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1249 Palabras
Aaron me silba. —¿Vas a subir o qué? Salto los dos metros que me separan de la casa. Caigo de culo contra el césped sintético. Me limpio las manos en la remera negra y busco la linterna. Incluso cuando esto de meterme a casas ajenas es peligroso, la adrenalina recorre mi cuerpo. A Aaron solo le lleva unos segundos saltar la pared. —¿Estás seguro que no hay nadie? —Segurísimo. —¿Y si hay alarmas? Me empuja de la espalda baja y ambos caminamos por el césped. —Confía en mí, ¿quieres? —Bien. La casa está cercada por tablas de madera terminadas en puntas triangulares. Cada paso que doy sobre el suelo me pone más nerviosa. Por eso decido ir por el borde de la piscina. El agua está en calma, y con el reflector apuntando hacia ella, el azul del fondo se ve cristalino y hermoso. Me detengo para ver mi reflejo en ella, tal vez pensando en todo lo que ocurrió hasta ahora. Será mejor así, ¿no crees? Olvidarnos. Ya casi no queda nada de la Blas anterior. Ni siquiera un poco. A veces deseo ser otra persona, no sentir tanto como lo hago, no ser tan colgada o incluso no ser tan sensible a las palabras de la gente. ¿Desde cuándo me importa saber con quién sale Stacy? ¿Por qué esto me duele como si yo no le hubiese dicho que estaba intentando olvidarlo? ¿Por qué no puedo superar a Scott? El reflejo ondeante de Aaron aparece a mi lado. Es más alto que yo. Sus ojos se encuentran con los míos en el agua, hay algo similar en ambos. Como si nuestras almas estuvieran guardando los recuerdos de una vida pasada aterradora, fuerte...deplorable. Aaron gira la cabeza hacia mí. Sé perfectamente que es capaz de leerme, de saber qué siento, de poder explicarle a todo el mundo que mi alma se ha vuelto tan oscura como las tinieblas de un demonio, tan seca como el desierto en áfrica, tan fría como la antártida. Tan...corrompida como el cuerpo de Catherine Greyson. Sin ganas de ponerme depresiva, sigo mi camino por el borde de la pileta. Aaron me sigue luego. Nos paramos delante de unas puertas corredizas de cristal. Para nuestra sorpresa están abiertas. No hay alarmas, no veo en ningún momento el aparatito con la luz roja colgando de las esquinas del techo. Mientras que Aaron revisa la cocina y abre la heladera en busca de algo para tomar, me quedo estática en medio del gran living con un sillón de cuero en forma de L y un televisor de cuarenta y ocho pulgadas. Los cuadros de las pirámides de egipto decoran las paredes y el perfume a lavanda flota en el aire. Hay una gran escalera a un lado, de madera y barandas blancas, que sube en forma de espiral hacia el primer piso. Aaron vuelve a mi lado. —Bonita, ¿no crees?—pregunta y me toma del brazo para subir—Solo espera a ver el cuarto de la señora Grayson. Subimos sin hacer ruido. Alumbramos con las linternas mientras que la fragancia a lavanda nos impregna por completo. Delante de nosotros una pared detrás de la mesita decorativa con un florero sobre ella. Se abren dos pasillos a cada lado, pintura bordó sobre el yeso. Aaron toma el de la derecha y yo también. Nos internamos en una habitación, la primera de todas. La ventana está cerrada, por eso Aaron se atreve a prender la luz. Es un cuarto demasiado grande, con una cama de dos plazas cuadrada con edredón n***o y llena de almohadones. El cabezal es de madera, con patas terminadas en garras de león. Sillones esparcidos en un mini espacio de relajación, con televisor y mesita de noche. Una araña cuelga del techo con cristales. Un gran mueble en donde están ordenados los libros de psicología y filosofía. Luego, un pequeño pasillo que da a un gran vestuario. Vestidos de colores para verano y entre casa, trajes negros y beings, zapatos de hombres y tacones de mujer. Cajones con ropa interior, relojes, corbatas… —Quiero uno para mi pieza—se me escapa de la boca. Aaron sonríe de espalda a las perchas. Hace una mueca pensativa y sonríe. —Tengo el perfecto para usted, madame. Largo una carcajada y me dejo llevar. Me siento en el puff a un lado de los cajones y espero. —¿Qué me recomienda caballero? Busca entre las perchas con vestidos de colores. —Primero tendré que tomar sus medidas para llegar a una conclusión, pero…—se detiene y me mira de reojo de arriba abajo—No creo que los colores llamativos sean un buen atuendo para usted…. Cambia de sección por los vestidos oscuros. Abre un espacio entre prenda y prenda y saca las perchas que más le gustaron. Entonces las guarda negando con la cabeza y prosigue. —Oh, lo tengo, madame. Me levanto. —¡Me honra con su conocimiento, señor! Él se ríe sin aguantar las carcajadas. —¿Por qué esto me parece ridículo? —Tú solo continúa…—reprocho alegre. —De acuerdo…—me toma de los hombros y me ubica delante del espejo de cuerpo completo. Me tiende el vestido n***o por delante y me fascina con solo una mirada la prenda—¿Qué le parece? El vestido es simple, sin volados ni encajes. Liso y n***o, con un escote en v que llega hasta el ombligo. Se entuba en las caderas y es corto hasta por la mitad de los muslos. De pronto me la imagino a Audrey en este vestido, a ella que todo le va estupendo. —Anda—susurra Aaron en mi oído—Pruébatelo. Me volteo para verlo con el vestido en mano. Sus ojos mieles tienen una perversidad que jamás había visto, de esas miradas que lo dicen todo, que nada ocultan. Es tan diferente a Scott en miles de cosas. —Será mejor...seguir. —¿Por qué no quieres probarlo? —No es mío. Se acerca más a mí con una pizca de diversión. Yo retrocedo hasta que mi espalda choca contra el vidrio, sin embargo, su cercanía no me incomoda para nada. —Fuí a tu casa a escondidas, ¿cierto?—susurra—Y saliste de la tuya sin permiso, incluso sabiendo que tu madre no pasará la noche contigo…—quiero refutar a eso, seguir mintiéndole, pero es en vano, porque sigue. Apoya un brazo contra el vidrio a un lado y se inclina hacia mí—Estamos jugando a los detectives para investigar el homicidio de una chica. Nos metemos en su casa por la madrugada y tú...después de todo lo que hicimos…¿no quieres probarte un vestido? —No sé si sea lo correcto. —Anda…—y continúa:—Si no te lo pones estaré obligado a hacerlo. —¿Hacer qué? —Besarte. Instantáneamente recuerdo su roce contra mi boca en la noche de la fogata, en medio del lago a oscuras. Me imagino lo que hubiese pasado si Scott no se involucraba. ¿Le hubiese seguido el beso? Trago saliva nerviosa. Él levanta una ceja curioso y vuelve a inclinarse hasta que nuestras narices se tocan. Puedo sentir su aliento contra mi piel, a cerveza y a menta. Cierro los ojos y los aprieto demasiado que me duelen. Sin embargo, Aaron se aparta.
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