33 No solamente dejó sus sandalias en casa, también dejó su cartera, su dignidad, y cualquier clase de rencor que pudiera tener. Tomó el autobús que la llevaría al paradero más próximo a la casa azul. No sabía si en realidad lucía como un ángel, o que el hecho de andar descalza llamara la atención, pero fue consciente de que todos los hombres y algunas de las mujeres que subían al autobús no disimulaban para echarle una mirada. También podría tratarse de su maquillaje, el cual no usaba con frecuencia, y el que estaba cumpliendo con su misión de resaltar lo que ya de por sí era un bello rostro. Se entretuvo mirando por la ventana, hasta que un muchacho de alrededor de diez y ocho años, luciendo la camiseta roja de los Montreal Canadiens, se sentó a su lado y le dijo: –Hola

