Inspirar. Exhalar. Inspirar. Exhalar.
Y comienza de nuevo.
Inspirar. Exhalar. Inspirar. Exhalar.
Contar hasta diez empezando desde cero.
Uno, dos, tres, cuatro…
¿Finalizó el conteo? Bueno, ahora sí. A ajustar las ideas. Los pensamientos. Las teorías.
Teorías, muchas teorías. Demasiadas para el gusto de una mente ordenada, pero, a su vez, fantasiosa. Demasiadas para quien prefiere lo sencillo antes que lo complejo; la respuesta antes que la pregunta; el camino antes que los desvíos. Para esa clase de persona que no disfruta del paisaje, sino que va por el camino pensando solo en el destino. Aunque, en honor a lo justo, no se puede disfrutar de la vista cuando el cristal es opaco. Cuando a través de la ventana escuchas la tormenta rugiendo sin clemencia, agrietando el cielo con explosiones eléctricas desaforadas. Así no hay quien disfrute del viaje. Así solo piensas en llegar al final. Descansar en la cómoda cama que espera en alguna habitación caliente donde la reconfortante parsimonia basta y sobra como acompañante. La tormenta te impide detenerte para respirar en plena autopista.
Teorías. Teorías.
Inspirar. Exhalar. Inspirar. Exhalar.
Sintió el aire artificial en sus pulmones, pero siguió en el mismo proceso.
Inspirar. Exhalar. Inspirar. Exhalar.
Respira. Respira
Debía ser capaz de detenerse en la tormenta a concentrarse. Mirar el paisaje a través del cristal opaco.
Para cualquiera, su decisión al escoger un lugar para descansar pudo haber sido tomada como superficial, pero el pensamiento que lo llevó a dicha resolución no fue tan premeditado como hubiese querido. Necesitaba un lugar y punto. Se subió al auto, condujo, lo encontró y entró.
¿Tenía los ojos abiertos o cerrados? Cerrados.
¿Estaba de pie o sentado? Sentado.
¿Le había servido de algo? No.
Debía de verse muy extraño ahí donde se encontraba.
Escuchó el murmullo de voces a su alrededor. Escuchó risas que dominaban el ambiente. Conversaciones indescifrables volando como pájaros alrededor del nido. Pasos que se convertían en galopes de caballos y gritos difíciles de distinguir; podían ser de enojo, de emoción, de alegría o de ira. No le pareció que alguna de las voces estuviera dirigida a él, aunque no descartaba la posibilidad de que alguien lo hubiera señalado. Tal vez incluso soltando una risita de burla. Un simple chiste pasajero que nadie recordaría al terminar el día. Él se quedó ahí, sentado, con los ojos cerrados y sus ideas en la cabeza. Más allá de sus parpados notaba la luz solar que entraba por unas ventanas herméticas. Por unos instantes le llegó el olor a comida, pero estaba mezclado con el olor a desinfectante. Alguien estaba limpiado el piso cerca de él. Seguían las voces, seguían los gritos. Tenía los músculos tensos en contraposición con su fallido intento de relajarse. Los pies bien colados en el suelo, sintiendo la firmeza de su pisada, aunque estuviese detenida. Puso las manos sobre las rodillas y las juntó. Cualquiera que lo viera pensaría que era una especie de monje moderno en plena meditación. Quizá un vagabundo bien arreglado buscando un quehacer en la existencia. O un hombre joven cansado, muy cansado que se rindió ante la fatiga. Probablemente esta última suposición era la más cercana a la realidad. Era un hombre joven, por supuesto; estaba cansado, desde luego (aunque no supiera muy bien de qué); pero no se había rendido. Aún no. Apenas estaba comenzando. Oh sí.
Sonrió como un idiota, pues así era como se sentía. Solo un idiota escogería un centro comercial como lugar de meditación.
