Llego diez minutos tarde a la oficina del abogado. Si no fuera por tan buen cliente y amigo suyo, probablemente la recepcionista me miraría con desprecio, pero es lo suficientemente profesional como para guardarse sus opiniones sobre mí.
—Perdón por llegar tarde. Equipos de filmación— Le dedico lo que Aria llama mi sonrisa tumba bragas antes de continuar. —¿Podría dejarle saber a Oliver que estoy aquí, por favor? Tengo un día completo por delante—
Si, soy ese tipo de idiota. Ser el mejor cirujano plástico de Manhattan me da mucha libertad en las oficinas de otras personas y no soy demasiado orgulloso para usarla. No puedo llegar tare al trabajo. Mi vida ya está bastante jodida; no necesito añadir celebridades y socialites cabreadas a la mezcla.
—Claro, no hay problema. Por favor, siéntese. Enseguida la atenderá—
Tomo una revista y miro una página antes de que mi antiguo compañero de cuarto de la universidad, Oliver Miller, abogado al rescate.
—Jackson, ¿Cómo estás?— el pregunta, extendiendo la mano.
Nos damos la mano con un apretón que desmiente nuestra apariencia formal. Me voy a ir con la mano dolorida hoy. Este es mi castigo por llegar tarde, pero no me rendiré sin luchar.
—Genial. Estupendo. Por eso estoy aquí— Aprieto un poco más fuerte.
Se ríe, sabiendo muy bien que mis visitas aquí nunca son por cosas agradables. No solo es mi rescatador de exnovias, sino también mi abogado de negligencia médica. No es que yo cometa errores, toco madera, pero hay algunos pacientes que amenazan con demandar cuando se despiertan después de una cirugía de estiramiento facial no luciendo como Julia Roberts en sus veinte. Soy muy bueno en lo que hago, pero no soy un hacedor de milagros, aunque a algunos les guste llamarme así.
—Vuelve. Tengo cuarenta y cinco minutos para ti—
—Probablemente sea perfecto—
—Te cobraré hora y media—
—Pruébalo y la próxima vez que vengas a hacerte una dermoabrasión te haré una rinoplastia y la haré mas grande de lo que ya es—
Se ríe. —Me alegra ver que no has perdido las ganas de vivir por esta ruptura—
Toso algo que suena como un resoplido de cerdo. —No es probable—
Entramos en su oficina y cierra la puerta tras él. Cuando estoy a punto de sentarme, me pone la mano en el hombro.
—¿Estás bien? ¿De verdad?—
Asiento con la cabeza, bajando la voz. —Si, estoy bien. Esto se veía venir desde hace mucho tiempo—
—Ya lo sé — Se mueve alrededor de su escritorio para tomar una silla de cuero cómodamente usada al otro lado. —Gracias a Dios, hombre. Estaba empezando a pensar que íbamos a tener que organizar una intervención—
—¿Era tan obvio?—
Toma un bolígrafo y empieza a moverlo entre los dedos. —Si. Y era malo. ¿Era tan mala en la cama como en todas partes?—
Un destello de memoria me invade, ella gritando para derribar las paredes.
—No lo sé. Tal vez— No me gusta follar y contarlo, ni siquiera con chicos que son tan cercanos a mi como hermanos, así que me guardo mis comentarios.
Toma un bloc de notas de una bandeja de madera en la esquina de su escritorio y lo deja caer delante de él.
—Bien, entonces dime que estamos mirando. ¿Qué bienes poseen en común?—
Lo pienso un segundo y luego niego con la cabeza. —Nada, en realidad. Le compré el BMW, pero lo puse a su nombre. El condominio está completamente a mi nombre. Oficialmente no vivía allí, pero mucha de su ropa todavía está allí—
—¿Conservó su lugar en Soho?—
—Si—
—Excelente— Se seca la frente y luego anota algunas cosas. —Pensé que esto iba a ser una pesadilla—
—Escucho algunas de las cosas que me dices—
Se ríe. —¿Desde cuándo?—
—Desde que le pagué esa enorme indemnización a mi última secretaria—
Deja de escribir por un minuto y hace una mueca. —Si, eso no fue bonito, ¿verdad?—
—No. Para nada bonito—
Solía pensar que era mundano. Sofisticado, inteligente. Esa opinión cambio después de que una chica linda con un plan astuto me engañara. Nunca más confiaré en una mujer cuando se me acerque con los ojos muy abiertos y una historia triste.
