Capitulo 1

1372 Palabras
—Necesito una esposa, Jose, y la necesito para ayer. Sentado en la parte de atrás de su coche, de camino ni más ni menos que a un Starbucks, Edixon Salvatore miró el reloj por octava vez en menos de una hora. La carcajada de sorpresa de Jose acabó de alterar le los nervios. —Pues escoge a una cualquiera y dirígete al altar. El consejo despreocupado de su mejor amigo le habría resultado útil si Edixon confiara en las mujeres de su vida. Lamentablemente, no podía hacerlo. —¿Y arriesgarme a perderlo todo? Me conoces bien. Lo último que necesito es que las emociones se interpongan en algo tan importante como un acuerdo matrimonial. —Precisamente eso, un acuerdo, era lo que Edixon necesitaba. Un contrato prenuncial, un convenio mercantil que beneficiara a ambas partes durante el curso de un año. Luego podrían tomar caminos distintos y no volver a verse nunca más. —Algunas de las mujeres con las que sueles aparecer en público estarían encantadas de firmar un acuerdo prematrimonial. Ya había pensado en ello, pero había trabajado tan duro para construirse una reputación de cabrón insensible que ahora no veía la necesidad de arruinarla fingiéndose enamorado, y todo con el objetivo de conseguir que una mujer accediera a subir con él las escaleras del juzgado. —Necesito a alguien que esté de acuerdo con mi plan, alguien por quien no sienta ni la más remota atracción ni deseo. —¿Estás seguro de que este servicio de citas es lo más adecuado? —De parejas, no de citas. —¿Cuál es la diferencia? —No te buscan a alguien que se adapte a tus intereses amorosos, sino a tu plan de vida. —Qué romántico. —El sarcasmo de Jose sonó con tanta contundencia como un grito. —Al parecer no soy la única persona en mi situación. Jose se atragantó en medio de una carcajada. —En serio —consiguió articular—, no conozco a ningún hombre con tu título y tu dinero que necesite llamar a un extraño para que le ayude a sentar la cabeza. —Este tipo tiene muy buenas referencias. Es un hombre de negocios que ayuda a hombres como yo en situaciones similares. —¿Cómo se llama? —Zara Reyes. —Nunca he oído hablar de él. A dos bloques del lugar del encuentro les pilló un atasco en la intersección de dos calles. Los segundos no dejaban de pasar y ya llegaba tarde a la cita. Maldición, Edixon odiaba llegar tarde. —Tengo que irme. —Espero que sepas lo que estás haciendo. —Estoy haciendo negocios, Jose. Su amigo resopló para mostrar su desaprobación. —Lo sé. Son las relaciones las que se te dan como el culo. —Que te follen. —Pero Edixon sabía que su amigo tenía razón. —No eres mi tipo. El chófer de Edixon dio un golpe de volante y cambió de carril. Implacable, justo como le gustaba a su jefe. —Quedamos esta noche para tomar algo. Edixon colgó el teléfono, lo guardó en el bolsillo del abrigo y se reclinó en el respaldo del asiento. Llegaba tarde, ¿y qué? Los hombres de su posición podían presentarse media hora después de lo acordado y aun así la gente se deshacía en atenciones como si fuera culpa suya. Mucho dependía de aquel encuentro. Tenía que encontrar esposa antes de una semana si quería conservar la propiedad ancestral de su familia que iba unida al título, por no mencionar lo que quedara de la fortuna de su padre, y todo ello dependía de Zara Reyes. Confiaba en que el contacto que le había proporcionado su asistente personal supiera lo que se hacía. En caso contrario, Edixon se vería obligado a tratar el asunto del matrimonio con Rebeca, o quizá con Gloria. Rebeca prefería su independencia al dinero que él pudiera proporcionarle, y el hecho de que tuviera algún que otro amante además de Edixon la eliminaba automáticamente de la ecuación. Solo quedaba Gloria. Guapa, rubia y una muy firme candidata a convertirse en su ex por los comentarios sobre la exclusividad que solía hacer de vez en cuando. Sin embargo, no le gustaba la