Sentirse muerto en vida fue en aquel momento un sufrimiento bien merecido, aborrecía el alcohol, odiaba recorrer a él cuando no me sentía capaz de llevar los asuntos por mi propia cuenta, era tan sencillo solucionar la situación que se volvía difícil, un juego de nunca acabar. La resaca moral me tenía sumergido en aquel sillón, oír los autos de la ciudad, el ruido, Dios, odiaba eso. —Buenos días, señor, tengo su desayuno preparado, le ha llegado su dieta esta mañana por correo, pensé que… Debía empezar hoy mismo— una voz desconocida me alertó, mi cuerpo se encontraba semidesnudo, con rapidez miré a esa mujer a un costado, lentes cuadrados, cabellos chocolates, baja. —Lo siento, ¿Tú eres?— pregunté ignorando su información, mi mundo daba vueltas y las náuseas se volvían un problema par

