Veía en Julieta una pequeña cachorrita abandonada que gritaba por ayuda, y él la había encontrado. Ahora no podía solo cerrar los ojos e ignorarla, no, porque esa pequeña, además de dócil, era sumamente placentera para él. —Gracias, Señor Bradley —musitó Julieta. Sus pupilas se dilataron al escucharla, señal de que la pobre cachorrita había despertado instantáneamente su pene. —¡Vuelve a decirlo! —gruñó mientras la miraba con sus ojos brillantes, los cuales no podía ocultar. Todo en él emanaba lujuria, un deseo que claramente no podía, ni quería, frenar. Era tan abismal que dejaría todo de lado para tenerla, a ella, solo a ella. Julieta lo miró fijo, dudando por qué la observaba tan penetrante cuando no había dicho nada fuera de lo común. Sin embargo, en los ojos del azabache se ve

