—Haz tus maletas —ordenó Zaid, entrando ruidosamente y sin permiso a mi habitación, despertándome de súbito. Enfoqué bien la imagen y lo miré con el ceño fruncido. —¿Disculpa? —pregunté con voz raposa y somnolienta, refregándome los ojos. —Que hagas tus maletas, Clarisse —repitió serio—. Nos vamos a Francia. Tienes una hora. Parpadeé seguido, dejando atrás el sueño de un segundo a otro. —¿Q-qué? —Joder, ¿me harás repetirte todo? —gruñó exasperado—. ¡Que nos vamos a Francia! —¿Para… para siempre? Bufó molesto. —No, Clarisse. Ahora, por favor, levántate. —Está bien —dije suavemente, mirándole fijo, sin moverme ni un poco, haciendo que él alzara una ceja. —¿Estás tomándome el pelo? —refunfuñó. Meneé la cabeza. —Estoy esperando que te vayas —murmuré intimidada. —Me ordenaron que

