—¡Clarisse, espera! —exclamaron justo antes que metiera mi cuerpo dentro de la enorme Hummer negra que me esperaba con el motor encendido para llevarme al aeropuerto personal de los Tagliani. Fruncí levemente el ceño, confundida. —¿Johnny? ¿Qué pasa? El hombre se detuvo de a poco frente a mí después de su trote apurado. —Antes que te vayas, Joel te dejó esto —respondió alargándome un sobre que tardé un par de segundos en recibir. Parpadeé atónita—. Dijo que por favor lo leyeras. Sentí ganas de vomitar, aumentando mi ya insoportable sensación de vértigo. —Gracias —dije débil—. Si lo ves, dile que lo voy a extrañar. Y que lo quiero. Mi vecino sonrió de lado. —Él dijo lo mismo. Asentí con la cabeza, apretando la mandíbula. —Buena suerte, Johnny —le dije, despidiéndome para siempre

