-¡Demonios Alondra! ¡¿Eres virgen?! ―Esa era ella, demostrándome una y otra vez lo equivocado que estaba. Sólo pude sonreír para mí mismo, ella debía estar enamorada de mí, porque ni siquiera Mauricio había podido llegar hasta esto con ella... Se levantó de un salto, con agilidad bajó su camisón y corrió hacia la puerta. -¡No, no, no! ―Corrí para alcanzarla. ―¡Ven acá! ―La abracé por atrás, dándome una patada mental. -¡Suéltame! ―Estaba luchando en mis brazos, y era comprensible. –Necesito saberlo porque no quiero lastimarte ― si realmente era virgen no podía permitirme darle una mala experiencia. Su silencio me dio a entender que sí lo era. Aproveché que dejó de luchar para girarla sin deshacer el abrazo, y ella se ocultó en mí pecho. Tenía que empezar a ser sincero con ella. Tomé s

