Los días se volvieron rutina para Sara: clases, tareas y momentos compartidos con Diego. Sin embargo, algo nuevo estaba a punto de agitar la calma de su vida escolar. Fue un martes por la mañana cuando Nicolás apareció en escena.
Nicolás era el tipo de chico que llamaba la atención sin esfuerzo. Alto, con cabello n***o y ojos verdes penetrantes, era conocido por su encanto y carisma. Aunque había estado en la escuela todo el tiempo, sus caminos y los de Sara no se habían cruzado realmente hasta aquel día.
Sara estaba en la cafetería, esperando en la fila para comprar su almuerzo, cuando Nicolás se le acercó.
—Hola, tú debes ser Sara, ¿verdad? —dijo con una sonrisa deslumbrante.
Sara se sorprendió al escuchar su nombre.
—Sí, soy yo. —respondió, tratando de no parecer demasiado sorprendida—. ¿Cómo lo sabes?
—La escuela no es tan grande y he oído hablar de la chica nueva que se ha adaptado tan bien. Soy Nicolás, por cierto. —dijo, extendiendo la mano.
Sara la estrechó, todavía un poco aturdida por la repentina atención.
—Mucho gusto, Nicolás.
—El gusto es mío. —dijo él—. ¿Te gustaría unirte a mí y a mis amigos para almorzar? Tenemos un grupo bastante divertido, te prometo que te lo pasarás bien.
Sara dudó por un momento, mirando hacia la mesa donde solía sentarse con Diego y sus amigos. Pero Diego no estaba allí todavía, y la idea de hacer más amigos no sonaba tan mal.
—Claro, ¿por qué no? —dijo finalmente.
Nicolás sonrió y la condujo a una mesa llena de chicos y chicas que la recibieron calurosamente. La conversación fluía fácilmente, y Nicolás se aseguró de que Sara se sintiera incluida. Era divertido y encantador, y Sara no pudo evitar sentirse halagada por su atención.
Durante los días siguientes, Nicolás empezó a buscar a Sara con más frecuencia. La acompañaba entre clases, se ofrecía a ayudarla con sus tareas y siempre encontraba una excusa para pasar tiempo con ella. Aunque disfrutaba de su compañía, Sara no podía evitar sentirse un poco inquieta. Sus sentimientos por Diego seguían ahí, pero Nicolás era difícil de ignorar.
Un viernes después de clases, Nicolás se acercó a Sara mientras guardaba sus libros en su casillero.
—Sara, estaba pensando... ¿Te gustaría ir al cine este fin de semana? —preguntó con una sonrisa cautivadora.
Sara se quedó paralizada. Antes de que pudiera responder, vio a Diego acercarse. Su expresión cambió al ver a Nicolás tan cerca de ella.
—Hey, Sara. —saludó Diego, intentando sonar casual—. ¿Todo bien?
—Sí, todo bien. —respondió Sara, sintiendo la tensión en el aire.
Nicolás, sin perder su sonrisa, miró a Diego.
—Hola, Diego. Solo le estaba preguntando a Sara si quería ir al cine este fin de semana. ¿Te gustaría unirte a nosotros? —dijo, aunque su tono sugería que prefería lo contrario.
Diego forzó una sonrisa.
—Gracias, Nicolás, pero ya tengo planes. —dijo, mirando a Sara—. ¿Nos vemos más tarde, Sara?
Sara asintió, notando el malestar en Diego.
—Claro, Diego. Hablamos luego.
Cuando Diego se alejó, Nicolás volvió su atención a Sara.
—Entonces, ¿qué dices? —insistió.
Sara dudó. No quería herir los sentimientos de Nicolás, pero tampoco quería complicar más las cosas con Diego.
—Gracias por la invitación, Nicolás, pero creo que este fin de semana estaré ocupada. —dijo, tratando de sonar amable.
Nicolás pareció decepcionado por un momento, pero rápidamente recuperó su sonrisa.
—Entiendo. Quizás otra vez. —dijo, dándole un ligero apretón en el hombro antes de alejarse.
Sara se quedó sola en el pasillo, sintiéndose más confundida que nunca. Le agradaba Nicolás, pero sus sentimientos por Diego eran más profundos. Sabía que debía aclarar sus pensamientos y decidir lo que realmente quería. Sin embargo, por ahora, solo deseaba que las cosas volvieran a ser tan simples como antes.
Esa noche, Sara reflexionó sobre la situación. No podía evitar sentir que algo inevitable estaba por suceder, algo que pondría a prueba no solo sus sentimientos, sino también sus amistades.