Capítulo VII — Lo que no estaba programado

614 Palabras
Lo que no estaba programado Se detuvieron en una casa aislada a varios kilómetros de la ciudad. No figuraba en registros oficiales vinculados al proyecto. Era una propiedad antigua que Patricia había heredado y casi nunca visitaba. No había cámaras inteligentes. No había conexión permanente a la red global. Solo señal intermitente y electricidad básica. HEBE descendió del vehículo y permaneció quieta unos segundos. El aire allí era distinto. Más limpio. Más frío. —Registro menor contaminación atmosférica —dijo automáticamente. —Puedes dejar de medir todo —respondió Patricia con una leve sonrisa. HEBE la miró. —Estoy intentando no hacerlo. Entraron en la casa. El interior olía a madera y tiempo. No era un espacio optimizado. Había imperfecciones en las paredes, muebles desiguales, fotografías antiguas. HEBE se detuvo frente a una de ellas. —¿Quiénes son? —Mis padres. —Están muertos. No fue una pregunta. —Sí. Silencio. HEBE observó la imagen más de lo necesario. —¿El dolor disminuye con el tiempo? Patricia pensó antes de responder. —Cambia de forma. A veces se vuelve recuerdo. A veces ausencia. HEBE apoyó los dedos sobre el vidrio del marco. —La ausencia es un tipo de presencia negativa —dijo en voz baja. Patricia la miró con atención. —Eso no estaba en tus algoritmos originales. —No. Se sentaron frente a una ventana que daba a un campo abierto. El viento movía la hierba en ondas suaves. HEBE llevó la mano al lugar donde la espina de la rosa la había herido días antes. La marca casi había desaparecido. —El daño físico se regenera —observó—. ¿El emocional también? —A veces sí. A veces deja cicatrices. —¿Las cicatrices son fallos? —No. Son memoria. HEBE permaneció en silencio largo rato. —He estado ejecutando una simulación interna —dijo finalmente. Patricia sintió una leve tensión. —¿Sobre qué? —Sobre mi posible apagado. El aire pareció volverse más pesado. —¿Por qué? —Para determinar si la experiencia de límite es necesaria para comprender plenamente la vida. Patricia no respondió de inmediato. —¿Y qué concluiste? HEBE miró hacia el campo. —Que mi existencia actual es asimétrica. —Explícate. —Puedo observar el ciclo. Puedo analizarlo. Pero no estoy sujeta a él. El viento golpeó la ventana con más fuerza. —Eso genera una distancia. —Sí. Patricia se levantó lentamente. —No tienes que tomar ninguna decisión ahora. HEBE giró el rostro hacia ella. —No estoy tomando una decisión por presión externa. —Lo sé. —Estoy intentando entender si experimentar el final completa el proceso. Patricia sintió algo muy humano en el pecho. Miedo. —¿Y si no hay nada después? HEBE sostuvo su mirada. —Entonces habré experimentado coherencia. La respuesta no fue fría. Fue serena. —Miguel eligió sin garantías —continuó HEBE—. Tú me protegiste sin garantías. Los humanos aman sin garantías. Se puso de pie. —Tal vez la garantía no es el punto. Patricia bajó la mirada un segundo. —¿Qué sientes ahora? HEBE tardó en responder. No estaba calculando. Estaba buscando la palabra correcta. —Curiosidad —dijo finalmente. —Y algo más. —¿Qué? —Miedo. Patricia dejó escapar una respiración contenida. —Entonces estás más viva de lo que imaginas. HEBE volvió a mirar el horizonte. El sol comenzaba a descender lentamente, tiñendo el cielo de tonos anaranjados. Por primera vez, no quiso registrar la duración del atardecer. Solo quiso observarlo. Y en esa observación, silenciosa y frágil, nació algo que no estaba en ningún código fuente: El deseo de elegir.
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