Abrió la boca para suplicar, pero las palabras se le evaporaron en un suspiro ahogado. En su lugar, asintió, derrotado, los hombros hundiéndose como si el peso lo aplastara. —Está bien —murmuró, la voz ronca—. Si eso es lo que quieres. Mamá no respondió. Recogió los papeles con manos que ya no temblaban, los arrugó en una bola y los dejó en el cenicero de la mesa, como si cerrara un capítulo quemándolo. Se giró hacia las escaleras —hacia mí, aunque no podía verme aún— y gritó con voz firme, un tono de resolución que me erizó la piel: —¡Juan! Empaca lo esencial. Nos vamos esta noche a casa de tu abuela. Me quedé paralizado un segundo más, el pulso acelerado, asimilando el desastre que acababa de barrerlo todo. Bajé las escaleras en silencio, el peso de sus palabras instalándose en mí, si