Me inclino hacia adelante e intento interpretar su escritura. Imposible. —¿Alguna vez te han dicho que deberías haber sido medico?—
—Si. Mi madre. Pero no soy tan estúpido— me guiñe un ojo y luego escribe algunas cosas más.
—¿Qué estás poniendo ahí?—
—Es mi lista de compra— dice sin dudar.
—Imbécil— Me río entre dientes y dejo escapar un largo suspiro mientras me recuesto. Aunque todos sus diplomas dice que es abogado, es una especie de doctor, más psicólogo que otra cosa. Ya me siento mejor con solo estar aquí en su oficina.
Se detiene, deja el bolígrafo y levanta el bloc de notas, releyendo lo que escribió. —Bien, ¿entones quieres llamarla y decirle que puede quedarse con el coche, la ropa y las joyas, pero que tiene que desalojar la vivienda antes del 15?—
—Eso es dentro de una semana—
—Si, ¿y que? ¿Quieres darle más tiempo?—
—Ni hablar. Pensaba menos—
—Se razonable. Va a necesitar tiempo para quejarse de ti con sus amigas, tal vez destrozar tu coche, presentarse borracha en tu oficina. Es un proceso—
Niego con la cabeza y miro al techo. Sinceramente espero que se equivoque en todo eso, pero algo me dice que no lo hará.
—Bien—
Una sensación incómoda se instala en mi pecho. Me incorporo y trato de ponerme cómoda de nuevo, pero es imposible.
—¿Qué? ¿Qué pasa?—
Niego con la cabeza.
—Nada—
—Tonterías. Algo que dije desencadenó algo. ¿Fue la ropa?—
—No—
—¿El coche?—
—No, no es nada—
—¿las joyas?—
Intento decir que no, pero la palabra no sale. Se me calienta la cara.
—¿Qué demonios pasa? Solo dímelo. soy tu amigo—
—Le compré un anillo—. Tengo un padrastro en el pulgar y ahora mismo, acapara toda mi atención.
—¿Un anillo? ¿Un anillo? ¿Qué clase de anillo?—
—Diamante—
—¿Lo quieres de vuelta?—
Levanto la cabeza de golpe y me olvido del padrastro.
—¡Ni hablar!—
—Entonces no hay problema. Lo pondré en la lista de cosas que puede quedarse— levanta el bolígrafo.
—¡No!— digo demasiado alto.
—¿Entonces si lo quieres de vuelta?— Me apoyo la frente en la mano. —Esto es tan jodido—
Su silla cruje al reclinarse mucho hacia atrás. Levanto la vista y lo veo cruzando las manos sobre el vientre, como si tuviera una allí para sostenerlas. Tal vez algún día se parezca a su padre, pero hoy, se parece al atleta que fue en la universidad, con un abdomen marcado y hombros sobre los que el mundo podría descansar.
—Háblame Goose. Dime que está pasando con el anillo—
Agarro los brazos de la silla y los sujeto para no golpear nada. —Es una historia un poco larga—
—Tienes treinta minutos. Úsalos todos si los necesitas. Recuerda…— sonríe. —…tiempo y medio—
—Imbécil—
Su sonrisa desaparece de su boca, pero aún la veo en sus ojos.
—Bien. Le compré un anillo…—
—¿De qué tamaño?—
—Grande—
—¿De qué tamaño?—
—Siete quilates—
Su fuerte jadeo me dice que todo lo que necesito saber sobre lo estupido que soy.
—De todos modos, se lo compré porque siempre se quejaba de que no podía comprometerme—
—Se lo demostraste—
—Vete a la mierda, Oliver, en serio—
Levanta una mano. —Está bien, de acuerdo, lo siento. Continua—
—Así que compré el anillo y luego fui a un bar—
—Buena jugada—
—Tome un par de copas y estaba reuniendo el valor para ir a verla—
Oliver inclina su silla hacia adelante.
—¿Sí?—
—Y justo cuando estaba a punto de irme, mi hermano llama—
—¿Jeremy? ¿Qué tiene que ver con el anillo?—
—No tiene nada que ver. Bueno, sí. Pero…cállate y déjame contar la historia—
Hace un gesto como si estuviera cerrando la boca con una cremallera.
