Lunes. Un sol implacable, ya alto sobre los tejados de la Academia, prometía una jornada agotadora, pero para Arthur, la rutina era el único ancla. Llegó, como siempre, a las siete y treinta. El silencio monacal de la dirección lo ayudó a organizar sus papeles, sus planes de clase y, sobre todo, a silenciar el eco de sus propios pensamientos. —Buenos días, Arthur. —Buenos días, Lenna. Se reincorporó, apoyándose en el escritorio. —¿Podemos hablar en el almuerzo? — —Sí, claro, Lenna. ¿Qué pasa? ¿No puedes decirlo ahora? Lenna dio un paso al frente: —Quiero que terminemos. —Me lo imaginaba —dijo Arthur, encogiéndose de hombros con una indiferencia forzada—. De acuerdo. Si es lo que quieres, por mí está bien. —¿Solo dirás eso? —¿Qué quieres que haga ¡Mira,Lenna, no me arruines la ma

