Tiempo de cambios.

1033 Palabras
NARRA VALENTINA. El sonido del ventilador era lo único que se oía en la habitación. –Empezaremos cuando tú estés lista, hija mía – dijo Camilo desde el otro lado del confesionario. –Perdóneme padre porque he pecado –comencé a decir, no estaba nerviosa ni mucho menos asustada solo ausente. Me quedé con la mirada fija en el suelo por lo que parecían horas, Camilo me esperó pacientemente mientras rezaba en voz baja. Mi mente buscaba pretextos que inventar, mentiras que ocultar, pero no podía pensar una en concreto. Todo estaba en blanco, completamente en blanco y vacío dentro de mi mente. –¿Alguna vez se ha sentido ausente de su propio cuerpo? – pregunte mirando un punto fijo en la madera del confesionario que nos rodeaba. Tenía la sensación de que aquel pequeño espacio me ahogaba, y que pronto me apretaría tanto que las palabras saldrían a la fuerza de mi boca. –¿A qué te refieres?. Podrías ser más específica – respondió Camilo, su voz era firme, pero aun así no perdía la calidez en sus palabras. –Desearía confesarle mis pecados, mis errores y el dolor que me producen. Desearía poder sentir algo lo suficientemente como para expresarlo y tal vez ser libre de eso, pero la realidad padre es que no hay sentimiento alguno dentro de mí. No siento nada, ni amor, ni odio, tampoco dolor y mucha menos alegría –confesé sincerándome ante él. Quizás en otro momento hubiera buscado otra salida, pero hoy simplemente deseaba hablar. –Dígame padre, por favor, enséñeme cómo vuelvo a mi misma –pregunté mi corazón latía con rapidez, me sentía agotada. –Quisiera ser profesional y decirte que aquello se soluciona con un ave maría y unos cuantos padres nuestros, pero Valentina eres como la hija que nunca tuve. Te conozco desde que eras tan pequeña y distraída chocando todo a tu paso –comenzó a hablar con una sonrisa nostálgica. Recordé mis primeros días en el convento y como corría de aquí para allá todo el tiempo, ya que aquí me sentía libre, es irónico que aquel lugar ahora mismo me apresara en cierta forma. Permanecí en silencio mientras él buscaba las palabras. –Si lo que deseas es volver a ser tú misma, lamento decirte que no podrá ser como tú quieres –afirmo mientras yo lo miraba fijamente, confundida. –Esta especie de ausencia en la que estas puede convencerte y repetirte que nada duele, pero la realidad es otra. Estás tan lastimada que el miedo te detiene, te paraliza, pero el dolor, mi niña, el dolor aún lo sientes. No puedes volver a la de antes, porque ella es la razón por la que estás en esta burbuja, ya que Valentina del pasado no es lo suficientemente fuerte y decide detener todo, no se cree lo suficientemente valiente como para afrontar lo que le duele, lo que la molesta. Pero sé y estoy seguro de que luego de esto solo tienes una opción y es cambiar – dijo el padre Camilo. Sus palabras se oían sabias y reales. Llevaba la razón y lo sabía. –¿Cambiar? –pregunté con mi mirada perdida. –Si, hija mía. Tú debes cambiar –afirmó. –¿Dios va a ayudarme? –pregunté con ilusión y su respuesta me sorprendió. –No – contestó él, podía notar la emoción en sus palabras, tal vez él también luchaba por decir aquello. –¿Por qué no? – pregunte sin entender. –Porque esto es algo que solo tú puedes resolver, Dios estará contigo si así lo deseas, pero no puede hacerlo por ti – respondió el padre Camilo. –Yo tampoco puedo hacerlo, padre – confesé con la voz rota y desviando mi mirada hacia el suelo. –Mírame, mírame a los ojos Valentina –dijo elevando la voz, pero aun así no le presté atención. El suelo parecía ser mi lugar. Estaba tan distraída o mejor dicho, tan concentrada en no permitir que aquella conversación me afecte, que no lo oí saliendo de su confesionario y entrando al mío. –Mírame –demandó con voz firme, lleve mis ojos hacia los suyos. –Eres más fuerte de lo que tú crees – dijo arrodillándose para quedar a mi altura, tomó mi mano y comenzó a rezar. Oh María, refugio de los atribulados. Consuelo de los afligidos, Ten compasión de la pena que tanto me aflige, del apuro extremo en que me encuentro. Comenzó a decir en voz alta, cerré mis ojos y por escasos segundos tuve paz, pero no fue en María en que encontré aquello, sino en su recuerdo. Mi novicia, ¿Dónde estás?. Recordé su mirada, recordé su sonrisa mientras rezaba en voz alta, sonreí triste por aquello que alguna vez tuve y que hoy perdí. Camilo llevaba la razón al decir que el hecho de que intentará esconder el dolor no lo disminuía, el dolor no desaparece, solo se incrementaba a gran velocidad y cuando menos me dé cuenta se habrá convertido en una feroz bestia dentro de mí, la cual ya no podré enfrentar y solo me quedará someterme ante ella. Los hilos que anteriormente tiraban de mí para acercarme a ella, ahora mismo yacían sobre el suelo, quizá se habían rendido, por el hecho de que ya no había nada que hacer, ella se había ido, yo la obligue a irse. Nunca he tenido nada, nunca me he sentido dueña de absolutamente nada y ella había cambiado aquello, me pregunto ¿Qué es lo que haré con este sentimiento de haberlo perdido todo?. Camilo terminó de rezar y desvió su mirada hacia mí, sus ojos estaban rojos mientras que los míos permanecían intactos. –¿Uno cambia para bien? –pregunté mientras él dejaba escapar una pequeña sonrisa piadosa. –No siempre, pero si estoy seguro de que todo cambio lo hacemos para sobrevivir. Mira en la naturaleza, en la selva todo es más agresivo, justo como aquí –dijo señalando mi cabeza. –Hay animales que si no cambian, si no evolucionan es la propia naturaleza la que los acabará – terminó de decir poniéndose de pie y sacudiendo su uniforme.
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