Fabiana estaba entumecida sentada frente al espejo, en los vestidores, obnubilada por el incesante bullicio y la desenfrenada vocinglería. Karen tuvo que palmearle los hombros para que reaccionara. Paola le volvió a pintar la boca, Jessenia preparaba con afán el vestuario de Fabi, su calzón, las pantimedias, los zapatos negros con los tacos muy altos y Nancy se encargaba del vestido de noche, brillante, que sacudía, sacándole la pelusita con cuidado. -Un calzón chiquito-, pidió Karen. Vestirla fue fácil. Fabi estaba petrificada, como si estuviera congelada. Tenía los ojos llorosos, su corazón retumbaba en su pecho y su cabeza parecía un potro desbocado rebotando con sus sesos. Esta vez el aserradero que remecía su cerebro trabajaba a mil por hora y había, además, un horripilante campane

