Miré el reloj y vi que ya eran las diez y media de la noche. La cena sería en media hora más y yo debí haber estado recibiendo a los invitados desde hace una hora. Pero nadie me apuró, nadie me vino a buscar. Todos sabían que no me importaban en lo más mínimo todas sus fiestas ridículas y parafernálicas sin sentido. Ellos no eran mi familia, no eran absolutamente nada para mí. Y yo no era nada para ellos. Era una indiferencia mutua. Respiré profundo y me miré en el espejo antes de salir, asegurándome que no hubiera rastro alguno de mis lágrimas anteriores en mi rostro. Debía verme bien, serena y tranquila, para poder soportar esta noche y para poder soportar el poco disimulado escrutinio público. Nunca pensé que me vería forzada a celebrar la Navidad. Nunca pensé verme forzada a vivir mu