Otro se hubiese ido a algún parque. Un bar tranquilo donde un par de copas le despejasen la mente. La habitación de su hotel, anodina y elegante, con esa gran cama vacía esperándolo. Samuel Mcfly se hubiese pagado una acompañante y ahora estaría disfrutándola en un baño público o, irónicamente, en su patrulla policial. Pero no. Él había conducido hasta un centro comercial; aquel sitio donde la metrópolis se muestra en su más clara expresión. La simbología del urbanismo plasmada casi literalmente. Gente que va y que viene, a veces sin razón alguna, comprando tonterías que no necesitan. Comprando artefactos que sí necesitan. Comprando objetos que creen necesitar. Parejas que no encuentran un sitio mejor y van a pasear ante las estanterías porque el hecho de estar en una relación los obliga a pasar tiempo juntos y acuden a los centros comerciales como una formalidad. Familias felices. Familias peleando. Familias que aparentan ser felices. Familias que aparentan pelear. Y él estaba en medio de todo eso, sentado en un banco de la plaza del centro, para poder pensar. Como siempre Ryan Mayz dando muestras de genialidad.
Idiota.
Pero ya estaba ahí y no se iría a otro sitio.
Así que siguió pensando.
Inspirar. Exhalar.
¿Qué había oído en los últimos días? Demasiadas cosas.
Se sentía como un estudiante que se prepara ante un examen en exceso complicado debido a la gran amplitud de temas que contiene. El estudiante estudia todo lo que puede, pero aun así sigue dudando que sea capaz de aprenderlo todo. Y al final reprueba.
Con todo lo que ahora contenía sus pensamientos, un cuadro borroso, como una de esas pinturas abstractas modernas, empezaba a dibujarse en su mente, pincelada por pincelada. El artista debía de estar chiflado porque cada nuevo color aplicado contradecía al anterior y deformaba el cuadro en proporciones astronómicas. Y a pesar de todo, la imagen seguía formándose con la paciencia que solo el arte puede otorgar. Una pincelada a la vez.
Se movió incomodo en el asiento.
Algo estaba creándose en su imaginación. Una interpretación de los hechos desconectados unos con otros, como cables en extensión pero que al final llevan todos al mismo tomacorriente. Las palabras de Samuel. Las palabras de Javiera. Raquel. Richard. Gabriel. Legend. Ariana. Incluso Rick. Todos eran los distintos cables. Todos hablaban en idiomas diferentes intentando decirle algo que no precisaba a comprender. Y detrás de todos ellos: Hernán. La voz que más gritaba pero que menos se le entendía. Una cacofonía mal orquestada por detalles que no concuerdan entre sí. Y Ryan era el director de orquesta encargado de darle sentido a toda imposibilidad musical.
El estudiante que podría reprobar.
Mucho de lo que se le había ocurrido, varías de esas ideas bienintencionadas, iban todas por distintas redes de una misma telaraña. Llevaban todas a la mosca atrapada en el centro. Pero no cambiaba el hecho de una simple realidad: todas podían estar en lo cierto y todas podían estar equivocadas. También podría ser que solo una fuera la verdadera, pero ¿cuál?
Todos los caminos llevan a Roma, dicen por ahí.
Ojalá fuera verdad.
Volvió a rememorar lo que había escuchado desde su llegada.
Pensó en todo lo que encontró en la casa de los Savelli. La pistola, las cadenas, las esposas. La sabana ensangrentada. Incluso se atrevió a agregar a su lista de pruebas un par de objetos que vio en aquel hogar roto pero que no había considerado sospechoso hasta ahora. Pero un par de cosas habían cambiado. Recordó las palabras de Samuel desde el inicio. Pensó en las oraciones de Richard y su actitud. Intentó revivir en su mente aquel día en el parque con los Savelli. Finalmente hizo lo propio con su “interrogatorio” ⸻a falta de una expresión que le complaciera más⸻ con los vecinos de Hernán.
Hernán, viejo amigo.
