Vanesa se estremeció. Observé el enrojecimiento de sus cachetes ante la visión de mis genitales. En aquellos días en Madrid había llegado algo cansado de la convención, y realmente, ni siquiera me había masturbado. Mi falo se mostró enfilado hacia delante, con mis dos buenos testículos colgando, ante la presencia y mirada de la joven. Mi nuera no me dijo nada, se incorporó un poco, pero permaneciendo sentada en la cama, y sin decirme nada, alargó su manita atrapando mi pene. Lo comenzó a manosear como acostumbra hacer, volviendo a recrearse en él, pasando su mano a lo largo del mismo, como si fuera la primera vez. Luego hizo algo que me agitó: colocó el pene pegado a mi vientre, como si quisiera verificar su longitud y el tamaño de mis testículos. Luego, me miró a la cara, y acto seguido

