Él me explica que posiblemente se trate de un demonio, que estamos en la semana de Exorcismos Públicos. Así que cuando pasamos las compuertas y veo una gran planicie a la intemperie, bajo el cielo nocturno alumbrado por la luna, me detengo al ver lo que hay enfrente: un círculo de vallas negras separa a la multitud del ring de tierra. Este lugar parece un callejón, como si hubieran puesto cuatro paredes en torno a él. De los balcones la gente, exorcistas en su mayoría, observan el espectáculo blandiendo armas, gritando, tirando tomates podridos al ring. Un grupo de gente que pasa a nuestro lado nos empujan. Tengo que sostenerme de Aaron para no caer. Y él me sujeta y de pronto nos abrimos paso entre el gentío que vocifera como vacas locas. Se escuchan gritos de agonía, llantos que parecen