Con los ojos cerrados podía ver más claramente aquella salpicadura entre granate y vino tinto que representa la huella que dejó Hernán en el mundo. Esa salpicadura de sangre en el sofá como si fuese la pisada de la muerte diciendo “Yo estuve aquí”. Sí, estuviste ahí, ¿pero quién te invitó? ¿Quién te abrió la puerta? ¿Hernán o alguien más? Si estuviste ahí, ven aquí y contesta las preguntas.
Las teorías son una mezcla de razonamiento y creatividad. Nacen de un pensamiento que vuela independiente como una mariposa entre las flores, pero poco a poco se ve adornado por hechos y pruebas que intentan darle un sentido sustancial. Son la expresión más clara de una mentira que quiere convertirse en verdad. Todo es teórico hasta que se demuestra lo contrario. Todo es un “podría ser”, un “tal vez sea así”, “puede que tengas razón”, hasta que aparece ese descubrimiento que se posa sobre sus pies y grita “Sí, sí es así”, Descubrimiento que puede manifestarse años después como el Bossón de Higgs. La milagrosa partícula de Dios. ¿Tardaría Ryan años en afirmar alguna teoría?
Ryan abrió los ojos y el mundo del centro comercial nació ante él.
Un centro comercial tan común como ver la luna posarse en lo más alto del cielo durante la noche. Tiendas de comida, de ropa, de diversos accesorios. Sus distintos pisos, cada uno con un nombre diferente, pero con funciones similares. Techo alto y un espacio abierto en el que nadie se fija. Un lugar entre miles, como clones fabricados en masa dentro de alguna fabrica industrial. La generalización de la sociedad.
Ryan observó a la multitud desplazándose, pensando en lo diferente y lo parecidas que son todas las vidas. Él, como cualquier otro, podría considerarse uno de ellos; sin embargo, se sentía tan aislado como desahuciado; diagnosticado con alguna enfermedad terminal, viendo a los visitantes y seres queridos ir y venir, sabiendo que, aunque quieran disimularlo, hay algo que los separa. Un hecho discreto pero directo. Es como ser la hormiga roja en un hormiguero de hormigas negras. Sigues siendo la misma especie, pero con la discriminación amarrada desde el cordón umbilical. Él veía a otros caminar preguntándose cómo serían sus vidas. Vio a una pareja andar de la mano mientras conversaban, de vez en cuando deteniéndose delante de alguna estantería para señalar algún objeto; en este acto ella se mostraba mucho más emocionada que él. Vio también familias deambulando como un pequeño clan adentrándose en la selva; unidos con una cuerda invisible que los amarra y los ficha como unidos, pero a la vez yendo cada quien en su propio ritmo. Vio a hombres como él, caminando en solitario. No se distraían ni para pensar. Siempre mirada fija y paso firme; uno detrás de otro sin variar el ritmo. Hay quienes, por su estampa tal vez, se llevan mejor con la soledad; ya sea esta decisión propia o no. Ryan sabía que, de cierta forma, era uno de esos. La razón más simple por la que no le pedía ayuda a alguien más, era porque su naturaleza alejada estuvo siempre escondida por tareas y diligencias que lo unían a la muchedumbre. Pero ahora dicha naturaleza salía a relucir como un diamante encontrado en una mina de carbón. Él y Hernán pertenecían a la misma r**a, eso los unió en su momento. La vida los separó y a uno le fue mejor que a otro. Uno está vivo y el otro muerto. Uno está buscando el porqué del fallecimiento del otro, sentado en un centro comercial.
La casualidad y el destino pueden llegar a ser la misma cosa; sinónimos de distintos nombres. Fue uno de estos dos, o tal vez ambos, el que ese día lo llevó a distinguir entre el gentío a una familia pelicular que avanzaba con paso decidido entre todos los demás. Un hombre, una mujer, una joven y un niño. Todos lo suficientemente cerca entre ellos para que se distinguiera el parecido familiar, pero separados por una cordialidad infortunada.
Los Savelli caminaban por el pasillo.