Las luces del despacho estaban apagadas, salvo por la pantalla que parpadeaba al fondo. La imagen congelada del rostro de Esmeralda proyectado en alta definición sobre la pared era como un puñal clavado en el centro del pecho. Él caminaba de un lado a otro, el abrigo aún puesto, el rostro desencajado por una ira silenciosa. Golpeó la mesa con el puño cerrado. Luego empujó una bandeja de cristal, que se estrelló contra el suelo con un estruendo seco. —Maldit@ sea… —escupió entre dientes, sin importarle que lo oyeran. Uno de sus hombres entró con cautela, el teléfono en la mano. —Las redes no paran. El video de Altamirano cruzó las fronteras. Ya hay pronunciamientos desde la Fundación Zoe Wells, desde la prensa extranjera. Incluso organismos de derechos humanos exigen respuestas. Nos est

