Capítulo ochenta y cuatro

1517 Palabras

Bernadette no pensó. Caminó. Un paso, dos, el tercero ya dentro del territorio del peligro. Tenía la respiración atrapada en la garganta y, aun así, habló primero con la piel: alzó la mano, le sostuvo el rostro entre los dedos enguantados y acercó la boca. Rozó. Probó. Decidió. Lo besó. Lucien respondió como si llevara meses esperándolo sin saberlo. La primera caricia de sus labios fue contenida, casi incrédula; la segunda, una concesión; la tercera, una invasión. Su mano se cerró sobre la cintura de ella y la pegó a su cuerpo, sin dejar un pliegue de tela inútil entre ambos. El florete que en Londres era precisión y control se convirtió en abrazo, en apremio. La sujetó por la nuca, los dedos abiertos bajo el antifaz, y la profundizó sin pedir permiso, tomando el aire que ella le regala

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