Los invitados empezaron a entrar al comedor uno a uno, guiados por el mayordomo. Philippe y Clarisse los esperaban al pie de la mesa, cada uno en su extremo, recibiendo con sonrisas refinadas y palabras elegidas con malicia y gracia. Clarisse alzó su copa vacía antes de tomar asiento y dijo: —Esta noche hemos intentado asignar los asientos no por apellido, sino por vibraciones. Ya sabrán disculparnos si alguna combinación resulta… inflamable. Un murmullo de risa se esparció entre los invitados. Philippe, con aire distraído, añadió: —Y si el vino está tibio, culpen a la decencia. Esta casa prefiere lo que quema. Bernadette entró del brazo de Lucien, pero apenas pisó el umbral, Silas se adelantó y le tomó la mano con firmeza. No la miró; simplemente la reclamó. Lucien le cedió el paso