—Entonces Jeremy y llama y estaba borracho como una cuba, como siempre, pero estaba llorando y disculpándose—
—¿Qué hizo?—
—No hizo nada. Fue lo que hizo Harper—
Oliver se inclina hacia mí con los antebrazos sobre el escritorio.
—Oh, no—
—Ah, sí. Jeremy me dice que Harper intentó algo con él. Le tocó el pene—
—Mierda—
—Si, exactamente—
—¿Lo hizo? ¿Lo llevo a cabo, quiero decir?—
—Ni hablar, no lo llevó a cabo—
La ceja de Oliver se levanta arriba.
—Escucha, hombre, tú y yo sabemos que en circunstancias normales ella podría haberlo conseguido, pero no con Jeremy. No ahora. Cada vez que mira a otra mujer, solo ve a Laura—
La mirada de Oliver baja su escritorio y asiente con la cabeza con aire de complicidad.
—Si. Claro. Mierda—
—Así que salgo del bar y me pongo a dar vuelta en coche buscándolo. Lo encontré en la vieja casa de piedra rojiza de nuestro padre. Estaba tirado en el suelo, completamnte borracho—
—Pobre imbécil—
—Tuve que arrastrarlo escaleras abajo hasta el taxi. Y a mitad de camino a mi casa, ¡abrió
la puerta y saltó!— Me estoy emocionando de solo contar la historia. Mi estúpido hermano. Podría haber muerto esa noche y habría sido mi culpa. Me recuerdo a mí mismo que debo darle un puñetazo muy fuerte la próxima vez que lo vea. Sobrio o no, va a recibir su merecido.
—¿Saltó? ¡Mierda!— Oliver está medio serio, medio riendo.
—No es gracioso, hombre. Podría haber muerto esa noche—
—Que idiota—
—Si, ya lo creo—
—¿Y qué paso después?—
—Empieza a hablar de la fuente de Laura— Me detengo ante su expresión de confusión. —Ya sabes, la que esta afuera de la tienda Apple—
—Ah, si—
—En fin, él y Laura solían ir mucho allí o algo así. Dijo que tenía que ir allí—
—No entro, ¿verdad?—
—No. Pero aquí es donde entra el anillo—
Oliver frunce el ceño.
—No entiendo—
—Se sentía fatal por lo que hizo Harper, además de lo que le pasó a Laura, y ese maldito anillo estaba en mi bolsillo. No podía soportarlo más. necesitaba que desapareciera de mi vida. Fue un gran error—
—No me digas…—
Asiento. —Si. Se lo di a Jeremy y lo tiro a la fuente—
—Dime que entraste y lo recuperaste—
Niego con la cabeza.
—No. Lo deje allí. Y menos mal. Esa cosa trae muy mala suerte—
—¿Y cuánto te costó ese amuleto de la mala suerte—
—Unos cuatrocientos mil. Me hicieron un descuento—
Oliver se pasa la mano por el pelo. Primero niega con la cabeza y luego se rie.
—No es tan gracioso—
—Si, hombre. Es muy gracioso— Tiene los ojos fuertemente cerrados mientras sigue riendo. Sus hombros tiemblan de risa.
—Que te jodan—
Se esfuerza por controlarse y parece profesional, pero solo lo consigue parcialmente.
—¿Bien, entonces ese es el final de la historia?— pregunta.
—¿Qué tiene que ver esto con Harper?—
—No lo sé— Me encojo de hombros. —¿Y si descubre que lo compre? ¿Insistirá en que se lo de?—
Oliver agita la mano delante de la cara. —Bah, no importa. No tiene ningún derecho sobre él. Los anillos de compromiso estan condicionados a que se celebre una boda. Sin matrimonio, no hay anillo. Es un tipo especial de contrato ante la ley—
Empuja su bloc de notas y su bolígrafo a la esquina de su escritorio.
—¿Cómo quieres que juguemos esto? ¿Quieres llamarla o quieres que yo haga el trabajo sucio?—
—La llamaré—
Oliver me pasa el teléfono.
—Adelante. Nuestras llamadas se graban. Díselo antes de empezar a ha va blar—
—Eso la va a enfadar—
—Buen punto. Antes de llamarla, llama a tu portero y dile que le prohíba la entrada—
—Ya lo hice—
—Bien hecho— Señala el teléfono y se recuesta.