—Mamá. —¡Mamá qué! —se exaspera de repente. Sienta a Ismaíl en la cama, se pone de pie y me avanza. —Que ya basta. Es lo único que me sale decir. No me victimizo pero siento que me comporto como tal y eso me pega como una patada. Yo tomé esta decisión, se supone que no debería de estar así, inmersa dentro de una agobiante tristeza que no me deja siquiera respirar con normalidad. —¿Basta? —agarra mis manos, apretándolas fuerte—. No eres una niña, Geovanna, déjate de pavadas. Te creo bien capaz de dar marcha atrás si algo no te genera seguridad. —Entonces no me conoces ni un poquito —zafo de ella, y del respaldo del pequeño diván gris que decora el rincón agarro mi abrigo. —Geovanna, tu orgullo está envenenándote. Con fiereza la enfrento. —Es más que orgullo —espeto—. It'

