Cada acometida vuelve a elevarme. Me aferro a sus caderas con fuerza. Me monta con habilidad, imponiendo el ritmo. Haciendo que de nuevo sienta el orgasmo. Esta vez Nicci no se detiene y el clímax uniéndose al suyo, a su coño apretado y palpitante y a su propio placer, me estremece de la cabeza a los pies. —Eres jodidamente increíble —digo entre dientes, acabando en ella, en sus movimientos lentos y circulares, en su contoneo felino sobre mi regazo. La cremosidad de mi eyaculación chorrea por sus muslos, mientras su delirante cuerpo continúa disfrutando las oleadas finales de nuestro orgasmo. —¿Te gustó mi amor? —no para de serpentar en mis piernas. De moverse con sensualidad y lentitud. —Eso no se pregunta —tomo su mentón en mis manos y la beso con fiereza—. Usted a mí me en

