Los días pasaban con una rutina que, aunque exigente, dejaba entrever la felicidad y estabilidad en el hogar de Natalia y Jonathan. Ambos habían logrado construir un matrimonio sólido, basado en el respeto mutuo y en la compaginación de sus respectivas carreras. Natalia, con su determinación y creatividad, lideraba su empresa de diseño gráfico, mientras Jonathan, un estratega nato, dirigía una firma de consultoría financiera que había ganado reconocimiento en el mercado. Juntos eran un equipo, no solo en sus vidas personales, sino también como socios en algunos proyectos que unían sus talentos. En casa, las tardes se teñían de risas y conversaciones cálidas. Laura, la madre de Natalia, disfrutaba al máximo cada momento en el que veía a su hija mayor cumplir las promesas hechas a su padre

