Richard

2307 Palabras
Vale, antes de continuar tuvo que detener el auto enfrente de la jefatura de policía. Un niño a punto de entregarle un examen con la nota máxima a su padre debía de sentirse más o menos igual que él, lo cual lo hizo sentirse aún más estúpido. Un arqueólogo revelando su descubrimiento al mundo tras profanar una tumba; un científico mostrando su nueva cura para alguna enfermedad; esos sí que eran motivos para emocionarse de verdad. Reales muestras de grandeza para añadir al currículo. ¿Y qué era lo suyo? Dios sabrá, pero estaba ciertamente emocionado y quizás un poco nervioso. Qué ridículo. Ya debería ser un poco más maduro, ¿no? Las emociones nuevas son aquellas que despiertan el corazón infantil olvidado. Son esas que nos devuelven a la niñez; época en la que incluso lo más banal es trascendental por su novedad. Pero ahora, por primera vez en varios años, hizo algo que jamás creyó que haría, en un sitio que pensó que jamás visitaría y por los motivos que jamás esperaría. Vaya que la vida es insospechada; para bien o para mal. En este caso: para mal.             Soltó el volante y sostuvo en sus manos el sobre amarillo donde tenía guardadas las fotos tomadas en la residencia Savelli. Cerró los ojos un momento e hizo memoria. Esposas, cadenas, fotos quemadas, pistola, sabana ensangrentada. Era como rezarle a una extraña deidad rindiéndole un tributo de objetos sin sentidos conectados unos con otros. Esposas, cadenas, fotos quemadas, pistola, sabana ensangrentada. La lista de compra más rara de la historia. No se puede decir que cualquiera tenga dichos objetos en sus hogares. Pero los Savelli no eran una familia cualquiera; uno de sus hijos se había suicidado, o aún peor, lo habían asesinado; un intrincado secreto yacía detrás de los armarios recelosos del misterio. Una atmosfera llana de normalidad, rota por la inestable presencia de una pistola en el cuarto de un infante, unas sábanas bañadas de sangre bajo la cama de una joven. El significado: ignoto. Ni más ni menos. Pero no por mucho tiempo, o al menos esperaba. Al menos eso quería pensar.             Y él iniciaría todo.             Tal vez las pruebas fundamentales estaban ahí, entre sus manos, resguardadas por un sobre fácil de romper.             ¿Cómo se sentiría el hombre que le puso el primer ladrillo a la muralla china? ¿Sabía lo que estaba por crear? Piedra por piedra se crea la fortaleza, pero del mismo modo se destruye. Un castillo construido ladrillo por ladrillo. ¿Este sería el primer paso para algo más grande? Debía serlo. “Tenía” que serlo; la siguiente pregunta sería una incógnita más interesante: ¿Tendría los suficientes ladrillos para construir el castillo o este se le vendría encima? Sentado donde estaba no lo iba a averiguar.             Pongamos, pues, el primero de todos.             Se apeó del auto tras estacionarlo en la acera y se encaminó subiendo las escaleras hacia la jefatura.             Es curioso como dos sitios tan parecidos pueden tener ocupaciones tan distintas. De haber entrado con los ojos cerrados y sin ningún conocimiento previo, Ryan pudo haber confundido el departamento de policías con cualquier otra oficina normal. Sus paredes blancas, sus escritorios pulcros del mismo color, incluso los hombres viniendo de un lado a otro, varios de ellos sin uniforme. Todo era tan común que chocaba con esa fantasiosa historia que él acababa de iniciar y la cual esperaba terminar pronto con el sobre que llevaba entre manos. En recepción le dijeron dónde estaba el escritorio de Mcfly (una recepción, vaya, quien lo diría) y fue ahí a donde se encaminó, reflexionando sobre lo poco que sabía del mundo donde se había sumergido. Las series policiales superfluan la labor de un modo apasionante, muy alejado de la realidad, pues el papeleo es tan odioso como el crimen en sí. Los criminales no llevan mascaras psicópatas que le den fácil reconocimiento. Son transeúntes en las calles. Son uno más. Son cualquiera.             Ryan caminó notando que lo dicho por Mcfly era verdad: la oficina del fiscal estaba muy ligada con el departamento de policía. Abogados estaban por aquí y por allá revisando algún archivo o entablando conversación con algún oficial. Se les reconocía por ser los únicos de cuello estirado portando corbatas con el gran calor que hacía en el edificio. Era tal la unión entre los distintos poderes, que Ryan pudo ver oficinas cerradas con placas rezando el nombre de algún fiscal. Este podría ser un dato positivo: las dos caras de la ley trabajando en conjunto; no obstante, cuando dos poderes se unen demasiado, empiezan a corromperse mutuamente.              