la mirada. «¿Dónde está?» Aún no podía creer que él estuviese allí, en un lugar rodeado de personas distinguidas, rodeado de las personas a las que tanto odiaba. ¿Qué demonios significaba todo aquello? La duda comenzó a carcomerme por dentro y las ganas de salir a buscarlo me estaban devorando viva. Lo vi al fondo de los jardines hablando con un grupo de mujeres que lo rodeaban y lo recorrían con la mirada sin el menor respeto. Alcancé a ver a las tres brujas a las que acaba de enfrentarme junto a él, soltando risitas tontas y fingiendo tener problemas para captar su atención. Sin duda Adrien llamaba la atención. Y como no hacerlo... él era terriblemente atractivo, y eso no pasaba desapercibido para el sector femenino. Si supieran que tenían delante al mismísimo Chat Noir, se pensarían dos veces estar pavoneándose delante suya. De repente, alguien me cogió de la cintura y me obligo a girarme bruscamente. —Hola, preciosa—el aliente a alcohol de Jouvet me nubló la vista y me aparté de él con recelo.—No te apartes así de mí... Solo soy yo... Le sonreí con falsedad y con disimulo aparté sus manos de mi cintura. —Sí... lo se...—tartamudeé, sin saber muy bien que decir en una situación como esa. Jouvet volvió a alargar sus brazos para volver a atraparte y atraerme hacia él. —Deja de estar tan distante conmigo, cariño.—llevó un mechón de mi cabello detrás de mi oreja y recorrió mi rostro con la mirada.—Muy pronto vamos a ser marido y mujer. Tenemos que empezar a mostrarnos públicamente. —Esto... sí—dije procurando volver a liberarme, sin embargo en esta ocasión su agarre fue más fuerte—Pero todavía no estamos casados—miré a mi padre, que al parecer era completamente ajeno a lo que ocurría detrás de él.—¿Acaso no estabas haciendo un brindis con mi padre? —Está muy ocupado hablando con los señores—sentí su frío aliento sobre mi cuello. Jouvet se acercó hacia mí hasta tal punto que enterró su rostro en mi cuello.—Tenemos todo el tiempo del mundo para nosotros solos, así que... ¿Por qué no vamos adentro tú y yo para conocernos mejor? En ese momento, sentí sus labios posarse sobre mi cuello. Una terrible sensación se adueñó de mí, era como si estuviese absorbiendo mi piel mientras que con sus lengua recorría cada parte de mi cuello, bajando poco a poco por uno de mis hombros descubiertos por mi vestido. —¡Apártate de mí!—lo empujé con brusquedad y me llevé una mano a la zona dolorida.—¡Tú y yo no estamos casados! ¡Y mientras que eso no ocurra, no te permito que me pongas una mano encima! —¡Y qué más da llevar o no un anillo en el dedo!—espetó Jouvet señalándome con su mano.—Tú padre te ha vendido, y tú me perteneces, lo quieras o no aceptar, Marinette. Tus desprecios ya no te sirven, ahora ni un abanico va a impedir acercarme a ti. —Creo que ha tomado unas copas de más, alteza.—le hice una leve reverencia repleta de ironía.—Necesita aclarar sus ideas, y cuando eso ocurra podré tener una conversación completamente civilizada con usted. Mientras, tanto creo que daré un paseo por los alrededores del palacio. —¡Un momento!—me agarró del brazo con brusquedad—Tú no te mueves de aquí, no he terminado contigo. —Pues yo sí—me solté con fuerza y lo fulminé con la mirada.—No quiero montar una escena delante de todo el mundo y creo que usted tampoco. Le di la espalda y salí de allí a paso ligero, evitando que volviese a atraparme. Caminé nuevamente hacia los jardines, buscando con la mirada a Adrien. Lo divisé en el mismo lugar donde lo había visto por última vez y al parecer su compañía femenina había aumentado. Mi humor estaba por los suelos y la cólera me carcomía poco a poco. Agarré la falda de mi vestido y caminé hacia ellos con decisión. Cuando pasé por su lado, mi mirada volvió a conectar con la de él, sin embargo no me detuve, sino que seguí caminando hacia el frente para perderle de vista a él y a todo el mundo allí presente. Odiaba mi vida. Odiaba todo lo que me rodeaba. Encontrarme a Adrien y la proposición de Jouvet en un mismo día había sido demasiado y no estaba segura de poder soportarlo. Me detuve enfrente de la fuente de palacio, allá donde no había ningún invitado, allá donde por fin podría disfrutar de un poco de paz y tranquilidad. Suspiré pesarosamente y cerré los ojos con fuerza. La situación se me estaba saliendo de las manos. Mi vida se iba a pique y no podía hacer nada para remediarlo. Solté un pequeño gritito de indignación y enterré mi rostro entre mis manos para ahogar mi pena en las lágrimas que por más que intentaba no podía retener. Jouvet tenía razón. Era cuestión de tiempo que yo me convirtiese en su mujer y entonces no había poder en este mundo que lo impidiera hacerme suya. Solo de pensar en le tacto de sus labios sobre mi cuello me produjo una tremenda angustia, no quería ni imaginar como me sentiría cuando hiciese lo mismo con el resto de mi cuerpo. El sonido del agua caer por la fuente se entremezcló con el sonido de unos pasos caminar a mis espaldas. Un escalofrío recorrió mi espalda y sentí como mi cuerpo se tensaba al instante. No veía a nadie, sin embargo, no necesitaba verlo para saber de quien se trataba. Su presencia ya lo caracterizaba y no era ningún misterio adivinar que Adrien estaba detrás de mí. Me puse en pié al instante y me abracé a mí misma, dándole la espalda. Mi cuerpo temblaba impetuosamente y mi corazón amenazaba con salir de mi pecho. —¿Qué estás haciendo aquí?—pregunté, sin girarme para mirarlo. No quería hacerlo, no quería volver a caer en esa trampa esmeralda. Temía no poder controlarme.
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