No tenía escape. El rector Candela intentó huir por un tragaluz, pero era inútil. La pared estaba muy alta. Escuchaba los pasos acercándose, como cadenas arrastradas por el viento y estaba asustado y petrificado. Tragaba saliva apurado y sentía su corazón reventando en el pecho. Buscó alguna salida por todos lados pero solo había oscuridad y vacío. -¡Dios, Dios!-, empezó a implorar, sintiéndose acorralado. Los pasos seguían ametrallando sus sesos. Ya no era dos o tres, eran varios taconeos que venían hacia él, como un fantasmagórico redoble que lo asustaba aún más y lo petrificaba y lo claveteaba en el piso. Quería explotar, quería desaparecer, deseaba hacerse invisible, pero todo era imposible. Sudaba a borbotones y sentía explotar su cabeza en un millón de pedazos. Los rayos y truenos