El bullicio era enorme con docenas de teléfonos sonando al mismo tiempo. En las paredes, en letras demasiado pequeñas para leerlas al caminar, estaban escritos párrafos de lo que bien podría ser alguna ley importante. O publicidades, ¿quién sabe? En una ciudad donde el negocio es lo más importante, cualquier cosa es posible.             Más escritorios, más embrollo y Ryan zigzagueó entre todos ellos.             Mcfly lo esperaba sentado en su lugar, leyendo una revista             A Ryan no le sorprendió verlo sin nada que hacer.             Al llegar a su lado, abrió la boca.             ⸻¡NO FUI YO! ¡FUE JIMMY! ⸻Gritó un hombre a sus espaldas.             Al voltearse se topó de frente con un hombre de baja estatura, ojos verdes, con un cabello corto y castaño; siendo arrastrado por dos oficiales hacia una oficina aparte. El hombre pataleaba y gritaba que no fue él, él no la mató. Fue Jimmy. No él.             Samuel lo miraba con desdén.             ⸻Un bastardo. James Noséqué. Asesinó a su novia en una pelea y culpa a un tal Jimmy.             ⸻¿Y quién es Jimmy?             ⸻Él mismo. Sufre trastorno de identidad. Jimmy es su alter ego.             Lo gritos seguían escuchándose a lo lejos. A Ryan se le erizaron los pelos.             ⸻¿Pudiste… ⸻preguntó Samuel en un susurro⸻ entrar ayer?             Ryan miró hacia los lados antes de responder. Nadie les prestaba atención.             ⸻Sí, pero no he traído nada. Al menos no físico. Tomé fotografías.             ⸻¿Algo que los inculpe?             ⸻En realidad, no ⸻tuvo que admitir⸻, pero sí pueden generar sospechas.             Una a una, y con mucho recelo, Ryan le fue pasando las fotos. Le incomodaba estar haciendo eso en el sitio donde estaba, pero habían acordado que Samuel no podía ser visto demasiado tiempo fuera del departamento sin generar dudas sobre su paradero y sus motivos. En cambio, bajo las mismas narices de la ley, Ryan se confundía con el testigo de algún caso o un ciudadano promedio. En el fondo, era ambas cosas. Ciudadano promedio y futuro testigo de un caso. Un asesinato.             Mcfly las miró en silencio mientras Ryan le explicaba con pocas palabras donde las había tomado.             Esposas, cadenas, fotos quemadas, pistola, sabana ensangrentada             Se detuvo en la última.             ⸻¿Por qué tomaste?             Ryan lo miró atónito.             ⸻¿Cómo que por qué?             ⸻¿Tienes algún fetiche?             ⸻¿¡Algún fetiche!? ⸻preguntó aireado, tratando de no subir la voz⸻ Son las fotos de unas sábanas con sangre…             ⸻Y la tomaste en…             ⸻La habitación de Javiera. Ahora, si pudiéramos conseguir esa sabana y hacerle una prueba de sangre…             ⸻La sangre será de Javiera, eso es obvio.             ⸻Entonces…             Se miraron unos segundos.             Mcfly esbozó una sonrisa.             Ryan se exasperó.             ⸻¿De qué coño te ríes?             ⸻Tú mamá no te explicó cómo funciona eso, ¿verdad? ⸻su sardónica sonrisa resplandecía en aquella jefatura⸻. A las mujeres, una vez al mes, durante una semana, les llega una visita molesta.             Ryan lo miró con la boca abierta.             ⸻No estarás insinuando que…             ⸻Pues sí.             ⸻¡Esa es la explicación más estúpida que podría haber!             Un par de agentes se giraron a mirarlo. Desde su punto de vista podría ser cualquier peatón molesto por una multa o infracción, por lo que no le prestaron mucha atención.             ⸻Esa es la explicación más simple y lógica, Ryan ⸻no dejaba de sonreír⸻. Fíjate en la foto, la mancha está justa en la parte baja de la sabana, donde quedaría su entrepierna. Y nótese que dije “entrepierna” para no decir “v****a”. Ya sé que no te gustan esas palabras.             Y Mcfly volvía a hacer de las suyas. Un experto en hacer nacer en otros un deseo incontrolable de golpearlo.             ⸻¿Y por qué lo ocultaría?             ⸻Tal vez planeaba lavarla ella misma. Su madre es exigente; su padre, idiota; y su hermanito, impresionable. Incluso yo lo haría.             ⸻¡Pero también había un condón junto a la sabana! ⸻agregó en un intento desesperado⸻. Algo debe significar.             ⸻Es una chica guapa de diecinueve años.             ⸻La vigilan mucho.             ⸻Como a toda adolescente, pero vamos, que todos conseguimos un modo de colar a alguien por la ventana. Tal vez tiene un novio por ahí escondido, o disfruta del sexo casual. ¿No te parece que tiene cierta cara de ninfómana?             ⸻Mcfly, cállate.             ⸻De hecho, tiene sentido: trajo a su novio a la casa, él la desvirgó y de ahí salió la sangre. Para mantener el secreto, escondió la sabana con condón incluido.             