La música retumbaba con fuerza en las paredes oscuras del club. Luces de neón parpadeaban sobre cuerpos que se movían sin rumbo, sumidos en el éxtasis del alcohol y las promesas de una noche sin reglas. Taddeo Landeros se apoyó en la barra con una sonrisa ladeada y el cuello de su camisa desabrochado. Tenía los ojos brillosos, el aliento cargado de vodka y una seguridad en la voz que solo los hijos de poderosos podían permitirse. —Otro —le ordenó al barman, levantando su copa vacía. Fue entonces cuando la vio. Una mujer de curvas perfectas, mirada intensa y vestido corto que se ajustaba como una segunda piel. Se le acercó con paso felino y una sonrisa encantadora. —¿Solo esta noche, heredero? —preguntó con voz seductora. —Nunca estoy solo, preciosa —respondió él, riendo como un adole