idea de tener que recurrir a ellas. Cierto, a veces se comportaba como un cabrón, pero nunca era cruel; aunque seguro que más de una no estaría de acuerdo. Los tabloides le tildaban de astuto y pretencioso; si descubrían lo que se traía entre manos, publicarían la historia y lo convertirían todo en una broma de mal gusto. Prefería evitar el escándalo y las habladurias. No obstante, la vida siempre era implacable, por lo que necesitaba que su falso matrimonio pareciera lo más real posible si quería tener contentos a los abogados de su padre. Daniel detuvo el carro, largo y blanco, junto a la acera y se apresuró a abrirle la puerta. Habían llegado al punto de encuentro acordado, una de las famosas cafeterías de la cadena Starbucks. Edixon se dirigió hacia la puerta del establecimiento, con el maletín en una mano e ignorando las miradas que se volvían a su paso. Mientras observaba las mesas en busca de un hombre que coincidiera con la imagen que se había hecho de Zara Reyes, el delicioso aroma de los granos de café recién molidos inundó sus sentidos. Edixon esperaba encontrarse con un tipo trajeado y con una carpeta repleta de informes sobre futuribles esposas. El primer repaso no dio ningún fruto, así que se quitó las gafas de sol y empezó de nuevo. Una pareja joven, armado cada uno con un portátil, tomaban café con leche sentados el uno frente al otro en una mesa pequeña. Junto a ellos, un hombre con bermudas y camiseta discutía con alguien por teléfono. Frente al mostrador esperaba una pareja con un carrito de bebé. Edixon se dirigió hacia el fondo del local y descubrió la pequeña silueta de una mujer sentada de espaldas a la puerta, con una abundante melena rizada de color castaño marron. No paraba de mover los pies como si estuviera nerviosa, o quizá estaba escuchando música por los auriculares que llevaba puestos. Sin dejar de estudiar a la clientela, Edixon divisó a un hombre sentado a solas en un sillón. Llevaba unos pantalones de sport y aparentaba casi cincuenta años. En lugar de un maletín, el tipo sostenía un libro. Edixon entornó la mirada hasta captar su atención, pero en lugar de reaccionar, el hombre bajó de nuevo los ojos y siguió leyendo. Maldita sea, quizá Zara Reyes estaba atrapado en el mismo atasco del que él acababa de escapar. Llegar tarde nunca resultaba oportuno en lo que a futuros clientes se refiere, fuera cual fuese el negocio en cuestión. Si Edixon hubiera tenido otra elección, se habría marchado de allí sin pensárselo dos veces. Pasó junto a la morena solitaria, rodeó el carrito y pidió un café solo, resignado a sentarse y esperar unos minutos. Dejó el maletín sobre una mesa vacía y, cuando oyó que el chico que atendía tras el mostrador decía su nombre, se dio la vuelta para recoger el pedido. De pronto sintió el peso inconfundible de una mirada recorriéndole la espalda. Examinó la sala en busca de la persona que lo observaba. Al instante, unos ojos verde esmeralda se entornaron mientras lo miraban de arriba abajo. La mujer menuda que esperaba a solas no estaba escuchando música o leyendo una revista. Lo miraba directamente a él. Sus ojos, de una belleza impresionante, se posaron por un instante en un pequeño ordenador portátil que descansaba frente a ella antes de regresar nuevamente a Edixon. Un destello iluminó el rostro de la mujer cuando lo reconoció. Él ya había visto aquella expresión antes, cada vez que alguien relacionaba su nombre con su imagen. Allí, en Paris, la frecuencia de aquella reacción no era tan habitual como en su país, pero aun así Edixon la reconoció al instante. La mujer parecía bastante inofensiva. Al menos hasta que abrió la boca y se dirigió a él. —Llega tarde. Dos palabras, solo dos, pronunciadas con una voz tan grave que rezumaba pecado y que dejaba en ridículo a las operadoras de las líneas.
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