El aire se escapó de sus pulmones durante un momento. Ahí estaba su gran prueba destrozada por una teoría asquerosamente lógica. Posible y ridículamente real. Su pateado orgullo se redujo a un mísero manchón en el suelo (o en una sábana, una estúpida sábana) al haber sido pisado por nada más y nada menos que un Mcfly. Mcfly que le sonreía con sarna como si le estuviera explicando a un niño porque los gatos no son iguales a los perros.             ⸻¿Y las otras pruebas? ⸻dijo intentando reponerse.             ⸻Esas sí me preocupan.             Esposas, cadenas, fotos quemadas, pistola.             Ryan se quedó viendo una vez más la foto del arma. Seguía sin comprenderlo y apenas sabía si quería hacerlo. La explicación sencilla de una mancha de sangre no se aplica a la hora de hallar un arma bajo la almohada de un pequeño. Un arma cargada. Balas que pudieran tener cualquier destino escogido por la mentalidad de un niño. Rick Savelli. Un nombre sinónimo de secreto. ¿Planea usar esa pistola en algún momento? ¿Contra quién? ¿Quién se la dio? Una prueba y tres preguntas. La idea de ver a Rick apuntando y presionando el gatillo era tan fantasiosa como ver un cachorro enfrentándose a un león. Sin embargo, a veces la realidad supera la ficción. Hace semanas la idea de un Hernán Savelli muerto parecía imposible.             ⸻Hay que entrar a esa casa, Samuel; pero esta vez con una orden de cateo. Alguien debe responder algunas preguntas.             ⸻No es tan fácil. Ya te dije sobre los Savelli, sobre su poder, sobre sus contactos. Ir por ellos tan rápido sería como pretender que podemos vencer a un toro embistiendo contra él. Aún es muy pronto.             ⸻Pero pronto es que debemos actuar. Esa pistola...             ⸻Vaya sorpresa, ¿no? Tal vez el pequeño sí sea todo un Savelli.             Guardó la carpeta en un cajón de su escritorio ocultándolo entre otros archivos.             ⸻¿Qué opinas? ⸻le preguntó Samuel.             Esposas, cadenas, fotos quemadas, pistola.             ⸻No lo sé. Las esposas… ¿Medidas de seguridad? No me sorprendería ver a Raquel atacando a alguien creyendo que la amenaza. Eso y con las cadenas, pero… No, no tiene sentido. No se lo veo por ningún lado. Las fotos quemadas… Vi que en la sala eliminaron todas las fotos de Hernán; no sé por qué lo habrán hecho, pero tal vez Rick quiso salvarlas.             ⸻Es posible. ¿Y la pistola?             Y de nuevo regresaban al enigma. La pistola             ⸻No tengo idea.             ⸻Yo tampoco, pero ninguno de los dos hemos sido nunca hombres de ideas. Ahora hay que ir al paso dos.             ⸻¿Cuál?             ⸻Interrogatorios. Los vecinos de Hernán tal vez vieron algo, tal vez escucharon algo. Pero yo no puedo ir a preguntarles             ⸻Así que debo ir yo. ⸻La perspectiva seguía sin agradarle. Pero nada le había agradado desde que volvió a su ciudad natal.             ⸻Que niño tan inteligente eres, sí señor.             Una cosa era entrar a escondidas en una casa, ¿pero un interrogatorio? Sin saber qué preguntar, sin saber qué decir ni mucho menos qué esperar. De nuevo se lanzaría a oscuras por un pasillo con muchas salidas…             ⸻¡Mcfly! ¡Un 939 en proceso!             ⸻¿Qué es eso? ⸻preguntó Ryan mientras veía como Samuel se ponía de pie con un salto y comenzaba a arreglarse.             ⸻La verdad, no tengo idea, pero por algo me estarán llamando.             Y como quien olvida que tiene una cita, Mcfly salió disparado dejando a Ryan solo ante una tarea desagradable. Por algún motivo, esperaba que Mcfly pudiera ayudarle a encontrar respuestas por esos objetos encontrados en la casa de los Savelli, pero a excepción de la sábana ⸻que lo hizo parecer como un idiota⸻ la respuesta estaba tan cerca como el sol de la tierra. Millones de años luz. Sería quimérico creer que con un solo movimiento terminaría todo, pero no cesaba de preguntarse qué tan lejos tendría que llegar. Ahora estaba por interrogar a unos vecinos, ¿pero y luego? El barro que lo rodeaba amenazaba con echársele encima. Tarde o temprano tendría que ensuciarse las manos. Hundir la cara en la suciedad, pues muchas veces la verdad más limpia yace en el fondo de un basurero. Un cráter de mentiras y falsedades. No hay elegancia en la justicia.             Un interruptor de su mente, accionado por sus ojos, se iluminó cuando vio pasar a un hombre delgado y estatura mediana. Cabello n***o y liso. Rasgos feroces y una mandíbula apretada. Sus afilados ojos miraban sin cambiar de dirección hacia la puerta en la que se dirigía. Vestía un traje de apariencia costosa, de color n***o con una corbata carmesí. La barbilla fuerte. Las orejas caídas. El paso firme y decidido. Ryan lo reconoció al instante.             Era Richard.
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