El sonido de las guitarras, los violines y los bombos teñian el aire, mezclándose con la bulliciosa gente que entraba al camping municipal donde se llevaba a cabo la peña. —¡Decime que tenés un facón para que me prestes, Roque! Decimelo porque no sé dónde conchas quedó el mío — insistía Esteban con desesperación apenas se hubo bajado del auto y encontrado con uno de los tantos primos que tenía — ¡Y mirá que lo busqué, eh! Al verlo, Roque, un hombre que pasaba ya los cincuenta y dos años, lo miró con fastidio y desconfianza. Desde que lo había conocido, a la edad de treinta y cinco años, cuando Esteban solo tenía diez años, supo perfectamente que ese pequeño y raro primito sería un dolor de cabeza para él. Bastaba con recordarlo más preocupado en uno de esos aburridos libros que siempre

