El muchacho dejó que la última ceniza del cigarro cayera al suelo. Luego se acomodó el abrigo de tal manera que nadie pudiera ver lo que traía consigo debajo de su ropaje.
Se limpió la nariz con la manga del abrigo de piel y maldijo en voz baja por el repentino calor del verano. Odiaba los cambios de temperatura, se enfermaba demasiado rápido y la alergia al polen hacía de su vida una miseria. Por eso no tardó en entrar al bar en donde los humanos desayunaban en la mañana de un día lunes.
Lo atendió una mujer vestida de n***o, con un delantal blanco. Le preguntó si quería una mesa, pero él ya sabía que no era necesario. Siguió de largo dejando a la mujer hablando sola. No le importó. No se inmutó en lo más mínimo. Siguió camino hasta el segundo piso y, al fondo de todo, entre dos mesas vacías y delante de un gran ventanal, lo encontró.
El chico no debía pasar de los veinte años humanos. Aunque, claro está, su aura oscura y malévola decía lo contrario. Debe tener unos años más que él, por lo menos cien o doscientos años. Él traía puesto una musculosa negra que dejaba a la vista los grandes y danzarines tatuajes en su piel. El cabello lo mantenía largo por delante, corto al llegar a la nuca. Había dos aros colgando de sus orejas. Y al levantar la vista directo hacia su cita, unos ojos verdes relucientes lo miraron con atención.
—Llegas tarde.
El sujeto corre la silla hacia atrás y toma asiento frente a su compañero.
—Tuve unos inconvenientes. Eso es todo.
El ojiverde toma la taza de café con una mano y se la lleva a los labios. Mira al otro dudando, de arriba abajo, buscando tal vez una señal de rendición, de rebeldía...no quiere que se rebele, no aquí en frente de tantos humanos.
—¿La trajiste contigo?
—Sí—responde luego y da dos palmadas en su pecho, donde el objeto se encuentra—No es bueno sacarla aquí. Tendrás que abrirla cuando….
—Mi hermano murió—interrumpe el chico—Hace un año. Creo que los tuyos lo saben.
—Lo tenemos presente.
—Bien. Porque el Infierno está cada vez peor. No sé quién abrió las Puertas, no me quiero enterar tampoco….pero necesito colaboración para cerrarla, para restaurar la paz.
—No creo que nosotros podamos ayudar, Scott.
Scott deja caer el puño contra la mesa. Sabe que pedir ayuda a los Angelicales es un peligro. Porque los ángeles son mejores a la hora de engañar.
Apoya los antebrazos encima de la mesa y se inclina hacia el ángel. Como todos ellos, sus ojos son azules, su cabello rubio platino, casi blanco. La piel parece reluciente.
—Por favor, Arsya.
—Sabes que no puedo ayudarte más de lo necesario.No intentes tentarme con tus jueguitos demoníacos.
—No te estoy tentando. Te estoy pidiendo ayuda.
—¿Por qué no se lo pides a Gabriel? O a Michael.
Scott se deja caer de nuevo contra la silla. Desvía la mirada, frunce el rostro. Arsya sabe que está enojado, que ahora que él es el que rige el Infierno, no puede hacer mucho en la tierra de los humanos.
—Gabriel está concentrado en su ejército y si se entera de que...Michael...me mataría sin dudar. No por nada lo llaman el Asesino de Demonios—ante el silencio del ángel frente suyo, prosigue:—Tú y yo tenemos algo en común, alado.
—Los ángeles y demonios no tienen nada en común, hijo del diablo.
—Cuando abres las puertas del Infierno, todos los demonios salen a matar. A asesinar a los humanos, a todo aquello que camina. Ya sea de sus pares, mortales o como tú. No tienen piedad de nada, Arsya. Pero nosotros sí.
—Tu hermano no tuvo piedad al matar a Príamos. ¿Por qué confiar en alguien como él?
—No soy como Xander.
—¿Qué es lo que te lo asegura?—pregunta Arsya y Scott permanece callado, buscando una respuesta coherente—¿Ves? Ahí lo tienes—El ángel saca el objeto envuelto en una funda negra y con símbolos dorados. Lo deja en la mesa, corriendo el café de Scott a un lado—Es tuya ahora. Haz lo que quieras. No vuelvas a llamarme.
Arsya se levanta y, al hacerlo, el chirrido de la silla llama la atención de los demás. Por eso vuelve a sentarse.
—Sabes que si los demonios encuentran las llaves del Cielo será demasiado tarde para ustedes. Necesitamos colaborar juntos, ángel. Tengo seguidores, podemos averiguar quién está detrás de esto. Ustedes tienen información sobre el mundo entero, tienen un ejército. Gabriel podría darnos una mano con eso, y Michael asesinaría al culpable como lo hizo con mi mi Padre.
—No existe el tú y yo, demonio—responde el ángel—Los demonios y los alados no tenemos nada en común. Nos odiamos mutuamente. Combatimos entre nosotros. Mientras que ustedes se encargan de plasmar el miedo, nosotros nos encargamos de eliminarlos y proteger a la creación de mi Señor.
Un vez más, Arsya se levanta. Sacude el largo abrigo n***o hacia atrás, y al hacerlo, Scott sonríe de medio lado, irritado. Sin embargo, deja que el ángel se aleje. Y cuando está a punto de bajar las escaleras, pronuncia:
—Sabes dónde encontrarme.